Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 01, 2007

Bibliotecas e indigentes

Bibliotecas e indigentes

Por Edgardo Civallero

Durante las improvisadas "vacaciones" que nos hemos tomado durante el mes de julio –que de descanso tuvieron poco, pero que nos dieron un respiro para poder leer y ponernos al día con muchas actividades– encontré, en mi colección de la revista estadounidense "Progressive Librarianship", unos cuantos artículos que me llamaron la atención.

"Progressive Librarianship" es una publicación editada por Progressive Librarian Guild, un grupo que funciona en el Norte desde hace décadas, y que agrupa a personalidades de la bibliotecología "progre" como Mark Rosenzweig (el autor de los famosos "10 puntos de Viena", el decálogo de los bibliotecarios progresistas), John Buschmann o Elaine Harger, entre otros. "Progressive Librarianship" ha publicado artículos de bibliotecarios radicales como Sandford Berman (un crítico lúcido e incansable de los sistemas de catalogación, sobre todo de sus pudores en cuanto a temas sexuales) o Shiraz Durrani, más centrado en las problemáticas informativas y sociales de África. Si bien los artículos suelen centrarse en problemáticas estadounidenses y están escritos en inglés –lo cual puede representar un par de barreras para muchos bibliotecarios latinoamericanos– la revista aborda, en muchas ocasiones, temáticas comunes a la profesión global. Como la que he seleccionado para esta entrada: los indigentes y las bibliotecas públicas.

El artículo es de Karen Venturella, una referencista de ciencias sociales de la biblioteca pública Queens Borough de Nueva York, que antes de ser bibliotecaria había trabajado en Filadelfia con indigentes o "sin techo" ("homeless people", en inglés). El artículo fue publicado en el verano (boreal) de 1991, en el nº 3 de la revista (pp.31-42) y ofrece un abordaje a una temática peliaguda: ¿cómo debemos tratar los bibliotecarios en general, y los del ámbito público-comunitario-popular en particular, a las personas sin techo que buscan refugio en nuestras bibliotecas?

La pregunta carga de por sí un tinte discriminador. ¿Es que debemos tratarlos de alguna forma especial, siendo como son, lectores como el resto, y siendo la biblioteca (particularmente la pública, o de universidades públicas, o de instituciones públicas) una institución creada y pensada para satisfacer las necesidades de toda la población? Parece ser –de acuerdo al artículo de Venturella– que este tema comenzó a preocupar a los bibliotecarios estadounidenses desde hace décadas, y que ya en los 80' la ALA (American Library Association) comenzó a organizar talleres al respecto. El problema parecía apuntar a que muchas personas "sin techo" sólo buscaban refugio en la biblioteca, y no información. Por otra parte, eran muchos los usuarios tradicionales de esas instituciones (y los propios bibliotecarios) que se quejaban por la presencia de individuos que, según ellos, "carecían de higiene", "se comportaban indebidamente", "eran inadaptados sociales", "daban miedo", "portaban enfermedades infecto-contagiosas" y un largo etcétera de preconceptos sumados a incomodidades y problemas reales (como por ejemplo, personas "sin techo" que ocupaban varias sillas de la sala de lectura para dormir). De acuerdo a la directora de la biblioteca pública de Salt Lake City, Glenda Rhodes...

Después de que los bibliotecarios comprendieron la inutilidad de pedir ayuda a las agencias gubernamentales, cuyos recursos económicos han sido severamente disminuidos, y después de recordarse a sí mismos que la apariencia o el estatus económico no son criterios para limitar el uso de la biblioteca, se desmoralizaron... Los trabajadores de la biblioteca se cansaron de despertar gente y se frustraron de tanto oír las quejas de otros usuarios...

Algunos comentaristas estadounidenses, según cita Venturella en su texto, se opusieron a que la biblioteca se hiciese cargo de sus usuarios "sin techo". Es el caso de Herbert White, quien expresó que "no debemos aceptar como propio un problema que no es nuestro" y que concierne a otras agencias estatales. Muchos colegas no deseaban convertirse en trabajadores sociales, un rol que, según ellos, no les correspondía. Tampoco querían hacerse cargo de una problemática que, desde su punto de vista, nada tenía que ver con ellos ni con sus actividades.

Joe Greiner planteaba el problema en estos términos: "Por un lado, está la responsabilidad de mantener un ambiente seguro, agradable y amigable para todos los usuarios de la biblioteca, y por el otro, está la responsabilidad de la biblioteca de actuar como una agencia social democrática". Es importante recordar, además, lo que señalaba Patsy Hansel, presidenta de la Asociación de Bibliotecas de Carolina del Norte: "algunos de nuestros usuarios sin techo usan la biblioteca apropiadamente, y otros no, tal y como ocurre con algunos de nuestros usuarios más fieles".

No hay líneas-guía de acción ni prácticas comunes sobre este tema. Hay tantas formas de tratar con estos usuarios como bibliotecarios existen. Esto ocurre porque son muchas las bibliotecas que no cuentan con políticas definidas al respecto.

Muchos profesionales aceptaron que los problemas de su sociedad son sus propios problemas, lo cual, desde mi punto de vista, es una manera bastante comprometida y correcta de hacer política cotidiana y de participar en la misma en forma activa. El principal punto era buscar asesoramiento de entidades y organizaciones gubernamentales o civiles que proveyeran de información acerca de cómo asesorar y aconsejar a los "sin techo", lo cual no deja de ser una manera de brindar ayuda. La respuesta fue bastante vaga y frustrante, de acuerdo al artículo de "PL". Aún así, continuaron su búsqueda, porque reconocieron que los individuos "sin techo" poseen necesidades de información y requerimientos específicos, y son el resultado de una crisis que nos incumbe a todos, algo que muchas otras bibliotecas no supieron reconocer.

En general, las bibliotecas (públicas, en especial) están comprometidas con dar respuesta a las necesidades de información del público. ¿Incluye tal cosa la provisión de información sobre dónde conseguir comida, refugio y abrigo? La Biblioteca Pública de Dallas creyó que sí, y organizó una base de datos, en colaboración con otras agencias estatales, en la cual se listaban servicios y opciones para los sin techo. Mary Bundy organizó un curso para estudiantes de bibliotecología en la escuela de la Universidad de Maryland, enseñándoles como responder a las necesidades de información de los indigentes. El listado se extiende, y enfatiza los aspectos profesionales e informativos de la institución "biblioteca" en relación con los más desfavorecidos de su propia comunidad.

Por otro lado, ¿qué servicios, espacios y actividades de extensión pueden ofrecerse a los "sin techo" desde la biblioteca? La biblioteca de Haverhill, en Massachussets, fue directamente al grano. En una ciudad con unos 150 indigentes (hablo de 1991, fecha del artículo que cito), la biblioteca destinó una sala específicamente para alojar y atender a los "sin techo", con capacidad para unas 20 personas. El ejemplo fue citado en periódicos como el New York Times (19.01.1989). Otro proyecto similar tuvo lugar en la Biblioteca Pública de Milwaukee, la cual operó como un centro de día para los "sin techo", organizando servicios de información sobre trabajo y techo, y talleres para desarrollar destrezas laborales. La Biblioteca del Condado de Mulmomah, en Oregón creó una sala de lectura con actividades puntuales para los indigentes, lo mismo que la del Condado de Shelby, en Tennessee. Como último ejemplo, la oficina de servicios especiales de la Biblioteca Pública de Nueva York organizó servicios de extensión para aquellos "sin techo" que estaban residiendo en "residencias para indigentes" dentro de la ciudad.

Muchas otras bibliotecas han ido más allá, organizando programas de refugio y comida para sus usuarios desfavorecidos, en especial dentro de aquellas ciudades donde los niveles de desamparados han escalado inusitadamente (p.ej. Tulsa, Dallas, Nueva York).

El artículo de Venturella concluye especificando que es necesario que las bibliotecas establezcan sus prioridades y sus políticas definidas en relación a este problema, dependiendo, evidentemente, de sus posiciones, de sus recursos y de sus conexiones en la propia estructura local.

Tras leer el artículo, me pregunté cómo reaccionamos nosotros, en América Latina (en mi caso, en Argentina) ante estas situaciones. Conozco un número alto de ejemplos en los cuáles la entrada es negada a la biblioteca, y casos de colegas que expresan abiertamente que esos no son problemas de su incumbencia. Pero también conozco innumerables casos de instituciones paralelas (p.ej. escuelas) que brindan ayuda, alimento y contención a sus niños más desprotegidos, insertas en forma comprometida en la dinámica del grupo social al que atienden.

Evidentemente, considerar al "niño de la calle", al indigente o al "sin techo" como un delincuente en potencia es una actitud errada, basada en un puñado de malas experiencias o en percepciones distorsionadas de un problema mucho más amplio. Es verdad que existen unas normas de convivencia y comportamiento que debemos hacer respetar, pero también es verdad que dejarnos llevar por preconceptos y prejuicios puede conducirnos sencillamente a la discriminación, a la exclusión y al olvido.

Reconozco que, en muchas sociedades de nuestro continente, no existen estructuras gubernamentales que se ocupen de dar respuesta a estas necesidades y que, por lo tanto, la biblioteca se encontraría "sola ante el peligro" si pretende abordar estas situaciones. También sé –por propia experiencia– que los recursos siempre son pocos, y que destinarlos a problemáticas puntuales es irreal. Pero, en algún momento, debemos tomar partido, debemos posicionarnos, debemos pensar qué hacer y cómo hacerlo, y, sobre todo, por qué.

Sería de esperar que, a la hora de tomar esas decisiones, no permitamos que el peso de los prejuicios nos lleve a dar la espalda a personas que jamás tuvieron la oportunidad de decir si querían o no estar en esas situaciones tan desfavorables. Quizás baste con un poco de cordura, un poco de prudencia y de equilibrio a la hora de definir acciones. Pero quizás sea eso –cordura, prudencia, compromiso– lo que más nos falte en el mercado de valores de hoy en día.

Ilustración.