Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 02, 2007

Al tiempo no hay que darle la oportunidad de que pase en vano

Al tiempo no hay que darle la oportunidad de que pase en vano

Por Edgardo Civallero

Así dice uno de nuestros cantautores favoritos, el argentino León Gieco (autor del conocido "Sólo le pido a Dios") en el tema "Aquí, allá, hoy o mañana". La frase, más allá de su poesía, marca una meta a seguir, no sólo en el contexto personal, sino también en el profesional.

Tiempos que pasan en vano... ¿Cuántos días, cuántos meses han pasado entre nuestras manos sin que supiésemos atraparlos, emplearlos, volverlos fértiles de frutos y resultados? La pregunta, abstracta sin un contexto, se vuelve un poco más real cuando pienso en todas esas bibliotecas que se mueren en el silencio, llenas de libros pero carentes de usuarios, de servicios, de ideas. ¿No conocen ninguna? Yo sí. Las he visto. Pasan las semanas, pasan los años, y esas unidades –que podrían estar cambiando algo en su entorno, por mínimo que sea– siguen allí, inmóviles, congeladas, mientras sus responsables le permiten al tiempo correr en vano.

Recuerdo que, en algún momento de mi carrera, aprendí que una biblioteca es un sistema, un conjunto de elementos íntimamente relacionados que trabajan para el logro de un objetivo, proporcionando salidas (productos y servicios) y atrapando entradas (información, opiniones, necesidades). Fue mucho más tarde cuando, por experiencia propia, aprendí que cualquier biblioteca es (o debería ser, si pretende tener éxito) una entidad muy similar a un organismo vivo: responde a las variaciones de su entorno, se adapta para sobrevivir, es flexible, evoluciona, crece, incluso se reproduce y replica.

Y, a veces, se paraliza, enferma y muere.

El ciclo vital de cualquier sistema cumple una serie de pasos y se cierra, a veces para volver a comenzar, otras veces para siempre. Y todo sistema vivo evita la muerte por instinto, intentando sobrevivir a través de las peores adversidades. Aprendí, de esta regla vital tan básica, que cualquier biblioteca debe luchar y hacer lo posible por mantenerse viva. Convertirla en un simple depósito es matarla anticipadamente, asesinar su espíritu sin contemplaciones, arruinar un proyecto que podría haber sido hermoso y útil para un pequeño o gran grupo de gente.

La biblioteca se convierte en un mero depósito de materiales cuando no tiene usuarios. En ese momento, pierde su razón para existir, pues una biblioteca no es un edificio, una colección o un grupo de gente que trabaja en ella: es un servicio. Simplemente eso. Y el servicio, como bien dice la palabra, debe servir a un destinatario. Cuando no sirve, cuando el usuario final considera que allí, en esa institución, no hay nada para él, es cuando la biblioteca y sus responsables fracasaron.

Y el tiempo sigue su curso, insensible a las circunstancias de los humanos. Y cada minuto perdido jamás retorna.

¿Cuando camina la biblioteca hacia su fracaso y hacia su muerte como sistema? Generalmente, cuando pretende dar al destinatario algo que éste no necesita, y cuando, por otro lado, no proporciona lo que necesita urgentemente. Y eso es algo que ocurre en cada rincón de nuestro universo profesional. Aunque esta última afirmación parezca insensata en estos tiempos de "evaluaciones", "estudios de usuarios" y "gestión bibliotecológica", aún hay bibliotecas que pretenden implantar a su realidad un modelo determinado, sin darse cuenta de que, como sistema vivo que debe ser, es la propia unidad la que debe adaptarse a los requerimientos, circunstancias y oportunidades de su medio.

La réplica de modelos preestablecidos puede ser útil en algunos casos, especialmente porque marca un camino seguro y libre de sobresaltos. Pero no nos engañemos: lo que es bueno para uno, o lo que funcionó en un lugar, no tiene por qué funcionar, obligatoriamente, en otro. Por lo general, los modelos ya existentes –y no adaptados previamente a las nuevas condiciones– suelen ser considerados como implantes extraños en las comunidades destinatarias: tales implantes casi siempre son rechazados y fracasan estrepitosamente. Por ende, es importante oír las necesidades y las voces necesitadas, conocer el contexto humano y espacial, buscar la solución más adecuada e implementarla con los recursos existentes, de la mano de las personas implicadas.

La biblioteca trabaja en, por, para y con la comunidad. Esta frase nunca debe ser olvidada. Son muchas las unidades de información que se emplazan en el corazón de poblaciones y que allí siguen, inútiles y vacías. En su orgullo, se han creído salvadoras, heroínas capaces de moldear a la gente a su gusto y de darles lo que el sistema dominante cree conveniente dar. Pocas veces los usuarios quieren eso. En realidad, es el proceso contrario: la biblioteca es la arcilla que el pueblo va a moldear a su entero placer hasta que tenga una forma adecuada. Y solo entonces, beberán de ese recipiente de arcilla todo el saber que guarde en su interior.

No será de otra forma. Jamás será de otra forma.

No dejemos que el tiempo pase en vano. Tomemos la iniciativa, oigamos a la comunidad, demos voz y participación a los usuarios, convirtamos la biblioteca en el espacio cultural e informativo que debe ser, respondiendo a las preguntas que se le hacen en vez de dar respuestas a lo que nunca se preguntó ni será preguntado. Sólo de esta forma, esos sistemas seguirán vivos, creciendo, reproduciéndose, regenerándose. Sólo de esa manera, nosotros aprenderemos cada día un poco más. Sólo a través de ese camino dejaremos de ver tantas bibliotecas muertas, aunque ellas pretendan convencernos de que están vivas.

Sólo así, el tiempo no se nos escapará como arena entre los dedos...

Ilustración.