Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

junio 09, 2007

¿Una carrera que desaparece?

¿Una carrera que desaparece?

Por Edgardo Civallero

Es habitual encontrar, de vez en cuando, comentarios, artículos y mensajes de lista de correo profesional que tocan un tema delicado y espinoso: ¿desaparece la bibliotecología como carrera? ¿Desaparece nuestra profesión?

Los debates que se generan a partir de tales preguntas –quizás buscando una respuesta alentadora– exponen todos los puntos de vista posibles, pero en pocos casos llegan al meollo de la cuestión. No pretendo aquí, como pueden suponer, lograr tal hazaña, ni dar respuesta a una pregunta que quizás no la tiene. Sólo busco anotar unas pocas reflexiones al respecto que, tal vez, hagan que reconsideremos algunas cuestiones de fondo que en escasas ocasiones son puestas sobre el tapete.

Los mensajes apocalípticos –del estilo "se acaba el libro en papel", "desaparecerán los bibliotecarios"– suelen darme mala espina, no porque estén anunciando el fin de algo (los finales de las cosas suelen llegar paulatinamente, no de repente, y generalmente no se anuncian con ninguna señal) sino porque permiten medir la temperatura de un problema. Como si fueran una fiebre. En este caso del que les hablo, el problema es serio. Por un lado, decrece el número de alumnos en las escuelas de bibliotecología terciarias y universitarias. Por el otro, el número de colegas desempleados o que nunca encontraron un primer trabajo también aumenta.

Sin embargo, las bibliotecas siguen existiendo y siguen trabajando como siempre.

El problema no es sencillo, sino que presenta varias cabezas, como aquella hidra a la que se enfrentó Hércules en sus míticos trabajos. Si no somos capaces de golpearlas a todas –cómo hizo el héroe en la leyenda– nuestro destino será ser atrapados y devorados. Y no, no se trata de otro mensaje apocalíptico, sino de una advertencia que todos sentimos en la piel, que todos conocemos, pero que pocos se encargan de asumir y solucionar.

Una de las cabezas del monstruo –permítanme jugar con la alegoría– es la pobre formación que recibimos en nuestras instituciones educativas superiores, tema del que ya he hablado hasta el hartazgo pero que requiere mención aquí también. Salimos capacitados para ser meros técnicos, con pocas competencias en el mercado laboral y profesional. En el ámbito académico somos casi invisibles, inexistentes: me he cansado de oír, en mi propia cara, cómo muchos investigadores y docentes de otras disciplinas preguntan si es posible la investigación en bibliotecología. Noten que, curiosamente, en América Latina existen pocos centros de investigación especializados en bibliotecología (yo conozco cuatro, y suelen conformarse como espacios académicos bastante cerrados); son pocas las revistas que siguen publicando artículos a nivel regional (sobre todo aquellas en formato de acceso abierto), y son muchas las que han ido desapareciendo en el último lustro; son pocas las propuestas de construcción de espacios y ámbitos de reflexión; son pocos los congresos y reuniones que organizan talleres y plantean estrategias de acción conjunta. Últimamente, además, he visto el resurgimiento de una tendencia que se viene insinuando desde hace mucho, pero que ahora se ha vuelto más fuerte: voltear la cabeza hacia España, "madre de todos los saberes". En sus listas se discute "mejor", sus webs bibliotecológicas son "exitosas", sus revistas tienen "categoría". Y que conste que no tengo nada contra España. Pero estamos abandonando nuestros espacios y nuestras propuestas regionales.

Hace falta aprender más, renovar y revitalizar los currículos educativos, revivir nuestras revistas, abrir los centros de investigación o crear otros nuevos, mejorarnos, capacitarnos... Hace falta, por una vez en la vida, apostar por nosotros.

Otra cabeza es el descrédito que nosotros mismos echamos sobre nuestra profesión. Muchos colegas no creen en sí mismos y en sus posibilidades, y así, sus puestos son ocupados por administrativos, docentes, informáticos y otros personajes que no estaban tan preparados para esas funciones, pero que creyeron en sí mismos. Comenzar a creer en nuestras fuerzas y nuestras manos pasa por un esfuerzo personal, pero también debemos ser concientizados en las escuelas. Porque, si nos educan para ser el último orejón del tarro, eso seremos, y nada más.

Otra cabeza –a la que es muy difícil combatir– son las pésimas condiciones laborales a las que se enfrentan los profesionales de la información en la actualidad: los bajos sueldos, la corrupción, los abusos que no pueden denunciarse... En este aspecto, es hora de que las asociaciones nacionales –allí donde existan– comiencen a luchar por los derechos de sus representados, por proyectos de ley que amparen y regulen el desempeño profesional. Es hora de que se creen espacios de debate y participación en los cuáles los bibliotecarios puedan decidir su futuro y su presente, sus pasos a seguir y su realidad actual. Es necesario que las asociaciones y organizaciones regionales dejen de existir para figurar y comiencen a existir para trabajar. Conozco muchísimos asociados a este tipo de entidades que me cuentan, confidencialmente, que han pagado por años las cuotas societarias para recibir nada a cambio. Lo cual, por cierto, desanima al más animoso.

No sé si una solución para este problema es la colegiatura o el sindicato. He visto el funcionamiento de algunos, y he notado la corrupción dentro de ellos también. Hace falta otra cosa: estructuras horizontales sólidas, equipos de trabajo proactivos, gente con ganas de trabajar, búsqueda de consenso, discusión constructiva y propuestas tangibles. Y espacios de denuncia pública de las malas prácticas. No se trata de seguir regando la maceta del politiquerío bibliotecario, amiguista y nepotista. Se trata de comenzar a construir espacios limpios de esa suciedad, espacios en los que no se cierren puertas a fulano o a mengano "porque no son mis amigos".

Otra cabeza más es la falta de información y apoyo a los profesionales. Fíjense qué curioso: las convocatorias más importantes a trabajos, a becas, a pasantías... pocas veces se difunden. Quedan en un círculo cerrado, entre amigos y conocidos que comen, todos ellos, del mismo plato, y que generan un sistema de favores y deudas que me recuerda mucho a los estamentos feudales de la alta Edad Media. Con el apoyo pasa lo mismo: los bibliotecarios de campaña y de trinchera –los populares, los rurales, los escolares– son grandes olvidados que escasamente reciben soporte por parte de escuelas, asociaciones o colegas. Muchos de ellos siguen solos sus caminos y encuentran escasas posibilidades de pedir ayuda o colaboración para sus problemas, los cuáles –se los aseguro– son mucho más grandes de lo que muchos imaginamos.

Estoy hablando de una verdadera exclusión, basada en criterios valorativos tan injustos como "ámbito de trabajo", "entidad en la que se educó" (o incluso "nivel de educación"), "pensamiento", "amigos" y un largo etcétera que todos, de una u otra forma, conocemos.

Se necesita un poco de solidaridad, y una revisión profunda de los objetivos de las grandes organizaciones bibliotecarias (organizaciones verticalistas a las que me opongo por naturaleza, dado mi pensamiento anarquista). Si esas estructuras se volvieron horizontales y comunitarias, y comenzaran a tener en cuenta a todos, igualitaria y equitativamente, los olvidados dejarían de serlo, y seríamos muchos más a la hora de definir políticas nacionales, estrategias de acción, foros de discusión o espacios de trabajo e investigación.

Se me ocurren muchas "cabezas" más, las cuáles dejo a su reflexión e imaginación. Son varios problemas de fondo que siempre tocamos tangencialmente, pero que pocos se animan a tratar o a abordar. Mientras continuemos conviviendo diariamente con esos males, nuestras fuerzas irán disminuyendo, y terminaremos considerando a la bibliotecología como una mera profesión que, con un poco de suerte, nos puede dar de comer. Nada más.

Y no sé ustedes, pero trabajar para comer me sirve por una temporada. Luego me cansa, más tarde me decepciona, y finalmente termina deprimiéndome y me provoca el deseo de abandonar todo. Porque, si bien el pan es necesario para vivir, necesitamos algo más que nos empuje a levantarnos de la cama cada mañana y salir de casa para seguir viviendo (que es diferente de "seguir sobreviviendo"). Intentemos buscar esos motivos, intentemos borrar las sombras que empañan nuestro orgullo y nuestras ganas.

¿Cuál es la respuesta a la pregunta que originó esta entrada? No lo sé. Ojalá la tuviera. Sólo sé que si no comenzamos a trabajar activamente en la solución de estos problemas de fondo, no tardaremos en encontrarla. O, mejor dicho, ella no tardará en golpearnos la cara con su realidad. Algo que será doloroso, sin duda alguna.

Ilustración.