Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 08, 2007

Sobre algunas “revistas académicas” mal entendidas…

Sobre algunas

Por Edgardo Civallero

Hemos estado dando vueltas por Buenos Aires, mi ciudad natal, un lugar que nunca deja de asombrarme por sus contrastes, pero sobre todo, por una vida cultural que en el resto de la Argentina no está tan disponible (lo cual habla de una centralización de recursos en Buenos Aires que a mucha gente del resto del país no nos gusta mucho).

A nuestro regreso me encontré con una agradable sorpresa en mi casilla de mail. Una revista latinoamericana de bibliotecología –que me había invitado a publicar en ella– había rechazado un artículo mío, por considerar que no se ajustaba a sus criterios académicos. Hasta aquí, nada anormal: son muchas las publicaciones que consideran que lo que escribo no es lo suficientemente correcto, algo que es la pura verdad. Poco de lo que escribo es bueno (buena prueba de ello son estas páginas, ¿verdad?) y no siempre me ciño a estándares "científicos" que, aunque conozco por mi formación previa como biólogo, me empeño en no respetar porque no siempre el lenguaje "científico" expresa información valiosa, y no siempre puede hablarse de bibliotecología usando ese lenguaje. El problema estuvo en la evaluación que me adjuntaron, realizada (en forma individual, algo asombroso para un peer-review) por una "gran persona" de una de las instituciones más "prestigiosas" de nuestro universo profesional.

Contarles que la evaluación estaba llena de preconceptos academicistas y de prejuicios sobre temáticas diversas sería decir poco. Quizás lo que más me asustó fue el punto en el cual se criticaba la ideología de partida, la bibliografía empleada y los autores elegidos y no elegidos.

En fin, para evitarles palabrerío, les resumiré lo que pude entender de la evaluación. Y lo hago desde mi propia posición de árbitro pasado y presente de revistas de bibliotecología.

Parece ser que para escribir un artículo "académico" debe partirse de una ideología neutral y científica, es decir, aséptica. Algo que, en artículos vinculados con prácticas sociales, es sencillamente imposible. Y algo que muchas corrientes bibliotecológicas de avanzada comienzan a considerar, incluso, como anti-ético.

Además, la interdisciplinariedad es evitada con la frase "eso no es bibliotecología", lo cual es un problema agregado a aquellos artículos que tomen prestadas experiencias, categorías y metodologías de disciplinas como la sociología, la antropología, la lingüística o la educación (pero no la estadística: esa luce como "más científica" y le queda bien a la bibliotecología).

La bibliografía consultada debe ser "de calidad", es decir, pertenecer a revistas o conferencias que figuren en bases de datos internacionales, o que tengan renombre y prestigio (¿y eso como se evalúa?), y que hayan sido publicadas bajo régimen de referato. Los artículos de acceso abierto son vistos como de "escasa o nula calidad", aunque hayan sido referados previamente... lo mismo que aquellas revistas que, por buenas que sean, no figuran en las grandes bases de datos. Tampoco sirven las experiencias no publicadas (y las mejores experiencias escolares, por ejemplo, nunca son publicadas) ni las comunicaciones personales o las investigaciones que no estén fundamentadas sobre bibliografía, escrita y "de buena calidad" (busquen de eso en "bibliotecas indígenas", a ver que encuentran...).

Los autores citados deben ser los más reconocidos dentro de la disciplina o temática. Si no se los cita, algo anda mal. Esto, por cierto, viola uno de los primeros principios del método científico, tal y como lo planteó Dalton hace siglos: no tener en cuenta a la autoridad precedente, y dudar siempre de ella, y desafiarla si es posible. (Afortunadamente para la ciencia actual, los más famosos científicos se olvidaron de sus predecesores y fueron llamados "grandes revolucionarios" y "mentes lúcidas"... pero en bibliotecología, eso es un pecado).

Debe citarse toda la bibliografía disponible, incluyendo las tesis. Esto sirve si uno trabaja en entidades con grandes bibliotecas y buena producción de tesis, pero... ¿qué pasa con aquellos que trabajan sin acceso a bibliotecas, disponiendo solamente de los recursos que pueden encontrarse en línea? ¿Y con aquellos en cuyas bibliotecas no está toda la información disponible? Parece ser que no pueden publicar, porque, como bien sabrán, no todas las tesis están en línea (y mucho menos las de bibliotecología), tampoco todos los trabajos de investigación... y ni siquiera muchas revistas académicas, que están bajo siete llaves (llaves caras, como bien saben).

Las ideologías como el "indigenismo", el "socialismo" o el "comunitarismo" deben evitarse. Los trabajos sociales son mirados con sospecha. Las herramientas cualitativas, más aún. Si los resultados no son expresados con cifras, no son creíbles: se trata del reino de la estadística y del número (aunque las últimas corrientes bibliotecológicas estén haciendo un énfasis gigantesco en la necesidad de usar herramientas que no conviertan al ser humano en una ecuación).

Hay mucho más, pero estas recomendaciones sirven para que muchos dejemos de escribir... para esas revistas, al menos. Parece ser que la receta está en armar un marco teórico con muchas citas bibliográficas de los más lucidos autores, desarrollar una experiencia que sea cuantificable (aunque se falseen o dibujen los resultados) y mantener un tono políticamente correcto, sin ideologías ni posturas visibles.

He leído muchos de estos artículos "académicos", que no son más que evaluaciones de experiencias numéricas dentro de instituciones, o temas similares. Y he leído muchos otros artículos, que intentan construir teoría, desafiar conceptos existentes. Esos artículos que hacen pensar, que proporcionan herramientas valiosas para ser aplicables y replicables en otras bibliotecas, son los que no se publican en las revistas "académicas", sencillamente porque "violan" (en todos los buenos y malos sentidos de la palabra) las normas existentes, las grandes y famosas "biblias" de la bibliotecología y el trabajo de muchos autores que no hacen más que dibujar números. No resto valor a las experiencias contadas en esas revistas: su revisión, y la extracción de normas generales a partir de casos particulares es la base de la Bibliotecología Basada en la Evidencia, una corriente de la que participo y que está cobrando cada vez más auge (y que es totalmente "científica", dicho sea de paso). Pero considerar a eso como "académico" y al resto como "no académico" me parece una especie de discriminación.

¿Hasta qué punto tienen valor los artículos y las revistas "académicas"? ¿Hasta qué punto nos permiten crecer, informarnos, aprender? Y, sobre todo, ¿hasta qué punto nos hacen pensar? ¿Hasta qué punto no nos dan cosas fáciles, acordes con las normas vigentes, edulcoradas con muchas citas grandiosas y mucha bibliografía nuevecita para que las creamos más importantes?

¿Qué pasa si tomo un artículo mediocre y lo sazono con muchas citas de libros y revistas que nadie podrá acceder a leer, y con números cuya veracidad nadie podrá comprobar? ¿Se convierte automáticamente en respetable? ¿Y qué pasa si escribo sin eso, pero basándome en experiencias reales, en creencias e ideas chequeadas sobre el terreno? ¿Qué pasa si expongo abiertamente mi opinión y mi ideología?

Es interesante ver como muchas revistas de bibliotecología han ido muriendo en el silencio, cada vez menos consultadas, excepto por aquellos que prefieren decir "leí en tal revista" a decir "leí tal cosa". Y es interesante ver como muchas otras –pequeños boletines, publicaciones gratuitas de acceso abierto, e incuso blogs comunitarios y wikis profesionales– están teniendo un mayor valor y una consulta más amplia. Pregúntense por qué será. Quizás muchos prefieran leer realidades visibles (con sus aciertos y sus errores, pero humanas) en donde el autor es tangible y se lo ve como humano, a leer historias en donde el autor es visto como un dios más allá del bien y del mal, escudado en bibliografía y en citas y en números.

Sigamos leyendo, sigamos escribiendo, sigamos publicando. Pero no olvidemos que el valor o la veracidad de una palabra están en ella misma, y no en el disfraz que le pongamos alrededor.

Por mi parte, seguiré intentando.

Un saludo cordial desde una Córdoba gélida....

Ilustración.