Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 21, 2007

A través de tierras andinas

A través de tierras andinas

Por Edgardo Civallero

– ¿Tú soplas eso?

La pequeña –que, según nos dijo después, se llamaba Alison– señalaba con su manito de dos años y pico las enormes zampoñas –flautas de Pan andinas– que descansaban a mi lado, unas flautas que superaban su estatura en unos cuantos decímetros. Estábamos sentados en la Plaza Murillo, en el corazón de La Paz (Bolivia), en unas escaleras repletas de paceños de todas las edades que descansaban mirando a los cientos de palomas que deambulaban por la plaza picoteando el maíz que les echaban los transeúntes. Frente a nosotros estaba el Palacio de Gobierno, de cuyo balcón pendían la bandera nacional y una enorme wiphala, la bandera de los pueblos originarios andinos, cuadriculada y llena de colores. A la derecha, la catedral, y entre ella y nosotros, un mundo de gente: viejos vendedores de helados que empujaban pesadamente su carrito, ofreciendo su mercadería a un peso boliviano, o mujeres con enormes hatos cargados en su llijlla (especie de manta multicolor en la cual puede envolverse tanto un niño como cinco kilos de fruta o un becerro), o "celulares vivientes", esos personajes de chaleco verde fosforescente que portan un teléfono móvil desde el cual el público puede llamar por un precio módico.

Alison sació su intriga acerca de nosotros –q´aras, o gente de piel blanca– y nuestras flautas, y se fue tan tranquila a seguir curioseando otras esquinas de la plaza, o quizás a perseguir a las palomas. Nosotros terminábamos, ese mismo día, nuestra estancia de una semana en La Paz, y levantábamos pesadamente nuestro equipaje para dirigirnos a la terminal de buses, desde la cual un vehículo nos tragaría dentro de su estructura metálica unas 20 horas antes de escupirnos –cansados, malhumorados y polvorientos– en el pueblo fronterizo de Villazón, desde el cual cruzaríamos la frontera para ser engullidos por otros dos buses argentinos que, luego de otras 20 horas, nos dejarían en nuestra casa. Así son los viajes: no sólo paisajes y experiencias bonitas, sino también largas distancias, mucho tiempo, riesgos que algunos no evalúan o imaginan (y que nadie cubre), hambre, suciedad, ruido, escaso descanso... Es una elección de vida, por cierto, pero dista mucho de ser una simple aventura, aventura que muchos nos dicen querer vivir pero que pocos viven, a la hora de la verdad (siempre se elige la comodidad ¿no?).

Bolivia nos convocó para un curso acerca de bibliotecas para comunidades indígenas. El curso fue organizado por el CEDOAL (Centro de Documentación en Artes y Literaturas Latinoamericanas) del Espacio Simón I. Patiño, una Fundación Cultural asentada en La Paz, financiada con fondos del antiguo "rey del estaño" boliviano del mismo nombre. La Fundación organiza anualmente algunas actividades relacionadas con bibliotecología, y la nuestra cerraba el ciclo 2007 con una temática de mucho interés, ahora mismo, en Bolivia. Si bien –respetando mi filosofía de trabajo– he colocado en línea mis materiales sobre este tema desde hace tiempo, son varias las organizaciones que me invitan para explicar tales contenidos en forma personal a los asistentes de sus actividades. Parece ser que la cultura oral, la explicación directa, la reflexión, la participación y el debate del formato "taller" todavía siguen atrayendo mucho más que un simple texto. Así que, aceptando la propuesta del CEDOAL, generamos un Taller en La Paz.

El CEDOAL cuenta con una biblioteca especializada en arte y literatura, especialmente bolivianas, pero que incluye además otros escenarios latinoamericanos. Además, el Espacio Simón I. Patiño cuenta con una biblioteca especializada en cómics, y un ambiente de exposiciones artísticas, difundiendo, asimismo, mucha información sobre las vanguardias bolivianas. Las actividades me recordaron mucho a las que organizan ciertos institutos extranjeros en Córdoba; si bien no suelen ser mis favoritas, debo reconocer que proporcionan puntos de encuentro y de contacto a muchas personas.

Dado que el taller tenía lugar por la noche, teníamos todo el día para recorrer y reconocer La Paz, y muchas invitaciones de colegas y amistades para realizar visitas que ampliaran nuestros conocimientos. Sin embargo, los museos, las bibliotecas y los paseos no nos dieron tanto como el contacto humano con la gente de la calle, o con los propios participantes del curso.

Fue el caso de la viejita que vendía granos en el Mercado Camacho, la cual le explicó a Sara –que desconocía algunas variedades andinas de cereales comunes– el nombre de cada uno y su modo de preparación. O el de los vendedores de instrumentos musicales de la calle Linares, con los cuales miré y remiré cañas y cuerdas en busca de un par de artefactos sonoros que faltaban en mi colección de instrumentos andinos. La ciudad nos envolvió y nos atrapó, y aunque sus olores, sus ruidos, sus sabores, sus comportamientos, sus espacios y sus colores eran completamente distintos de aquellos a los que estábamos acostumbrados, todavía conservamos la capacidad de adaptación y de comprensión que permiten evitar las comparaciones y decir que algunas cosas son mejores y otras peores. Nos dimos cuenta que estábamos pisando un mundo nuevo, un mundo distinto, con otras normas que aprender, con otras reglas que conocer. Algunas no nos gustaron en absoluto, pero aún así, pateamos las calles aprendiendo en cada esquina, registrando en nuestras pupilas todo lo que nos cruzábamos, riéndonos o enojándonos con esto o aquello. Si lo piensan bien, la única forma de aprender realmente de las experiencias es ésta.

En nuestras andanzas nos deleitamos con la enorme colección de instrumentos musicales del Museo especializado situado al inicio de la empinada Calle Jaén, una calleja empedrada y peatonal que conserva todo el sabor de la ciudad colonial. Allí, en ese edificio, recorrimos la colección más alucinante de elementos musicales que puedan imaginarse, y que ha organizado a través de los años el célebre charanguista Ernesto Cavour. Afortunadamente para nosotros, existía una sección en la cual se permitía al visitante golpear, pulsar y soplar algunos instrumentos caseros, que hicieron nuestras delicias. Pero más allá de eso, desfilaron ante nuestros ojos rasgos de una herencia cultural de milenios que aún siguen vivos en muchos rincones de nuestra América.

Otros rasgos que también desfilaron frente a nuestros rostros asombrados fueron los textiles, las máscaras y los adornos plumarios exhibidos en el recientemente reinaugurado Museo de Etnografía y Folklore. Las colecciones –exhibidas en forma gratuita– muestran distintas facetas de los pueblos indígenas actuales de las tierras altas y las tierras bajas bolivianas. En estas últimas aún viven un alto número de etnias que conservan –a pesar del fuerte embate de los grupos religiosos– sus pautas y formas de vida tradicionales. De allí provenían máscaras bellísimas, aunque los adornos de plumas y los disfraces que caracterizan a las danzas del altiplano y los valles altos bolivianos son casi insuperables, tal es el derroche de colores e imaginación que exhiben.

La biblioteca del Museo es parte de REDETBO (Red de Información Etnológica Boliviana), que agrupa a entidades como APCOB (en Santa Cruz), la Biblioteca Etnológica de la Universidad Católica Boliviana (Cochabamba), CEPA (de Oruro), CER-DET (de Tarija), CIDDEBENI (de Beni), y CIPCA, MACPIO y THOA (de La Paz), además del citado MUSEF. Esta Red ya cuenta con un Catálogo Etnológico sobre Pueblos Indígenas de las Tierras Altas y Bajas de Bolivia, uno de cuyos ejemplares nos llevamos en obsequio. Recorrer la colección del MUSEF fue encontrarnos con verdaderas reliquias, con tesoros únicos, con textos que condensaban y reflejaban bellezas culturales de las tierras bolivianas. El poder de la biblioteca –el de conservar la memoria de los pueblos, el de transmitir sus recuerdos y sus valores– quedó, ante nosotros, desvelado y expuesto.

La Biblioteca Municipal de La Paz –en plena Plaza del Estudiante, a metros de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA)– compartió con nosotros sus planes estratégicos, sus estructuras que se renuevan, sus ganas de hacer, sus problemáticas, y, sobre todo, su acervo antiguo, que nos hizo emocionar hasta las lágrimas. Imaginen enormes estanterías de varios metros de altura, y allí, en tomos encuadernados en cuero, antiguas letras con antiguas historias, caligrafías de siglos, títulos en latín. Imaginen el olor característico de esos volúmenes, la luz que se filtra de a poco, el silencio y las voces que parecen salir de los libros para llamarnos y contarnos cosas. ¿Lo sienten? Esa magia de los libros antiguos es la que sentimos nosotros allí. Y si bien me opongo completamente a que los tomos sean guardados celosamente como en museos, dudo que sea éste el caso. Los libros allí seguían vivos, y con esa vida nos llamaban.

El interés por las culturas andinas nos llevó a revolver librerías buscando cuentos –en especial la edición de narraciones de pueblos originarios publicadas por Liliana de la Quintana y su productora, Nicobis– y ediciones bilingües, y nos empujó a transitar todos los pasillos de la Casa Montes –una de las sedes de la UMSA– en busca de algún manual para aprender la lengua aymara y la quechua. Con estos últimos materiales dimos un día antes de nuestro retorno, gracias a la inapreciable ayuda del director del Instituto de Estudios Bolivianos, que nos recibió en su despacho con un abrazo y una sonrisa. Esos materiales son los que ahora mismo curioseamos, intentando pronunciar los sonidos glotales que caracterizan a ambas lenguas y las vuelven únicas.

Fue el mismo interés en las culturas andinas el que nos llevó a las ruinas de Tiwanaku, la antigua ciudad emplazada cerca del Titicaca, sobre la cual se han tejido tantas teorías. Allí llegamos por nuestra cuenta y riesgo, evitando los tours turísticos y siguiendo la ruta que seguiría cualquier boliviano (lo cual no estuvo libre de serios problemas, por cierto). Allí, entre aquellas ruinas monolíticas, nos encontramos con la puerta del Kalasasaya, y con las cabezas-clava del templete semisubterráneo –que, según dicen, tienen todas rasgos diferentes, y representarían a la humanidad que creó el mítico Wiraqucha– y con enormes monolitos con rasgos humanos y cubiertos de dibujos en relieve. Pero el mejor momento del viaje –al menos para mí– fue encontrarnos frente a frente con la mítica Puerta del Sol, y mirar a los ojos a esa deidad milenaria que, tallada en el dintel, ve pasar los siglos con sus brazos abiertos y la cabeza rodeada de rayos. Muchos dicen, interpretando algunos bajorrelieves de su cara, que es un dios que llora. A mí, al menos, no me lo pareció. Me pareció que me sonreía, más hermoso que nada en el mundo, a pesar de su pequeño tamaño y sus rasgos borrosos por la erosión y los siglos.

Pero más allá de todo esto que les he contado, y del suruqchi (mal de las alturas) que nos golpeó cuanto quiso, y de los mercados en los que se vendía de todo –desde piezas de cerdo y cabezas de oveja hasta calzado y ropa–, y del tráfico caótico de La Paz, y de los cientos de pequeños buses que proclaman sus destinos y precios a los gritos, y del río Choqueyapu convertido en un hilo de agua muerta, la mejor experiencia la tuvimos con la gente que nos cruzamos en el camino, en especial dentro de clase, en el Taller. Allí nos encontramos con personas que estaban interesadas en las temáticas que a nosotros nos hacen andar, nos hacen movernos. Personas que nos miraban a los ojos cuando hablábamos, personas que compartieron con nosotros sus dificultades y sus dudas. Jóvenes estudiantes de Historia, mujeres indígenas pertenecientes a fuertes movimientos sociales, bibliotecarias y bibliotecarios de todo tipo de institución. Todos ellos participaron desde su marco, con sus preocupaciones, con sus experiencias... No, no seré cándido: quizás muchos ni siquiera prestaron atención; quizás a otros ni les importó lo que se dijo allí; quizás algunos se rieron de nuestros pensamientos y nuestras opiniones. Pero eso ocurre siempre, incluso en esta misma bitácora, con aquellos que eligen leernos. Lo bueno, lo mágico quizás, fue que para unos pocos, nuestras palabras y nuestros silencios, nuestras ideas y nuestras experiencias, sirvieron de base para imaginar otros caminos, otras posibilidades. Y, si en un grupo de 40 individuos, uno siente que valió la pena escuchar, atender y preguntar, este aprendiz de docente que les escribe siente y piensa que, entonces, valió la pena viajar cientos de kilómetros, con sus decenas de horas de cansancio y sinsabores, para pronunciar un puñado de palabras.

De esto –del encuentro con un magnífico puñadito de personas– se trató nuestro viaje a La Paz, un viaje que ya hemos compartido en un par de ocasiones, en páginas pasadas. Sin embargo, ningún viaje es igual a otro. Cada individuo, en distintos momentos, lo ve desde una óptica diferente, y cada vez, a cada paso, se aprende algo importante, o se desaprende. No, no enseñamos nada nuevo sobre bibliotecas y comunidades indígenas: sólo rescatamos dos cosas importantes, que muchos parecen haber olvidado. Una es que la nuestra es una profesión que se basa en la vocación y en el servicio. (Sara no dejaría pasar esta oportunidad para explicar que eso de la vocación, no es más que nuestra humana condición de dar a otra persona lo que esperamos que esa persona nos dé a nosotros: lo que se ha aprendido, una opinión, un abrazo... eso que sólo los seres humanos pueden intercambiar entre sí). La otra es que si queremos cambiar algo de nuestra realidad, debemos empezar por cambiar algo dentro nuestro. Porque, si no empezamos por eso, poco podremos hacer. Y ambas cosas tienen que ver con las personas, con aquello que pasa dentro de cada una, por aquello en lo que decide creer.

Quizás sea por eso por lo que tanto Sara como yo seguimos creyendo en la gente, a pesar de todo, y con todo lo que ello significa.

Ilustración.