Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

octubre 21, 2007

Perdón por mi amor hacia la literatura...

Perdón por mi amor hacia la literatura

Por Sara Plaza

En realidad no me avergüenzo de mi pasión lectora, pero sí siento un cierto remordimiento cuando las páginas de una novela me atrapan y ya no me puedo soltar de su abrazo. Paso días y noches embarcada en una nave ajena, polizón en la panza del navío que un autor echó a la mar y que ahora me lleva en sus entrañas hacia aguas cada vez más profundas... Amo los libros, las historias, la vida que se escurre entre los párrafos de una novela cuando sus personajes la destejen ante mis ojos.

Tengo entre mis manos la última de Almudena Grandes [1], "El corazón Helado", la cual me hace pensar una y otra vez en una frase que hallé cuando recorría la página 409 o la 410 "(...) el asombro que se consolida se convierte en una corteza mucho más asombrosa, y los únicos milagros que valen la pena son los capaces de repetirse." Tantas veces me he asombrado con un libro en las manos, tantas veces me ha parecido un milagro la literatura, que estoy segura de haber acariciado en más de una ocasión esa corteza de la que habla Grandes, de haberla incluso tallado con una sonrisa, con un puñado de lágrimas, con mis silencios, con algún comentario. La he sentido bajo mis pies y entre mis manos, no una ni dos, sino muchas veces y vale tanto la pena...

Un poquito más adelante, la autora me trajo a la memoria un maravilloso cuadro de Degas, cuyo póster, conseguido en la Tate Gallery de Londres cuando todavía era estudiante de secundaria, tuve mucho tiempo colgado en una pared de mi habitación con cuatro chinchetas. Se titulaba "After the bath" (Después del baño) y mostraba a una mujer junto a una bañera, envuelta en una toalla, mostrando su espalda y su nuca desnudas mientras se secaba el cabello. Mientras iba leyendo me preguntaba si Almudena Grandes habría tenido también un póster de ese cuadro en su casa pues sus líneas me devolvieron a mis dieciséis años con una facilidad increíble y vi exactamente eso "(...) una muchacha se lavaba la cabeza, y una cáscara dura, seca, consciente de su propia torpeza, caía al suelo sin hacer ruido, inservible ante el poder de unos brazos desnudos, armados con su sola desnudez". Y otra vez me enamoré del todo, por todo, con todo y sin remedio de su escritura.

Me pasa cada vez que agarro uno de sus libros, pero en esta ocasión la lectura de "El corazón helado" me está seduciendo de un modo muy especial y muy distinto también. Duelen sus páginas, duelen mucho. Se habla en ellas no sólo de una guerra, la Guerra Civil que tuvo lugar en España entre los años 1936 y 1939 (aunque, como todas las guerras, se gestó antes y duró hasta mucho después) sino que se cuentan un montón de historias que conforman "sólo una historia española, de esas que lo echan todo a perder". Y una va entendiendo como lo entienden sus protagonistas que después de esa guerra, el que regresaba a España "no había vuelto a un país pacificado, sino prisionero, un país ocupado donde ya no había vencedores, sino amos".

Y también comprende mucho mejor el chiste que publicaba hace unos días Máximo en el diario EL PAÍS, donde enunciaba en un pedazo de papel un bando de la Dirección Gral. de Historiografía abreviada donde se podían leer los puntos siguientes:

1. La guerra ha terminado.
2. La posguerra, casi (aunque)
3. La transición, bien, gracias.
4. La memoria, Dios dirá.

Daría risa sino produjese tanta lástima. Una pena muy honda y muy amarga que se extiende no sólo en España sino a lo ancho y lo largo de nuestro mundo, que despedaza continentes enteros porque "hay momentos extraños en la vida, momentos en los que se olvida todo, lo que se ha sabido siempre, lo que nunca debería haberse olvidado" según las palabras de otra de las protagonistas de la novela.

Y cuando antes decía que la novela dolía y mucho, quizás a mí me duela también porque esas más de 900 páginas son otra más de las muchas que componen la historia del país que me vio nacer y crecer, en el que nacieron y crecieron mis abuelos, mis padres. En el que lucharon los primeros y del que fueron herederos los segundos, del que los nietos, si no lo remediamos, seremos simples y desmemoriados descendientes [2]. Porque ¿a dónde pensamos llegar si no sabemos de dónde partimos? ¿De dónde partieron los que nos precedieron y hasta dónde llegaron ellos?

En otra frase maravillosa del libro que vengo comentando, otro de los personajes se refiere a su abuela, maestra socialista durante la II República, como "la que se atrevió a escribir que a lo mejor se estaba equivocando, pero que estaba haciendo lo que creía que tenía que hacer, y que lo hacía por amor". Supongo que era una buena razón para defender un país, para luchar por sus mujeres, por la educación que defendía la Institución Libre de Enseñanza, y por los hijos de todas ellas y los alumnos de una escuela que fue fusilada, y que ha dado título al documental que el profesor de secundaria Iñaki Pinedo y el periodista Daniel Álvarez han codirigido recientemente. El documental se acaba de proyectar en Madrid, ha sido presentado en distintas ciudades españolas y ha recibido sendos premios en los festivales de Aguilar de Campoo y Cantabria. Además va a cruzar el charco para competir en el Festival de Cine de Bogotá.

Una excelente noticia, sin duda, que me hace volver nuevamente a la última cita que incluye Almudena Grandes en "El corazón helado":

... para los estrategas, para los políticos, para los historiadores, todo está claro: hemos perdido la guerra. Pero humanamente, no estoy tan seguro... Quizás la hemos ganado.

Antonio Machado [3]
(Diciembre de 1938)


Y para terminar un punto de discrepancia con la autora. Aunque a veces podamos sentirnos "un súbdito satisfecho de la lenta y exigente tiranía de la lentitud que gobierna el tiempo de las bibliotecas", creo que la literatura que podamos encontrar en ellas siempre nos hará un poco más libres, y nos convertirá en los verdaderos protagonistas de sus estantes.

[1] Madrid, 1960. Autora de las novelas Las edades de Lulú (ganadora del XI Premio La Sonrisa Vertical), Te llamaré Viernes, Malena es un nombre de tango, Atlas de geografía humana, Los aires difíciles y Castillos de cartón. Tiene en su haber un fantástico recopilatorio de artículos, Mercado de Barceló, y los volúmenes de cuentos Modelos de mujer y Estaciones de paso.
[2] Almudena Grandes cita al inicio de su novela las siguientes palabras de Ortega y Gasset: "Lo que diferencia al hombre del animal es que el hombre es un heredero y no un mero descendiente"
[3] Escritor al que la autora agradece en las notas finales por todo y por el título.

Ilustración.