Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 16, 2007

Sobre bibliotecas, pueblos originarios y declaraciones

Sobre bibliotecas, pueblos originarios y declaraciones

Por Edgardo Civallero

Después de 22 años de oposición por parte de un gran número de los países llamados "desarrollados", la ONU promulgó, el pasado miércoles 12 de septiembre, la Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas, un conjunto de 46 artículos que involucra a 360 millones de personas de todo el mundo, y que equivale a la "Declaración Universal de los Derechos Humanos" para los pueblos originarios. En ella se reconocen sus derechos básicos a cultura e identidad propias, pero también a su auto-determinación, a la gestión de sus tierras, a su propia organización socio-política y a la consulta gubernamental para hacer uso de sus recursos.

Quizás estas últimas garantías –las que facilitaban la auto-determinación de los pueblos originarios– fueron las que fomentaron tanta oposición a lo largo de estos años, y las que motivaron que, a pesar de que 143 países votaran a favor de la "Declaración..." dentro de las Naciones Unidas, 11 se abstuvieran y 4 –Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia– votaran en contra. Estos últimos países poseen una fuerte población indígena, y son famosos por el trato indigno que les proporciona, trato denunciado muchísimas veces ante organismos internacionales (basta leer algunos de los informes de la Comisión de Pueblos Indígenas de la ONU para encontrarse con casos inimaginables). Dado que esta Declaración tiene, para sus signatarios, un estatus mayor que las leyes nacionales, la firma implica el reconocimiento de algunos derechos que las naciones no signatarias no desean garantizar, continuando con sus políticas de (o)presión, discriminación y exclusión socio-cultural.

La entrada en vigor de este instrumento internacional no significa que sus artículos se cumplan en el territorio de todas las naciones firmantes. Será necesario que las organizaciones indígenas regionales sigan luchando y reclamando para que sus derechos sean contemplados y para que las leyes sean cumplidas. Será un camino similar al recorrido tras la firma del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, que reconoce muchos derechos indígenas pero que, hasta ahora, sigue siendo sólo un pedazo de papel.

Mi labor dentro de la bibliotecología –teórica y práctica– se ha enfocado, desde el principio de mi carrera, en las bibliotecas en comunidades indígenas, y en todos los aspectos de esta temática. A través de mi trabajo entré en contacto con una realidad que mostraba claramente las violaciones y abusos a los que me he referido en los párrafos anteriores. No son situaciones lejanas de nuestra realidad cotidiana: están ante nuestros ojos, por distantes que parezcan.

En nuestro ámbito profesional no están ausentes los olvidos, la exclusión y la discriminación hacia las sociedades indígenas. Hace unos días presentaba, en los foros profesionales latinoamericanos, una propuesta que está siendo evaluada por el Comité Revisor de la CDU (Clasificación Decimal Universal) para integrar en las tablas de lenguas y etnias (1c y 1f) a casi 400 grupos étnicos nativos de nuestro continente. Esos pueblos –nuestros pueblos, partes de nuestra historia y nuestra identidad– jamás habían sido incluidos en nuestros lenguajes documentales de clasificación. Existen además escasos tesauros que contemplen terminologías indígenas, o que reúnan y normalicen los nombres de cada pueblo.

Pero no sólo se trata de un olvido documental. Son escasísimos los programas de educación superior bibliotecológica de América Latina que contemplan formación específica en relación a servicios para pueblos nativos, o que incluyan idiomas aborígenes, en especial en regiones donde esas lenguas son habladas por un alto porcentaje de la población (un ejemplo a seguir, en este caso, sería Bolivia). Hay pocos libros y artículos sobre este tema, o manuales y guías de trabajo, o propuestas nacionales, o programas de investigación.

Sin embargo, y a pesar de estas carencias –fácilmente subsanables, por cierto– es curioso notar, cuando uno trabaja dentro de este campo, el alto número de voces que hablan sobre el tema. En ciertos casos puntuales, me recuerdan a esos "expertos" que, como definiera el especialista en management Henry Mintzberg, "saben cada vez más sobre cada vez menos, hasta que terminan por saber todo sobre nada" [1]. Quizás gracias a la existencia de estos personajes –y a que les damos credibilidad y apoyo– estamos donde estamos y tenemos lo que tenemos. Le estamos dando "aparente consistencia al viento", como dijera George Orwell. Y mientras seguimos oyendo palabras vacías, grandes discursos, cursos y seminarios sobre esta temática dictados por individuos que no tienen la menor idea de lo que hablan ni la menor experiencia al respecto, a nuestro alrededor los problemas continúan a todos los niveles.

Fue mientras elaboraba la propuesta de lenguas y etnias indígenas para enviar a la CDU –a cuyo Comité Revisor pertenezco desde 2005– que me encontré con realidades que me impactaron: docenas de lenguas y pueblos desaparecidos en la última década (no, no hablo del siglo XVIII ni de ninguna conquista europea, hablo de nuestra actualidad más reciente); historias y memorias que ya no sonarán más; pueblos masacrados o echados de sus propias tierras porque habitan sobre petróleo, minerales o bosque valioso; derechos humanos totalmente violados; bibliotecas que no se ocupan de sus usuarios y que colaboran activa o pasivamente en su aculturación... Uno de los casos que más me llamó la atención fue el de una etnia de la selva peruana, para quién fue diseñado un programa de educación intercultural bilingüe... en una lengua y una cultura que no eran las suyas.

[En mis conferencias suelo hablar, muchas veces, de la cantidad considerable de dinero y recursos que se gastan en proyectos que fracasan porque no se evalúa previamente a los usuarios y sus necesidades. El hecho que les acabo de mencionar puede servir de ejemplo magistral].

El camino continúa, la vida sigue y se abre camino día a día, con nosotros o sin nosotros. Está en nuestras manos tomar parte y partido de esa vida que se mueve ante nuestros ojos, dejar de prestar el oído a sirenas melifluas y trabajar por aquello que creamos valioso. Para muchos de nosotros pueden ser pueblos indígenas o comunidades rurales; para otros, niños, mujeres y ancianos; para otros, estudiantes y docentes; para otros muchos, individuos discapacitados. Más allá de las "Declaraciones..." –que, quizás, sirvan para poco, aunque es un buen paso– en nosotros puede estar el cambio, y la posibilidad de que nuestro trabajo valga la pena.

[1] The Rise and Fall of Strategic Planning: Reconceiving Roles for Planning, Plans, Planners. Free Press, New York, 1994.

Ilustración.