Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 02, 2007

La casa de las palabras

La casa de las palabras

Por Sara Plaza

A la casa de las palabras, soñó Helena Villagra, acudían los poetas. Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las olieran, que las tocaran, que las lamieran. Los poetas abrían los frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o fruncían la nariz. Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían perdido. En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En grandes fuentes se ofrecían colores y cada poeta se servía del color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vino...

De "El libro de los Abrazos" de Eduardo Galeano


A la casa de las palabras también acudían Edgardo y Sara. Pero habían trascurrido muchos años desde que los poetas cruzaron su umbral y los viejos frascos de cristal habían rodado por el suelo y las palabras estaban esparcidas en el piso. Había que caminar con mucho cuidado entre ellas, ponerse en cuclillas, sacarles el polvo que las cubría y acercárselas al oído para escuchar su sonido. Allí agachados descubrían los caminos que ellas anduvieron, las estelas que dejaron, las huellas que sembraron... Entre susurro y susurro también ellos eran capaces de abrir mucho los ojos, apretar los dientes, sonreírse o echarse a temblar. Podían encontrar relatos olvidados, leyendas contemporáneas, mitos de creación y presagios de muerte, crónicas urbanas, paisajes rurales, canciones de cuna, declaraciones de guerra, tratados de paz... Eran capaces de quedarse sin dormir noches enteras para escuchar todas sus historias y de amanecer soñándolas para poder escribirlas en las hojas todavía vacías de su bitácora.

La mesa de colores había desaparecido y los colores eligieron nuevos horizontes volando en la escoba polvorienta de alguna bruja traviesa, enredados en el bastón torcido de los sabios chamanes, escondidos bajo el sombrero puntiagudo de los gnomos, subidos al cuerno de aquel único unicornio azul perdido, entre las cuerdas de la guitarra de un viejo trovador, abrazados a las cañas de los sikus... Y allí los encontraron Sara y Edgardo: recorriendo las venas abiertas de un continente, cruzando los mares que le separaban de los otros cuatro, señalando con sus dedos esos miles y miles de cascabelitos blancos que siempre hacían reír a un príncipe chiquito y cubrían el firmamento de los cinco...

Y con esas palabras y con esos colores han ido dibujando estas páginas. Comenzó a esbozarlas Edgardo hace tres años y ha pasado más de uno desde que Sara hizo en ellas sus primeros trazos. Cada uno con su estilo, pues las palabras les cuentan cosas distintas a uno y otra y los colores tienen matices diferentes para los ojos azules y los castaños. Semana tras semana, primavera, verano, otoño, invierno y... otra vez primavera, han compartido lo que pensaban, en lo que creían, con qué soñaban, qué les entristecía. Y aquí están, siguen andando, siguen contando. Con la curiosidad de siempre, con más dudas que antes. Caminando de puntillas por la casa de las palabras, robándole colores al horizonte para dibujar su propia senda...

Ilustración.