Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

noviembre 04, 2007

Usos y abusos en nombre de la lengua

Usos y abusos en nombre de la lengua

Por Sara Plaza

"Ese modo está mal expresado", "así no se dice", "eso no es castellano"... son algunas de las formas como un número nada desdeñable de docentes sanciona (por que no me parece que ésa sea la manera de "corregir" nada) el modo en el que sus alumnos preguntan, responden, explican, cuentan, ejemplifican, comentan... Los escuché siendo niña, mientras asistía a la escuela de mi pueblo, los repetí siendo adolescente para censurar el habla de mis padres, los sufrí siendo joven cuando, en reuniones con amigos que habían crecido en la ciudad, se reían de mi habla "vulgar", "de campo"... Porque aunque la escuela y el instituto penalizaron las marcas lingüísticas que caracterizaban a mi comunidad, a mi familia y a mí misma, nunca he podido deshacerme de ellas por completo y, en situaciones informales, en conversaciones relajadas, en muchos momentos de la vida cotidiana, forman parte de mi manera de decir, de contar, de pensar, de interpretar... Por eso, porque son las que me sirvieron para comunicarme con mis padres, con mis abuelos, con mis amigos del colegio, en los comercios del pueblo.

Si me descuido, hasta se cuelan en mis escritos más formales, en mis explicaciones, en mis opiniones más elaboradas. Me paso la vida con el diccionario en la mano y siempre estoy dudando de la forma correcta de expresar tal o cual cosa... Ése es mi gran pesar: no el uso constante del diccionario, eso no, sino el hecho de que a través de la educación que recibí en el aula me enseñaran que había cosas que estaban bien y cosas que estaban mal. En las clases no hubo espacio, tiempo ni oportunidad para descubrir que todas las variedades lingüísticas de una lengua son válidas, valiosas y necesarias, y que su mayor o menor grado de acierto dependerá del momento, del lugar, de lo que estemos comunicando, a quién se lo estemos comunicando, en qué circunstancias... y un largo etcétera que sólo viene a confirmar que no hay una única, buena y verdadera manera de hablar nuestro idioma sino una maravillosa diversidad de modos de comunicarnos con ella, a través de ella.

A propósito de mis propias marcas lingüísticas, y de las numerosas sonrisas que han propiciado a lo largo de estos años, debo aclarar que el paso del tiempo ha limado la amargura de aquella mueca que descubrí en los labios de mis amigos citadinos y me ha mostrados otras mucho más lindas en los de Edgardo, que los curva cada vez que me sale un dicho de mi tierra, en los de muchas personas mayores que reconocen en mis giros, los de aquella Castilla que llamaron la Vieja... Y ha sido su alegría la que me ha permitido valorar mi identidad (no sólo la lingüística), la que me ha hecho volver la mirada con infinito cariño, y hasta con cierto orgullo, hacia el lugar donde nací y a mi infancia en un contexto rural...

Además, me he dado cuenta que las idas y venidas entre el pueblo y la ciudad, a lo largo de mi adolescencia y de mi juventud, me permiten hoy moverme y relacionarme en ambas realidades, y esa capacidad de diálogo con realidades distintas la he incrementado al haber podido vivir en diferentes países y dejar que mis ojos se adaptasen a sus amaneceres; que mis pasos hicieran crujir el pasto para, unas veces silenciar a un ejército de grillos, y otras despertar a un puñado de sapos más grandes que mi mano; que esas mismas manos me doliesen de aplaudir los sonidos de instrumentos que al principio no supe nombrar...

No es extraño que estando lejos –y no me refiero sólo a la distancia– aprendamos el valor de lo que hasta entonces habíamos tenido tan cerca, pues la vida se encarga de mostrárnoslo, pero creo que es una lástima que no nos lo enseñe mucho antes la escuela. Considero que es verdaderamente lamentable que dicha institución siga negándonos –en demasiadas ocasiones todavía– nuestra identidad, rechazando nuestra manera de hablar, penalizando nuestras variedades lingüísticas frente a la lengua estándar.

Sobre todo esto me puse a pensar hace unos días, mientras leía "Hacia una educación intercultural en el aula" [1] editado por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de Argentina, y volver varias veces sobre un texto de la profesora María Mercedes Sosa, que aparece en el capítulo 4 del mismo. Me gustaría finalizar con sus reflexiones pues he encontrado en sus líneas todo eso que me hubiera encantado aprender hace mucho, mucho tiempo...

... es verdad que la escuela es el lugar que debe impartir la enseñanza de la variedad estándar, ya que su conocimiento permitirá a los alumnos desenvolverse cómodamente en situaciones que requieran formalidad. Ahora bien, cumplir con este objetivo no significa desmerecer y desvalorizar el dialecto de nuestros niños; tratar de cumplir con este objetivo no significa "borrar" del chico marcas lingüísticas que caracterizan su lugar de origen: natal, de edad, de clase social, de su ámbito de pertenencia.

Rechazar su variedad, equivale a rechazar su identidad. La lengua materna, aquella que la criatura escuchó de sus padres, de sus abuelos, de sus hermanos mayores, de su comunidad es la que le sirvió como instrumento de comunicación y de afecto. A través de ella el niño aprendió a construir su mundo. La palabra "madre" lo ligó al mundo; la copla, los rezos, los cantos, los relatos, los chistes, los silencios, fueron constituyéndolo como individuo y enlazándolo con la comunidad.

Entonces, ¿qué hacer? Fundamentalmente respetar a nuestros niños y respetarnos a nosotros mismos, asumir que los docentes también pertenecemos a un ámbito social y cultural y, por ello, también tenemos nuestros giros. Nuestros modos, ¿los olvidamos cuando entramos a la escuela? Seguramente no, seguramente al conversar con nuestra familia, nuestros amigos en situaciones distendidas se nos disparan los jujeñismos [2] y nos sale: "el chango", "la chuti", "la Marga" en lugar de Marga, el "pará pué" en lugar de detente, el "chorco" en lugar de duro, las "chuncas" por las piernas.

Enseñar lengua no es enseñar a hablar, el niño ya sabe hacerlo cuando llega a la escuela. Enseñar lengua no es impartir reglas mecánicas y aplicables, enseñar lengua es contribuir al desarrollo del lenguaje, es contribuir a la creatividad, es poner a disposición del chico todas las posibilidades que ofrece el lenguaje para comunicarse en diversas situaciones comunicativas.

Enseñar lengua no debe ser sacar tarjeta roja permanentemente: si así lo hacemos nadie querrá jugar –en este caso expresarse– por temor a equivocarse.


[1] Lasala, M. y Sosa, M. M. "Hacia una educación intercultural en el aula". Buenos Aires: Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, 2006.
[2] Característica del habla de los jujeños, es decir, los naturales de la provincia de Jujuy, en la frontera entre Argentina y Bolivia. Su castellano incorpora marcas de las lenguas Quechua, Aymara y otras.

Ilustración.