Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 03, 2007

La oveja tuvo un ovejito...

La oveja tuvo un ovejito

Por Sara Plaza

Así decía el cuento de una niña que una tarde compartía con un montón de extraños la historia de todos los animales de su granja... La pata había tenido un patito y la gata un gatito... Con esa joyita lingüística nos dio la bienvenida aquella pequeña despeinada, que se mordía sus deditos de vergüenza y nos regalaba una tímida sonrisa y unos ojitos oscuros detrás de sus lentes. Creo que a todos los que estábamos escuchándola se nos pintó una luna en la cara y se quedó allí hamacándose el resto de la velada. Recuerdo que se cruzaron muchas miradas y que en todas había algo del niño que siempre llevamos bajo la piel y que, de vez en cuando, todavía nos deja oír su risa. Pero no solamente su risa, porque si prestamos atención también le escucharemos sus lágrimas, sus enojos, sus dudas, sus miedos, sus sorpresas... todo eso que fuimos, que seguimos siendo y que espero nunca dejar de ser.

El caso es que hace un par de días, me topé con otro tesoro parecido entre las páginas de Geneviéve Patte "Si nos dejaran leer... Los niños y las bibliotecas". La autora comparte con los curiosos que se acercan a sus líneas que un día tuvo una urgencia y debió de abrir de nuevo la biblioteca, que ya estaba cerrada, para atenderla. A sus puertas había llegado un niño que traía un verdadero problema: "su cobayo iba a parir y necesitaba un libro para saber qué hacer en semejante caso". También la "urgencia" forma parte de la infancia y, me atrevería a decir, de algunos de nosotros aunque llevemos varias décadas caminando por el mundo.

Claro que para otros, esa urgencia se transforma en impaciencia y entonces se vuelven groseros y no se dan cuenta de lo impertinentes que pueden llegar a ser. Ahora les estoy hablando de una mañana que esperaba para pagar mi compra en la fila de las cajas de un supermercado. El cajero era una persona con necesidades especiales (me pregunto si todos nosotros no lo somos también) y cobraba despacio. Se tomaba su tiempo para saludarte, para preguntar si uno iba a pagar en efectivo o con tarjeta, para pasar los códigos por delante de esa ventanita que los reconoce y le sopla el precio a la pantalla donde aparece reflejado, para decirte el importe total, para darte la vuelta con un "gracias" y un "que tenga usted un buen día", y para sacar la bolsa de plástico en la que te guardaba la compra finalmente. Al señor que iba delante de mí, aquello le debió parecer un auténtico despropósito y del modo más antipático que se puedan imaginar, sudando mal humor, rabia y descortesía, se acercó a una ventanilla para gritar (y que así todos los demás pudiésemos escucharle) que "esto está muy lerdo, no pueden abrir otra caja". El tipo, siguió siendo mal educado y cuando una segunda caja fue habilitada, no dejó que pasaran antes los que estaban delante de él, sino que se colocó el primero. La gota que colmó el vaso fue cuando le llamaron al celular mientras iba a pagar, y la cajera tuvo que esperar a que terminase de hablar para recibirle el dinero. Yo no me moví del lugar en el que estaba esperando, pero en ese sitio me revolví como si tuviese en las entrañas una colmena de abejas y su zumbido llegase acentuado a mis narices y a mis orejas, pues pensé que de un momento a otro me iba a salir humo por ellas. No fue así, cuando llegó mi turno, saludé al cajero que me reconoció por la voz y levantó la cabeza para devolverme la misma sonrisa con la que yo le acaba de preguntar cómo estaba, y me dijo "yo ya la conozco señora, ¿cómo le va?". Me sentí muy feliz, pues no es difícil reconocerme en esta tierra por mi tonada española (mis amigos me llaman "la galleguita" como a todos y cada uno de los españoles), pero ese hombre no me estaba hablando del acento de mi voz, sino de las muchas mañanas que hemos coincidido y una tras otras nos hemos "reconocido", levantando nuestra mirada hacia la del otro, cruzando un breve saludo, dándonos las gracias mutuamente con una sonrisa y despidiéndonos hasta otro día. ¿Es eso tan difícil? ¿De verdad cuesta tanto ver al que tenemos al lado, al de enfrente, al que vive detrás?

La vida me ha ido enseñando que aunque mi tonada sea extranjera, mi sonrisa sincera, el fijarme bien en qué es lo que hacen los demás y tratar de entender por qué, y el mostrar de qué modo lo hago yo para intentar juntos aprender algo nuevo, siempre me ha hecho sentir en casa. Así, lejos de los fogones de mi mamá, he disfrutado de cada comida porque mis amigos me las han ofrecido en sus cocinas y me han permitido lavar los platos a su lado. Me he quedado noches enteras tomando mate, charlando, escuchando la música de otros para hacerla un poco mía, porque a la mañana siguiente alguien me tiraba un colchón al piso donde poder cerrar un ratito los ojos y soñar con todo lo que había oído. He podido jugar con los niños porque no me ha dado miedo tirarme por el tobogán detrás de ellos, porque sigo hamacándome en los parques, porque me encanta jugar con tierra y todavía me gusta más mojarme. No soy particularmente graciosa, pero me río a menudo. No sé cantar, ni hacer música, hace tiempo que no bailo y paso mucho tiempo leyendo y todo el que puedo escribiendo, pero los niños saben que pueden contar conmigo, que si me buscan siempre me encuentran, que juntos podemos buscar más cosas, que si se trata de jugar yo no dicto las reglas sino que participo del juego, que nos podemos disfrazar juntos, que podemos cocinar y comernos lo que salga del horno con una taza de leche bien caliente con chocolate. Lo saben los niños y lo saben los grandes. Saben también que siempre estoy de paso, que llego un día y otro me iré, pero que un pedazo se queda con ellos y yo me llevo muchos trocitos a la vez.

En España trabajé en un colegio bilingüe español-inglés, y sentí una enorme tristeza el día que les propuse a mis niños escribir a mi sobrino–nieto argentino, el mismo que me adoptó como tía y luego como abuela, para que pudiese participar en el día de las abuelas de su escuela. Uno de ellos me dijo que él no quería escribir más a otros niños porque luego no los entendía. Fui yo la que no entendí lo que me estaba diciendo ese pequeño, el mismo que se había enamorado de mis dibujos y no consentía con inventarlos él, sino que se copiaba de cada una de mis líneas. Entonces, ante mi cara de extrañeza y mi silencio, me explicó que él no entendía el inglés... Tuve que sentarme entre todos ellos y contarles que en Argentina también se habla español, aunque que hay palabras muy bonitas para llamar las mismas cosas de otras formas, que al maíz le dicen choclo y a las fresas frutilla, y que las faldas de las niñas eran polleras al otro lado del océano, y que tú eras vos, y que en enero era verano y en julio era invierno... Lo pasamos tan bien... Escuchamos a Luna Monti y Juan Quintero cantar la "Canción para bajar la luna" de María Elena Walsh y después cantamos con ellos y pintamos una luna, y nos presentamos y dijimos cómo nos llamábamos y a qué jugábamos y así escribimos un montón de cartas para los niños de la clase de mi sobrino–nieto. Y luego ellos nos escribieron de vuelta y nos contaron cómo se llamaba y a qué jugaban, que a veces era igual y a veces era distinto... Y así también ellos pudieron reconocerse y supieron que, aunque estaban muy lejos, tenían un montón de cosas en común, entre ellas la lengua, y que iba a ser muy divertido decir cómo se llamaban las cosas en cada país para que cuando leyésemos cuentos y leyendas de una y otra orilla, nadie pensase que un zapallo es un duende o que un melocotón es un hechicero, pero que las ovejas tienen ovejitos lo mismo acá que allá.

Les invito a que creen puentes, a que reconozcan al otro y se reconozcan en él. Les invito a que escuchen cuentos, a que los lean. Les invito a ser amables, a dar los buenos días y a decir gracias. Les invito a mirar a la cara de aquellos que nos cruzamos por la calle, a dar la mano, a sonreír, a compartir. Les invito a ser personas, seres humanos. Les invito a no olvidar que formamos parte de la tierra que pisamos, del agua que nos moja, del viento que nos acaricia, del fuego que nos sonroja. Les invito a darse cuenta de que si bajamos los párpados, se oscurece el mundo, por eso no conviene dormir más de la cuenta y sí soñar con los ojos bien abiertos. Les invito a dar un paseo y despertar todos y cada uno de sus sentidos, para que también ellos puedan echar a andar a su lado. No dejen de ser, ni de estar, ni de sentir. No dejen que los niños se alejen.

Ilustración.