Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

noviembre 18, 2007

Tirar la toalla

Tirar la toalla

Por Sara Plaza

Encontré hace unos días una brillante respuesta que el escritor cubano, Leonardo Padura, daba en una entrevista concedida al periodista Mauricio Vicent para el diario El País: "Si uno tira la toalla sólo se la puede tirar sobre la cabeza, y ésa no es una opción". Me gustó tanto que estuve dándole vueltas durante un buen rato, pues yo siempre había pensado que si alguna vez decidía tirar la toalla, lo haría sobre la cabeza de otro no sobre la mía propia. Por eso le dediqué tiempo a la respuesta de Padura y empecé a pensar que tal vez el autor cubano estaba en lo cierto y que, efectivamente, cuando uno tira la toalla lo único que hace es taparse la cara con ella. Y por supuesto que ésa no es una opción. ¿Cómo va a ser una opción esconderse? Porque, ¿qué otra cosa estaríamos haciendo al cubrirnos la cabeza con la toalla sino dejando de ver? ¿Qué otra cosa pretenderíamos sino que los demás no nos viesen?

El problema, siempre hay alguno, es que uno es el peor juez de sí mismo y a nosotros no podemos engañarnos (ni siquiera estoy segura de que podemos engañar a los demás, aunque algunos intentos hayan tenido resultados más que satisfactorios a lo largo de la historia). No sé si ustedes cuando eran niños escucharon a sus padres o a sus abuelos decirles aquello de "la mentira tiene las patas muy cortas" o "se agarra antes a un mentiroso que a un cojo". Yo se las oí decir a mis padres muchas veces y poco a poco fui comprobando cuán ciertas eran. Sin embargo, dado que en la vida nada es lo que parece y que casi todo se parece a algo, también aprendí que las mentiras tienen sutiles maneras de estirar sus patas, y que los mentirosos pueden moverse muy deprisa en esta realidad que tantas veces nos invita a tirar la toalla.

Pero no, la mentira tampoco es una opción, como no lo es el engaño, como nunca lo fue el olvido ni lo será el silencio. No son opciones porque siguiendo sus huellas no hallaremos nada más que nuestra propia derrota. Y perder no le gusta a nadie, sobre todo cuando está en juego nuestra vida. No digo que seguir esos caminos esté mal ni bien, sólo estoy afirmando que no llevan a ninguna parte. Supongo que todas las personas elegimos recorrer alguna de esas sendas en un determinado momento de nuestra vida. Los seres humanos no nos conformamos con aprender de las experiencias de otros, queremos andar el camino nosotros mismos, tropezarnos las veces que haga falta y levantarnos otras tantas. Por eso, cuando nos damos cuenta de que no vamos hacia ningún lado, de que estamos estancados (algo que no es sencillo ni ocurre rápidamente), buscamos el modo de encontrar una salida.

Podemos taparnos la cara y fingir que no la hay, pero ya estaríamos hallando una: darnos por vencidos. O bien podemos refrescárnosla con agua bien fría, parpadear varias veces y mirar un poco más allá. Ésa sí me parece una opción y sin duda la mejor salida: seguir adelante. ¿Las razones? ¿Los motivos? Quizás no seamos capaces de encontrarlos, pero conviene pensar que los hay, que están ahí, que merecen la pena. Sobre todo, es saludable buscarlos en las cosas más sencillas, en lo que amamos, lo que nos importa, lo que nos gusta, lo que sabemos hacer, lo que podemos aprender y, en caso de duda, recordar lo que ni amamos, ni nos importa, ni nos gusta, ni sabemos ni queremos aprender. Fácil no es, dificilísimo tampoco. El amor no lo puede todo, pero no nos equivoquemos, tampoco el dinero.

Me quedo con el compromiso, con las ganas, con el empeño y apuesto por la alegría. Buenas herramientas todas para intentarlo de nuevo, para no tirar la toalla. Y me dirijo a todas aquellas personas que trabajamos para que la realidad sea otra, para cambiar lo que no está bien, para equilibrar un poco la balanza, para acortar otro poco las distancias, para que las brechas no se hagan cada día más grandes, para que todos encontremos nuestro lugar en el mundo, para que podamos decir nuestras palabras y escuchar las de otro. Escribo estas líneas a modo de empujoncito, para que cada cual siga haciendo lo que mejor sabe hacer en esa dirección. Para que cuando nos cansemos (porque ir contra la corriente no significa estar equivocados, pero es cierto que cuesta mucho y es cansado) nos sentemos un rato, recuperemos el aliento y continuemos trabajando por lo que creemos, por lo que defendemos, junto a quienes creen y defienden algo parecido aunque no piensen igual, aunque muchas veces no estemos de acuerdo. No hay una sola forma de hacer las cosas, ni está claro que una sea siempre mejor que otra: permitámonos no tener razón a veces, y escuchemos la de los demás; démonos permiso para equivocarnos y veamos cómo otros acertaron...

Es un gran triunfo haberlo intentado, pero todavía sabe mejor seguir haciéndolo. Y por supuesto, de vez en cuando, hay que lograr lo que nos habíamos propuesto. Por eso, si nos parece que tirar la toalla no es una opción, lo mejor que podemos hacer es usarla para secarnos la cara después de habérnosla refrescado, y seguir adelante con ella bien alta, digamos que a la misma altura que deberíamos de llevar siempre el corazón...

"Hay que tener el corazón en lo alto para que no se hunda, para que no se nos vaya. Y para no ir uno mismo haciéndose pedazos".
María Zambrano


Ilustración.