Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

noviembre 11, 2007

Y una biblioteca… ¿para qué?

Y una biblioteca... ¿para qué?

Por Edgardo Civallero

Esto se preguntan muchas comunidades de aborígenes australianos que viven en las islas del Estrecho de Torres, un brazo de mar que separa la gran isla-continente de la (bastante desconocida y aislada) Papúa Nueva Guinea. Gran pregunta para la que los bibliotecarios solemos tener respuestas estandarizadas (adquiridas en libros y clases teóricas) y, a veces, poco convincentes... incluso para nosotros mismos.

Me he tropezado con el mismo interrogante durante mis trabajos de campo en el noreste argentino, también en comunidades indígenas, y en muchos de mis talleres en América Latina, y en mis conferencias aquí y allá. La pregunta se repite, y cada vez encuentro más motivos para pensarlo dos (o más) veces antes de responder.

Y, si debo ser honesto con ustedes y conmigo, tales respuestas me satisfacen más bien poco.

A lo largo de mis trabajos de investigación sobre servicios bibliotecarios en zonas rurales y en comunidades indígenas, e incluso a través de este mismo weblog o de espacios de discusión sobre otros tópicos bibliotecológicos y sociales, he ido ganándome la amistad de muchos colegas de todo el mundo que trabajan en los sitios más dispares. Entre ellos se cuentan desde docentes universitarios e investigadores freelance a directores de sistemas bibliotecarios estatales y colegas que trabajan en un mostrador de préstamo. Quizás por mi propia naturaleza, mantengo una relación más fluida con aquellos que trabajan en el campo, con escasos recursos y en situaciones que no provocarían precisamente ganas de sustituirlos en su puesto.

Un puñado de ellos trabaja en las islas que nombré al inicio de esta entrada, y son de origen aborigen. Melanesios, para ser más exactos. Son llamados "Torres Strait Islanders", es decir, "habitantes de las islas del estrecho de Torres", y han sufrido la secular persecución de las fuerzas colonizadoras (inglesas, en aquel extremo del planeta) y la presión de los sucesivos gobiernos australianos hasta tiempos recientes, en los cuáles las llamadas "leyes de reconciliación" comenzaron a intentar minimizar los daños causados y lograr armonía, paz, equilibrio e igualdad.

Desde esa perspectiva conciliatoria y multicultural, bibliotecas estatales como la del estado de Queensland (que ocupa la porción NE de Australia, y al cual pertenecen las islas del estrecho) han planteado políticas, estrategias y servicios –muy bien diseñados, por cierto– orientados a proporcionar acceso a la información a las comunidades aborígenes locales. La de Queensland, particularmente, ha creado una magnífica red de IKC, Indigenous Knowledge Centers (Centros de Conocimiento Indígena) que se han instalado en comunidades aborígenes para servir no sólo como biblioteca, sino como centro de reunión y casa cultural.

Con algunos de los bibliotecarios que operan los IKCs instalados en las [aisladas] islas del Estrecho de Torres es con quiénes comparto ideas y amistad (cuando la Internet lo permite, por supuesto).

El planteamiento básico de esta propuesta australiana es estupendo, y no dejo de aplaudir tal experiencia. Sin embargo, tras las buenas iniciativas y deseos, aparece una realidad más abrumadora: los usuarios potenciales se esfuerzan en seguir siendo eso: potenciales. No visitan la biblioteca. De acuerdo a evaluaciones iniciales, no encuentran en ella nada que sea útil (a pesar de las numerosas fotos oficiales que los muestran leyendo y disfrutando del agradable ambiente bibliotecario) y la siguen considerando "cosa de blancos". Usan de tanto en tanto la Internet, pero el acceso a ese medio de comunicación se vuelve difícil y costoso en esas regiones, demostrando que la brecha digital no sólo existe entre el norte y el sur. Y los responsables de esas unidades –que son recursos humanos reclutados y formados entre la propia comunidad– encuentran escaso apoyo. De hecho, uno de los proyectos más ambiciosos de la Biblioteca Estatal de Queensland para proveerles de educación continua se propuso enviar profesionales ya formados a esas comunidades por un plazo máximo de seis meses para ayudarles en su trabajo y su capacitación. Sólo una docena de voluntarios se ofreció, y ninguno superó las cuatro o seis semanas de trabajo.

Estos comentarios no pretenden ser una crítica a un sistema bibliotecario que me parece, junto al de Nueva Zelanda, el mejor del mundo en referencia a servicios para indígenas. Sólo buscan ser una reflexión que me permita entender porqué no puedo dar una respuesta satisfactoria a esa pregunta que tantas veces se ha venido repitiendo en mi camino en los últimos tiempos, especialmente cuando hablo de bibliotecas rurales, indígenas o poblaciones desaventajadas (de las cuáles hay abundantes ejemplos en nuestro continente).

"Y una biblioteca... ¿para qué?"

"Para leer, para encontrar información, para adquirir cultura, para aprender sobre sí mismos y sobre el mundo" respondo.

"La información que hay en esos estantes o en la Internet no tiene nada que ver con nosotros, ni está en nuestra lengua, ni nos ayuda en nada. Entonces, una biblioteca... ¿para qué?".

"Para apoyar la escolarización de los niños, para sustentar la propia cultura en forma bilingüe, para promover la interculturalidad" respondo.

"En la escuela y en la biblioteca, a nuestros hijos los aculturan y los presionan, lo mismo que a nosotros en la calle y en el trabajo. La multiculturalidad es un cuento: sólo es cultura dominante más una pizquita de cultura minoritaria para ser ‘políticamente correctos'. Y, de todas maneras, nosotros y nuestra cultura no estamos representados en los libros o en la Internet. Al menos, no estamos bien representados. Entonces, la biblioteca... ¿para qué?".

"Para promover planes de alfabetización, para aprender a leer y a escribir..." sigo intentando.

"¿Y quién nos va a enseñar a leer y a escribir? ¿El bibliotecario, que apenas puede con sus tareas? ¿Los voluntarios, que vienen y se van lo más rápido que pueden, como si nosotros apestáramos o contagiáramos pobreza? Y... de enseñarnos, ¿me van a enseñar la lengua del país o la mía? ¿O ambas? ¿O ninguna? Nada de eso nos ha mostrado la biblioteca. Entonces, me sigo preguntando: una biblioteca... ¿para qué?".

"¿Para divertirse?" intento tímidamente.

La respuesta a este último intento mío es una sonrisa. Una sonrisa triste, o quizás irónica. Nada más. Y nada menos.

Siempre termino destrozado por tantas razones que sé verdaderas, aunque también sepa que no siempre y en todas partes es así y que conozco muchos ejemplos de bibliotecas que, proveyendo servicios a poblaciones "complejas", sí funcionan. Lamentablemente, parece que, en conjunto, son minoría.

Mientras tanto, a mi casilla siguen llegando correos de amigos y conocidos que, quizás sin quererlo, terminan ayudándome a comprender que la razón de mi imposibilidad para responder la fatídica pregunta está en la desconexión entre la biblioteca teórica y oficial y los usuarios reales. En esos mails me hablan de bibliotecas virtuales programadas en poblaciones que no saben leer o no tienen electricidad; libros enviados a comunidades aborígenes escritos en castellano, por no-aborígenes para no-aborígenes; bibliotecarios que desconocen las características de los destinatarios de los servicios que prestan y que, con sus actitudes, perpetúan discriminación y exclusión; horas del cuento en las que se leen los clásicos de Perrault y se dejan de lado las toneladas de relatos tradicionales del propio pueblo...

Hay una desconexión aterradora entre las ideas y proyectos teóricos / oficiales y la realidad. Y esa realidad sigue rechazando de plano las propuestas que le suenan extrañas y que no responden a sus búsquedas. Y siguen formulando la pregunta que me persigue.

"Y una biblioteca... ¿para qué?"

Será necesario que encontremos pronto una respuesta convincente y realista a esa cuestión, aunque eso nos cueste renunciar a nuestras estructuras mentales y profesionales. Al menos, lo creo necesario si es que pretendemos tener éxito en nuestros esfuerzos y en nuestras propuestas.

Ilustración.