Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

agosto 12, 2007

Un libro de chicos para chicos y no tan chicos

Un libro de chicos para chicos y no tan chicos

Por Sara Plaza

Se trata de las narraciones de chicos aborígenes de la provincia de Salta, en el noroeste argentino, que aparecen en el libro "Te contamos de nosotros" publicado en el año 2005 por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación y la Organización Derechos Humanos "Cháguar". En él, algunos niños y niñas de las etnias wichí, colla, chiriguano-guaraní, toba (qom o qom lek en su propio idioma), chulupí (nivaklé) y chorote (iyojwáha) comparten sus paisajes, sus costumbres, sus cuentos, sus leyendas y algunas palabras en su idioma.

El libro llegó a nuestras manos de las de dos ermitaños que nos acogieron en el barrio de Floresta, Buenos Aires, hace unos días. En la portada aparecen los ojos oscuros y rasgados de un niño, y es imposible mirar hacia otro lado cuando te encuentran. Por la misma razón, resulta imposible dejar de leerlo una vez que lo abres por cualquiera de sus páginas y dejas que la realidad te escupa a la cara sus colores, sus olores, sus texturas. Los dibujos de los más pequeños cautivan los sentidos de un modo tal, que uno no puede evitar pasar el dedo por cada uno de sus trazos intentando asir un pedazo de aquella tierra, de aquel monte, de ese otro valle, del río, de la corteza de un yuchán, de la olla donde fermenta el fruto del algarrobo, de las fibras de cháguar, de las redes de tijera, de los hatillos de cabras...

Así, recorriendo el Chaco salteño, los ríos Bermejo y Pilcomayo, y adentrándose en el corazón de los Andes y en sus valles a más de 2500 metros, uno va transitando por empinadas cuestas, hundiéndose en las tierras anegadas, cubriéndose del polvo de los caminos, para descubrir con asombro que se cruzó con diversas culturas en su andar y ninguna de ellas le dejó indiferente. Culturas de cientos y miles de años, como cuentan los niños que les contaron sus abuelos. Culturas que estaban allí antes de la llegada de los extranjeros, como Osvaldo Bayer lo narra en el primero de los prólogos del libro. Culturas a las que no se ha atendido en su diversidad ni en su bilingüismo, por más que así conste que se tiene que hacer según lo estableció en el art. 75, inc. 17, la reforma de 1994, tal y como lo explica Beinusz Szmukler, el segundo prologuista. Culturas "ignoradas, despreciadas, maltratadas" según lo anota Eduardo Galeano en su última página. Culturas, comunidades indígenas, que siguen allí con sus modos de pensar, de hacer y de decir, con el mismo antiguo respeto por la naturaleza que los alimenta y los cobija, por cada animal y cada planta, por la lluvia, por el sol, por la tierra, por los antiguos y por sus hijos. Culturas golpeadas, diezmadas, olvidadas. Culturas que se marchitaron con el embate de la "civilización", que retrocedieron ante el brutal empuje de los nuevos usos y costumbres de los sucesivos conquistadores que les robaron, saquearon, asesinaron. Culturas a las que se les llamó de modo diferente a como ellos mismos se denominaban, a las que se nombró despectivamente, a las que se quiso enseñar a re–escribir su historia en otro idioma y con nuevos héroes.

Los hijos de algunas de ellas son los que cuentan en el libro cómo se llaman, a qué juegan, qué comen, en qué trabajan sus papás y sus mamás, cómo van a la escuela, qué pasa cuando llueve mucho, cómo se prepara la aloja, como se teje una yica, qué instrumentos hacen sonar los músicos, quiénes son sus caciques, qué animales viven en su región, que plantas cultivan, cuáles recolectan, cuáles se usan para el resfrío y la tos y cuales para el dolor de estómago, quiénes les cuentan historias, cómo ayudan a sus familias... todo un gran universo con las mismas estrellas que vemos los criollos, los mestizos, los venidos de otra parte del mundo.

Un universo que llevo tiempo tratando de conocer o, al menos, de dejar de desconocer tanto, gracias a nuestros viajes, a nuestro trabajo, a las personas que viven en él y amablemente nos han abierto sus puertas y dejado vislumbrar un pedacito de sí mismos, a los museos etnológicos, antropológicos y de historia, a las ferias de artesanía, a algunos documentales y a un buen puñado de lecturas, infantiles, juveniles y para adultos (no me gustan mucho estas clasificaciones, pero así estaban dispuestos en la biblioteca) de los que me nutro en una biblioteca cercana y en la nuestra más chiquita. Sobre los pueblos originarios de Argentina empecé a aprender un poquito con algunos libros de viajes, y luego con los de cuentos y leyendas. Me crucé con el que escribió el antropólogo Carlos Martínez Sarasola para jóvenes, "Los hijos de la tierra, historia de los indígenas argentinos" (adaptación de su obra "Nuestros paisanos los indios"; un resumen más didáctico para los no iniciados), luego me leí un buen puñado de los que publicó Miguel Ángel Palermo, que edición tras edición (las de libros del Quirquincho, las de Sudamericana, las de LAZ, las del CEAL...), aparecen con mucha más información sobre los pueblos que cuentan las historias que él recoge. En Buenos Aires, nos hicimos con un par de compilaciones de Buenaventura Terán, en ediciones del Sol, que están narradas por los propios indígenas y que son una verdadera joya. Editorial Sudamericana también cuenta con obras muy interesantes, como la de Lucía Gálvez, "Guaraníes y Jesuitas. De la tierra sin Mal al Paraíso". Digamos que uno tiene que leer bastante y variado para tratar de empezar a entender, y que enseguida van a aparecer un montón de contradicciones y a surgir un puñado de interrogantes.

Desde los años previos a la conquista hasta hoy, se han dicho muchas cosas, se han hecho unas pocas, y las cosas no han cambiado demasiado en el imaginario de la mayoría. Por eso, me detuve estos días en las publicaciones del Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de la Nación, tratando de atrapar un poquito de la realidad actual de las comunidades indígenas que hoy están presentes en el país. El panorama no es muy alentador, y si uno ojea despacito la sistematización de experiencias que aparece en la obra "Educación Intercultural Bilingüe" editada por el MECyT se dará cuenta de que prácticamente está todo por hacer por más que durante años se hayan desarrollado muy valiosas prácticas en el campo de la EIB. Los mismos niños que escriben y dibujan en "Te contamos de nosotros", son los que antes dejan del sistema educativo, los que no encuentran respuestas a sus preguntas (suponiendo que se les permita enunciarlas), los que siguen siendo discriminados y segregados.

Yo soy feliz aprendiendo, pero tengo mi ritmo, mis gustos, mis manías..., como cada cual supongo, y nada de eso es contemplado normalmente en las aulas. Cada vez tengo más dudas sobre la escuela y la enseñanza que en ella se pretende dar, por más iniciativas loables que se intenten implementar. En muy raras ocasiones ofrece atención a la diversidad aunque sea la palabra de moda en todos los discursos educativos. Particularmente, estoy mucho más a gusto en situaciones en las que todos tenemos algo que contarnos y es valioso no sólo lo que yo creo saber, sino lo que el otro sabe también. Desgraciadamente, la escuela sigue considerando mejores sus propios conocimientos que los de quienes acuden a ella, por eso, la mayoría de las veces, en lugar de permitir a cada cual desarrollar sus capacidades, con sus tiempos y a su modo, dando la oportunidad de aprender a todos, lo que hace es enseñar a unos pocos y doler a la mayoría... Ya sé que la escuela se jacta de lo contrario, pero sólo hay que echar un vistazo y fijarse en quiénes se enfrentan con el fracaso escolar y en cuantas personas siguen sin saber leer ni escribir, para darse cuenta de que no hay millones de tontos en el mundo sino una escuela que sigue siendo muy injusta y continúa sin saber dar respuestas a un gran número de alumnos. Niños y grandes, indígenas, campesinos, parados, inmigrantes, personas con necesidades educativas especiales, sin las necesidades más básicas cubiertas, con distinta lengua, con diferente cultura, costumbres, formas de comunicación, modos de interpretar el mundo, también quieren decir sus palabras... Si la escuela no es capaz de dársela, y en la mayoría de los libros aparecen hablando por boca de otros, ¿cómo pretendemos saber lo que piensan?

Osvaldo Bayer recomienda en el mencionado prólogo, que "seamos todo oídos" y que recorramos el camino "con las manos en sus manos" y "aprendamos de sus relatos". A las bocas y a las manos de sus hijos también las menciona Eduardo Galeano al final del libro al que me he venido refiriendo una y otra vez en estas líneas. Hay mucho por hacer y todos tenemos una gran responsabilidad de la que hacernos cargo. En la punta del iceberg estaríamos los bibliotecarios y los docentes, pero todos sabemos que hay una realidad (quizás varias) que cambiar, y en el tablero somos muchos los jugadores que tenemos que disputar la partida. De que no haya perdedores depende nuestro compromiso, nuestra honestidad y nuestra coherencia personales y profesionales, seamos maestros, médicos, políticos, carpinteros, albañiles, abogados, sindicalistas, trapecistas, poetas, barrenderos, altos, bajos, rubios, morenos, hombres, mujeres, guapos, feos, simpáticos, antipáticos, callados, habladores, niños, ancianos, fumadores, no fumadores... Los unos y los otros, los unos con los otros.

Ilustración.