Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 28, 2007

La revo kiu neniam povis realig’i

La revo kiu neniam povis realig'i

(El sueño que nunca pudo realizarse)

Por Edgardo Civallero

Esperanto.

Su traducción literal es "la esperanzada".

Así fue bautizada una lengua artificial que nació destinada a convertirse en un código universal, que permitiera a los seres humanos comunicarse más allá de las fronteras políticas, los idiomas propios, las razas y las religiones.

Pero ese destino –y el sueño que le dio cimientos– jamás se convirtió en realidad.

Aprendí esperanto allá lejos, durante mi adolescencia. Había sido una de las propuestas que habían manejado los anarquistas españoles e italianos a lo largo de sus idas y venidas, y quizás por eso me atrajo. O quizás porque desde siempre me apasionaron los idiomas. Recuerdo que me conseguí un pequeño diccionario de la editorial Sopena –que aún conservo, ajado pero orgulloso, en mi biblioteca– y en una mañana me aprendí la gramática. No, no se trató de la hazaña de una mente prodigiosa: ocurre que el esperanto fue diseñado –como buena lengua artificial– sobre un esquema extremadamente simple, que se reduce a 16 postulados básicos. Una vez conocidas esas normas gramaticales, lo único que es preciso es comenzar a aprender vocabulario. Esa es la parte complicada de la lengua, pero no más que la de cualquier otra.

La sencillez del esperanto puede ejemplificarse anotando alguno de los postulados gramaticales. Por ejemplo, todos los sustantivos terminan en "o", los adjetivos en "a", los verbos en "i" y los adverbios en "e". Esto, que parece sencillo, dota al idioma de una riqueza asombrosa. Pues conociendo una raíz, digamos "hom–", podemos crear "homo" (hombre), "homa" (humano), "home" (humanamente) e incluso el verbo "homi", que no tiene traducción directa al español, pero que expresaría la idea de "ser humano". Gracias a esta característica pueden crearse términos que no existen en ninguna lengua indoeuropea, y expresarse conceptos que, de otra forma, y en nuestros idiomas, implicarían muchas palabras y construcciones engorrosas.

El vocabulario, por otra parte, es conciso: los mejores diccionarios no traen más de 10.000 raíces. Sobre cada raíz se pueden construir las alternativas que señalé anteriormente para "hom-". Pero además, el creador del esperanto agrego unos 40 prefijos y sufijos –cuyo número está siempre aumentando, aunque algunos no son oficialmente reconocidos– que permite componer palabras derivadas. Así, de la raíz "bibliotek-" puedo crear "biblioteko" (biblioteca), "bibliotekisto" (bibliotecario), "bibliotekistestro" (jefe de bibliotecarios) y "bibliotekistestrino" (jefa de bibliotecarios). Y de éste último término puedo generar, a su vez, un adverbio (bibliotekistestrine, "al modo de la jefa de bibliotecarios") o incluso un verbo y un adjetivo, que no tendrían mucho sentido en nuestro idioma. De cada raíz, en definitiva, puede extraerse un mínimo de 20 o 30 palabras...

La pronunciación es bastante sencilla: cuenta con sonidos que no existen en español, pero que sí existen en idiomas vecinos (francés, por ejemplo) así que no es un problema insalvable. La buena noticia es que cada letra tiene solo un sonido, fijo e inmutable, característica que se encuentra en muy pocas lenguas naturales.

Una vez que aprendí la lengua, leí bastante en esperanto, sobre todo porque tuve la buena suerte de estudiarla cuando se dio una especie de "revival" esperantista. Tuve acceso a textos y libros, y mucho, mucho más tarde, la red de redes me permitió encontrarme con muchos más. Y hallé palabras muy hermosas, que expresaban ideas imposibles de decir en español si no era con una oración compleja. Es un lenguaje intenso, expresivo, precioso, y emplearlo es una especie de arte, en el cual cuenta mucho nuestra imaginación, nuestras ganas de comunicarnos...

El creador del esperanto fue el Dr. Ludwik Lejzer Zamenhof (1859-1917), un oftalmólogo y filólogo nacido en actual territorio polaco bajo el dominio de Rusia, de origen judío azkhenazí. Finalizó el desarrollo del idioma en 1878, pero pudo publicar su trabajo recién en 1887, en Varsovia, bajo el título de "Lengua internacional" y firmando con el seudónimo "Doktoro Esperanto" (Doctor esperanzado), del cual la lengua tomó finalmente el nombre.

Zamenhof generó el esperanto combinando raíces y gramáticas de las lenguas latinas (español, francés, italiano...), sajonas (alemán, inglés, idiomas escandinavos...) y eslavas (polaco, ruso...). Utilizó además términos griegos y latinos. El esperanto es, pues, un mosaico. Y es una lengua que, en sus raíces, es tremendamente detallada, evitando, siempre que puede, los homónimos: así, sueño (dormido) se dice "song'o", pero sueño (despierto) se dice "revo". Y así para los distintos verbos, para los animales, los tonos de los colores, las flores...

La intención de Zamenhof era crear un idioma universal (una intención que también tuvieron el volapuk y otras tantas lenguas artificiales, más tarde) que permitiera la libre comunicación y el entendimiento de la humanidad. Su propia vida y los tiempos oscuros en los que ésta transcurrió fueron marco y razón de su creación. Tal fue la expansión de su proyecto –y de su sueño original– que la ONU, en 1954, y respondiendo a la solicitud de 19 millones de firmas, recomendó a sus estados miembros la enseñanza y el uso de la lengua. La biblioteca de la "Brita Esperantsta Asocio" (Asociación Esperantista Británica) tenía, en los años 60, unos 30.000 volúmenes, y muchísimas obras literarias, ensayos y revistas se tradujeron al esperanto, así como libros de ciencias y técnicas, política y filosofía. Se crearon numerosos clubes y asociaciones regionales y nacionales, y se celebraron conferencias (más de 700) en dónde los esperantistas se reunieron a intercambiar cultura y experiencias. Además, fueron millones las cartas que cruzaron los mares marcadas con una estrella verde (el símbolo del esperanto) y que permitieron la comunicación –en esta extraña, bella lengua– de las personas más alejadas.

Aprender esperanto no era sólo aprender un idioma. Era adherir a un sueño, a una filosofía, a una esperanza. De ahí su nombre. Los hablantes de la lengua éramos, todos nosotros, "esperanzados". Creyentes en la posibilidad de un mundo de iguales, en donde, como primer paso, tuviéramos un código en el que comunicarnos sin que una lengua primara sobre otra.

El sueño tenía, sin embargo, un "pero". Zamenhof no había creado exactamente una lengua universal: había creado una lengua pan-europea, por así decirlo, una lengua que podía sonar fácil y familiar a ojos de un europeo. Pero para un hablante de árabe, de chino o de quechua, aprender esperanto era tanto o más difícil que aprender inglés, y el inglés era más útil, más difundido, más "importante".

Con el paso de las décadas el esperanto cayó en el olvido. Como caen todos los sueños marchitos.

Aún hoy se sigue hablando y publicando en esperanto, por cierto: las asociaciones nacionales e internacionales no han desaparecido. Pero no es ni mucho ni suficiente. Pocas bibliotecas poseen libros en esperanto, y son menos los bibliotecarios esperantistas o que conozcan algo del idioma, su historia y su filosofía. Y son escasas las bibliotecas especializadas en la lengua: el puñado que conozco están en Europa.

Aún hay algunos que siguen escribiendo cartas (o mails) marcándolas con la consabida estrella verde, que era (y es, calculo) un sinónimo de paz, solidaridad, acercamiento... y esperanza: la esperanza que tuvieron Zamenhof (al crearlo) y sus seguidores (al usarlo) de crear un mundo nuevo, basado en la tolerancia y el mutuo entendimiento.

El quiso crear un instrumento que permitiera el nacimiento de ese mundo anhelado. Pero el mundo real decidió tomar otros caminos.

Hoy, si queremos que un extranjero nos entienda, terminamos hablando una lengua que nada tiene que ver con nosotros. Terminamos buscando en una red cuyo 80 % está en inglés. Terminamos bastardeando nuestro propio idioma con préstamos que no tienen ninguna relación con nuestra cultura. Cuando veo y vivo esto, pienso a veces que quizás el sueño no debería de haber muerto.

Y pienso que una biblioteca en una lengua común a todos –además de en la nuestra propia–, rica y fácil de aprender, nos hubiera permitido conocernos mucho mejor, aprender mucho más y mucho más rápidamente los uno de los otros. Piensen, sino, en todos los libros que no podemos leer porque están en docenas de lenguas dominantes que no podemos soñar en aprender; piensen en todos los posibles colegas y amigos con los que no podemos hablar por la misma causa; piensen en toda la información valiosa que queda fuera de nuestra mano por el mismo motivo...

Quién les escribe repasa, de vez en cuando, el par de libros de esperanto que aún conserva. Y confía en que alguna vez el sueño vuelva a crecer y madurar. Quizás de otra manera, quizás con otras palabras y otras reglas. Pero con las mismas intenciones y esperanzas detrás.

De la plene floranta urbo de Kordobo, mi sendas vi miajn pli bonajn deziraj'ojn, kun tiuj vortoj kiu mi ankorau' rememoras, malgrau' la forgesaj'o kiu falis sur ili.

(Desde una ciudad de Córdoba poblada de flores, les hago llegar mis mejores deseos a través de estas palabras que aun recuerdo, a pesar del olvido que ha caído sobre ellas).

Ilustración.