Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 11, 2007

La aventura de publicar un libro

La aventura de publicar un libro

Por Edgardo Civallero

Nos sentamos delante del papel o del teclado de la computadora –o de la máquina de escribir, pues hay muchos que conservan tan saludable costumbre– y comenzamos a escribir todas las palabras que hemos ido construyendo a lo largo de meses (o años) de experiencias, investigaciones, búsquedas, descubrimientos y fracasos. Todas esas palabras que hemos buscado, masticado, digerido y madurado dentro nuestro para luego poder contarlas a otros.

Ya de por sí, cualquier proceso de investigación es duro y azaroso, incluso para el profesional más avezado y templado en ese trabajo. A veces conduce a caminar en círculos, a perderse en las propias dudas o en las ajenas, a no hallar lo esperado, a desilusionarse, a pasarse días y semanas leyendo y anotando, y a robarle horas al trabajo, el sueño y la familia. Sentarse a escribir para poder comunicar los resultados del trabajo propio –el paso final de toda investigación– significa, para el investigador / escritor, poder plasmar, finalmente, todo lo aprendido y todo lo encontrado.

Claro que no siempre son investigadores los que escriben: novelistas, ensayistas, poetas, maestros, cualquier persona con algo que contar termina sentándose frente a una hoja de papel y dando rienda suelta a sus dotes de escritor. Para ellos también fue necesario –diría "vital"– el proceso de búsqueda (de las palabras) y de maduración (de las ideas o de los sentimientos), con todos los problemas y riesgos asociados.

Comenzamos a escribir, pues. Y nadie –ni siquiera nosotros mismos– sabe cuánto tiempo nos demandará esa labor. Pues plasmar en palabras lo que dicta el pensamiento es el mayor desafío del ser humano, un proceso en el cual despojamos lo que pensamos de todo lo accesorio y lo transformamos en palabra, y es más, en palabra escrita, en ortografía y gramática. Creo que fue Sócrates el que dijo que al transformar el pensamiento en palabra, se perdía casi todo, y al pasar el habla a papel, se perdía mucho más. Sólo los grandes en el arte de la escritura saben contrarrestar (magistralmente, por cierto) los efectos de lo que parece ser una ley universal.

Pero asumamos que el proceso de escribir –con tantas emociones, esfuerzos, sacrificios, cansancios y sinsabores implicados– ya ha terminado. Tenemos nuestro manuscrito entre las manos, la producción que nos ha costado tanto trabajo. ¡Enhorabuena! En ese preciso momento se presenta la gran pregunta:

"¿Y ahora, qué hago con esto?"

Para ser leídos –objetivo perseguido por la gran mayoría de los que escribimos– es necesario multiplicar nuestro manuscrito por decenas, cientos o miles, y hacerlo llegar a las manos lectoras. Conscientes de que eso representa un buen negocio, nacieron las editoriales.

No, no pretendo aquí criticar a las casas editoras. Negocios son negocios, y éste es uno de los tantos que habitan en nuestro mundo (menos condenable que otros como el de la salud, la educación o el derecho). Lo que pretendo es describirles sucintamente la aventura de publicar un libro a través de una editorial.

Primer paso: localizar editoriales. Las hay internacionales, nacionales, regionales y locales, las hay grandes y pequeñas, famosas o desconocidas. El abanico es amplio: por ende, es menester buscar un primer criterio de selección entre tan amplia variedad de posibilidades.

Digamos que buscamos una editorial que publique textos bibliotecológicos (lo siento, es deformación profesional). El espectro inacabable que veníamos manejando se reduce drásticamente. Ya no son tantas, y quizás no sean tan famosas. Pero se dedican –más o menos específicamente– a editar colecciones y libros sobre bibliotecología, documentación y ciencias de la información.

Buscadas y encontradas, revisamos sus propuestas, sus colecciones, los títulos que han publicado y que ofrecen en sus catálogos (usualmente en línea). Y aquí aparece un segundo criterio de selección: ¿alguna de ellas publica textos sobre la temática que nosotros hemos elegido?

Si ninguna lo hace, ¡bienvenido al club de los que archivamos manuscritos en un cajón! Si, por el contrario, alguna se ocupa de nuestra temática, propondremos el texto para su publicación, comentando a los editores nuestro trabajo y hablando un poco de quiénes somos. Este último punto es importante: tanto en ciencias como en letras, muchas veces vende más un nombre que un contenido. Recordemos que esto es un negocio y los "don–nadie", por buena que sea su producción, no venden.

La respuesta de la editorial a nuestra propuesta inicial puede variar. Pueden pedir el manuscrito original para echarle un vistazo, pueden rechazar la oferta, o bien pueden decirnos que ellos no publican esa temática (a pesar de que aparece claramente en su catálogo), lo cual, lejos de ser una contradicción, es una forma de decir "usted no me interesa" en forma muy diplomática.

Si aceptan el original para revisarlo –fortuna de las fortunas– lo hacemos llegar a sus manos, sin dejar de recordar (en el caso de los desconfiados como yo) algunos casos de editoriales que publicaron textos interesantes bajo otros nombres y se olvidan del autor original, que, por cierto, no tenía registrados sus derechos en ningún sitio.

A veces, además de aceptar nuestra obra para su consideración, consultan cuál sería, a nuestro entender, el mercado que compraría nuestro libro, o bien, en forma abierta, nos preguntan las razones por las cuales ellos deberían publicarnos. Es decir, no solo hay que darles el libro, sino también explicarles cómo, dónde, cuando, a quién y por qué deberían editarlo. Trabajo completo.

En fin. Semanas o meses después (todo puede variar) se recibe la evaluación final de la editorial. Si rechazan nuestro texto, se intentará con otra, y si ya no quedaban opciones... ¡bienvenido nuevamente al club de los que archivamos manuscritos en un cajón!

Pero si lo aceptan, nos harán llegar un contrato.

Los términos de ese documento pueden variar mucho, dependiendo de la editorial, y recordemos, una vez más, que todo esto es un negocio. Generalmente, la editora se queda con los derechos del autor, que debe cederlos por un plazo determinado. Si el autor quiere hacer algo con su propio texto después de firmado ese contrato, debe pedir permiso a la editorial (que puede darlo o no). Además, la editora establece el número de impresiones que realizará (por lo general, en el caso de textos bibliotecológicas, tiradas limitadas, de 200 a 400 ejemplares) y la calidad de esos libros (generalmente la más económica, es decir, la que menos le cueste a la editora en términos de papel, tinta y encuadernación).

Y por último, se definen las regalías, es decir, cuánto dinero llegará a las manos del autor. Por lo general, el porcentaje varía alrededor del 10 % (hablo por experiencia propia, pero este porcentaje puede variar) sobre el precio de venta.

Poniendo un ejemplo práctico: después de dos o tres años de investigar y escribir un libro, lo pongo en manos de alguna editorial que quiera publicarlo, obteniendo una tirada de unos 200 libros "sencillitos" que se venderán a, digamos, 10 dólares. A mis manos llegarán 200 dólares, con suerte; a las de ellos, 1800.

Reconozcamos que los investigadores y los escritores noveles –que son los que realizan tan bajas tiradas– no buscamos lucrar con lo que escribimos. Buscamos ser leídos. Después de meses y meses paseando entre editoriales, sufriendo improperios, mentiras, silencios, engaños y demás, uno se termina preguntando si vale realmente la pena tanto esfuerzo sólo para ver su libro en papel, cuando en realidad hay otras opciones para ser visto y leído.

Una de ellas se llama POD, Print on Demand (impresión bajo demanda). Se trata de empresas que realizan impresiones muy pequeñas a precios accesibles, de acuerdo a los intereses del autor. Los libros no son de gran calidad, por cierto, pero... muchas veces, tampoco lo son los de las grandes editoriales. El autor (o a veces la misma editora) se encarga de solicitar el ISBN (un trámite sencillo) y de realizar el depósito legal (otro trámite sencillo) e incluso, si es menester, de reclamar los derechos de autor. Se pueden imprimir desde 30 a más ejemplares, de acuerdo a las intenciones del autor... y presentar el libro personalmente en bibliotecas, librerías, congresos o conferencias.

La otra es el libro electrónico o ebook, en cuya producción ya hay varias empresas involucradas. Para muchos, es un libro que no existe. Sin embargo, es una de las formas más versátiles de difundir conocimiento. El autor no paga por la impresión, sino por el diseño. Pide su ISBN, pide sus derechos, realiza el depósito legal, y luego puede hacer con su libro lo que quiera (dado que jamás cede su copyright a nadie): difundirlo por Internet, colgarlo de archivos de acceso abierto, ponerlo en portales, enviarlo donde quiera, colocarlo en bibliotecas virtuales, venderlo o, incluso, imprimirlo bajo POD. Y aquellos lectores que quieran tenerlo en papel pueden descargarlo, imprimirlo y usarlo (siempre respetando las condiciones establecidas por el autor sobre sus derechos).

Y si lo comercializa, todos los beneficios serán para él (aunque, debemos reconocerlo, comercializar el propio trabajo es tarea ardua).

¿Desaparecerán las editoriales? No, ni mucho menos. Todos disfrutamos y nos beneficiamos (intelectualmente) de su trabajo. Pero probablemente comenzarán a abrirse otras puertas y otros espacios para aquellos autores cuyo material no sea "vendible" o "redituable", o no genere beneficios. Y es necesario que eso ocurra. Porque de no ser así, seguiremos leyendo sólo aquello que sea comercializable. Nada más. Y eso puede ser muy preocupante.

Saludos cordiales desde detrás de un teclado, en donde, todavía, no me he cansado de escribir. Allí fuera, tras la ventana y el humo de mi pipa, el mundo florece en primavera...

Ilustración.