Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 26, 2007

Animación a la lectura y bibliotecarios...

Animación a la lectura y bibliotecarios...

Por Edgardo Civallero

Desde hace un par de años soy docente del PROPALE, un Programa de Promoción y Animación a la Lectura y la Escritura que, como plan de extensión, se desarrolla desde la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. El PROPALE desarrolla un Plan de Formación a Distancia sobre lecto-escritura que, desde hace 4 años, se desarrolla en modalidad semi-presencial (virtual, con dos encuentros presenciales) a través de un aula expresamente armada para el efecto. Dentro de ese Plan, soy responsable del taller de bibliotecas, el cual, junto a los talleres de lectura, escritura y gestión de proyectos, conforman el núcleo principal de actividades.

Es curioso comprobar que muy pocos bibliotecarios se animan a cursar el Plan. La mayor parte de los participantes son maestros primarios, profesores de letras y animadores socioculturales, algunos de ellos cumpliendo circunstancialmente roles bibliotecológicos, pero sin formación previa al efecto. Es curioso también comprobar que un alto porcentaje de los proyectos finales están relacionados con la creación de bibliotecas desde la nada en comunidades tremendamente necesitadas y jamás contempladas ni consideradas por las "grandes" escuelas, gremios y asociaciones.

Es curioso y es triste comprobar esto, porque lamentablemente muy pocos bibliotecarios ("profesionales" o no) tienen formación específica en este rubro, el cual, sin embargo, es tremendamente importante en nuestro trabajo. Un gran número de currículos bibliotecológicos (al menos en las escuelas de Bibliotecología argentinas, terciarias y universitarias) olvidan este área de estudio, así como otras concernientes a la preparación y presentación de proyectos, a la redacción de informes profesionales o textos básicos, o a la formación en literatura de todo tipo, nacional e internacional. Es curioso (y muy triste) darse cuenta de que muchísimos profesionales salen graduados de sus respectivas escuelas conociendo a duras penas el material con el que van a trabajar en la realidad: los libros y su contenido.

Quizás se trate de una ausencia generalizada de cultura general en los currículos, quizás se trate de un estereotipo sobre el trabajo bibliotecario mantenido férreamente en los currículos (y por ende, perpetuado por ellos): el bibliotecario como técnico que no necesita conocer el contenido de sus libros porque él se ocupa de gestionarlos, no de leerlos.

Si no empezamos por casa, los niveles de contacto usuario-libro seguirán descendiendo, en especial en las bibliotecas barriales, populares, escolares, públicas y comunitarias. En los talleres presenciales del PROPALE me encuentro reiteradamente con este problema: ausencia de hábito lector, desconocimiento de herramientas para solucionar este problema, y total ausencia de información sobre cómo gestionar una biblioteca, sobre cómo crearla de la nada. Si tengo que ser honesto, cuando fui alumno de bibliotecología nadie me contó nada sobre esta temática.

Para sumar a estos datos, son muchos los alumnos de escuelas latinoamericanas que me solicitan apoyo en la redacción de tesis y trabajos finales sobre creación, planeamiento y gestión de bibliotecas (en especial en áreas de trinchera) porque sus docentes desconocen sobre la materia.

Quizás sea hora de empezar a rellenar vacíos en nuestra formación, teniendo en cuenta la misión esencial de nuestra profesión: gestionar cultura y proporcionar un servicio para canalizar dicha cultura a nuestros usuarios. Quizás sea hora de darnos cuenta de las necesidades de nuestra comunidad, de la enorme cantidad de colegas que trabajan día a día con muy poca formación y muy poco presupuesto. Quizás sea hora de darnos cuenta de que existe un mundo real, lejano a las aulas y a la Academia, que necesita (in)formación. Quizás sea hora de despertar y de ponernos manos a la obra.

Desde el PROPALE aportamos lo que podemos. Pero no es suficiente. Desde este rincón, las manos siempre están abiertas. Pero tampoco es suficiente. Necesitamos docentes que despierten y enseñen, que se comprometan con la realidad de sus alumnos y de sus colegas. Escuelas que, de una buena vez, revisen sus currículos y comiencen a enseñar lo verdaderamente necesario, elevando el nivel de sus materias en vez de bajarlo para que más y más mediocres salgan con un título y una posibilidad de trabajo. Necesitamos responsabilidad, necesitamos docentes bien educados y proactivos, necesitamos menos momias en los cargos docentes y más personas interesadas en su disciplina y en la enseñanza. Necesitamos acción, de una buena vez. Porque los que estamos en la trinchera, intentando ayudar, no bastamos.

Reciban mis más cordiales saludos desde una ciudad lluviosa, gris y calurosa...

Ilustración.

febrero 20, 2007

"Vacas sagradas", mentes vacías, futuro oscuro...

Vacas sagradas, mentes vacías, futuro oscuro

Por Edgardo Civallero

Aún recuerdo la sensación que me causaron las barriadas pobres de Lima la primera vez que las vi. Fue algo más que asombro o tristeza. Fue ese desamparo y ese vacío que siente el que se sabe impotente de luchar contra una injusticia infinita frente a la cual nadie más dice nada. La misma sensación tuve cuando caminé por primera vez (y por segunda, y por tercera...) los senderos del monte del noreste argentino para llevar libros a escuelitas aborígenes perdidas en el medio de la nada. O cuando crucé algunas villas del sur boliviano, como Cotagaita. O algunos poblados de la zona bananera ecuatoriana, de la selva del Petén guatemalteca o del conurbano de Santiago de Chile.

Parece que somos pocos los que vemos todo ese desequilibrio, que se agranda cuando comenzamos a leer cifras sobre las desigualdades en el reparto de derechos y bienes básicos a lo largo y ancho del mundo. El agua, la electricidad, la comida y la salud, esos elementos prioritarios para poder desarrollar una vida digna, son inexistentes en las manos de más de un tercio de la población mundial. Y en nuestro enorme continente, en nuestros propios países, aún hay niños que mueren de hambre, aún hay gente que camina horas para cargar una lata con agua lodosa, aún hay jóvenes que no saben leer ni escribir, aún hay masacres.

Lejos de todos esos problemas, los citadinos olvidamos pronto las necesidades, la precariedad, la injusticia... hasta que salimos a caminar los barrios olvidados, las esquinas con niños fumando y trabajando, las calles de burdeles en donde se esclavizan a menores de edad, los bares en donde se expenden tantas drogas como Coca-colas, las escuelas en donde se enseña poco y mal y no se da ninguna esperanza, las aceras en donde los pequeños se hacen adultos en cuestión de minutos...

Muchos prefieren girar la vista y pensar que la botella sigue medio llena, y que todo eso no ocurre en el lugar en el que viven. Así, muchos seres humanos olvidan a otros seres humanos, muchos latinoamericanos olvidan a muchos otros, muchos argentinos olvidan a sus compatriotas, muchos hermanos olvidan a sus hermanos. Así, mucho olvido, mucha indiferencia y mucho optimismo falso cubre una urgencia, unas carencias y unos vacíos tan enormes que parece increíble que la gente no los vea.

Evidentemente, la solución a todo esto no pasa por cambiar el mundo, el sistema social o los dirigentes políticos. Pasa por lograr una mutación interna y cambiar nuestras cabezas, nuestras mentalidades egoístas y poco solidarias. Ciertamente no es preciso arriesgar la vida ante jóvenes drogados y armados buscando convencerlos de lo conveniente de un cambio en sus vidas. La estupidez lleva a muy poco, aún cuando a veces parezca heroica. Pero existen muchos, muchos otros caminos para lograr aportar granitos de arena.

Cuando reviso los planteamientos y las producciones profesionales de muchos/as colegas de Latinoamérica, cuando busco un enfoque realista en sus ideas, es cuando más recuerdo todas estas imágenes mentales –recuerdos de vivencias propias– que plasmé en los párrafos anteriores. Porque son muy pocos/as los/as profesionales que apuestan por asumir una perspectiva real, por tomar al toro por las astas, por jugarse el tipo y dedicar al menos parte de su trabajo a la solución de los problemas urgentes que aquejan a su gente y a su tierra. Lejos de eso, buscan venderse y promocionarse, hacerse "cartel" (ante todos y sobre todos) con palabras vacías, usualmente copiadas de otros que las han escrito sin ambiciones de ningún tipo. Inician la carrera de "vacas sagradas", que las llevará a los podios de Congresos inútiles, a las aulas de escuelas y universidades que no educarán jamás en nada, y a las direcciones de instituciones que poco podrán hacer por el cambio y el bienestar de los siempre olvidados.

La publicación de artículos vacíos de contenidos; el dictado de talleres y seminarios sobre temáticas de moda, relamidas y gastadas; el ataque y la condena a los colegas que trabajamos en forma independiente; el apoyo a puntos de vista que redundan únicamente en propio beneficio, sin considerar siquiera la posibilidad de que alguna actividad de las que realizan beneficie a otro... Estoy seguro de que estas características les serán conocidas en muchas personas con las que conviven a diario.

Son esas las que nos siguen hablando del poder de las bibliotecas digitales cuando existen puntos de Argentina en los que abrir una página de Internet –si es que hay electricidad, una computadora y línea telefónica, en ese orden– tarda 25 minutos. Uno de esos lugares está en la provincia de Santa Cruz, en la Patagonia (un lugar tan argentino como el que más), pero seguro que hay muchos otros en los que los habitantes no puedan ni sepan como conectarse a la Red de Redes, o no sepan qué hacer con ella aún teniéndola.

Son esas las que nos siguen hablando de bibliotecas académicas y de complejos centros de documentación cuando las unidades más importantes para nuestro desarrollo como pueblo, como nación y como cultura son las públicas, las populares, las comunitarias y las escolares, eternamente descuidadas y olvidadas. Esas bibliotecas son las que forman al niño, las que entretienen al anciano, las que unen a la comunidad y al barrio, las que solventan las dudas del estudiante joven y apoyan la educación de la mujer sola o el adulto desempleado. Esas bibliotecas son las que enseñan a todos –y a no a una minoría "con título"– nuestra lengua, nuestra historia, nuestra cultura.

Son esas las que nos siguen hablando de maestrías y doctorados y becas en el extranjero cuando las carreras de bibliotecología en la mayor parte de América del Sur adolecen de debilidades pertinaces y necesitan urgentemente una inyección de sangre nueva, de imaginación y de mucha sabiduría. Esas carreras necesitan sacudirse a las "catedráticas eternas y jamás concursadas" y comenzar a incluir otros temas, otras perspectivas, otras realidades. Esos currículos necesitan complejizarse, ampliarse, ser interdisciplinarios, incluir idiomas (sobre todo autóctonos), levantar mucho el nivel...

Son esas las que nos siguen hablando de formación continua cuando hay cientos y cientos de colegas que no pueden ampliar su formación y sus conocimientos porque los cursos de ampliación y especialización cuestan carísimos, se dictan lejísimos y terminan siendo una porquería que sólo proporciona un (dudoso) papel para el currículum (y buenos dividendos para el bolsillo del "docente").

Son esas las que nos siguen hablando de formación cuando los Congresos son para unos pocos, tanto por sus precios como por sus temáticas.

Si estamos de acuerdo con ellas, ¡bienvenidos al club de la elite! Pero, si por una de esas casualidades, resulta que tenemos cierto pensamiento independiente, que aprendimos a hilvanar una idea más otra idea para armar una serie de razonamientos propios, que nos damos cuenta de todas las mentiras que nos intentan vender y de todas las necesidades, crueldades, urgencias y vacíos que hay en el mundo (y de las que ninguna de esas elites se ocupa) y que criticamos para cambiar la realidad... entonces llega la condena, la burla, la censura, las listas negras, los impedimentos, las persecuciones, los acosos, las puertas cerradas, los insultos, los agravios, las traiciones. El club de las "vacas sagradas" es único, exclusivo, lleno de glamur, preñado de auto-alabanzas y perfumado con burbujas rosas a la última moda.

¿Hasta cuándo soportaremos esta situación? ¿Hasta cuándo seguiremos rindiendo pleitesía a un grupúsculo de gente sólo porque está situada en un escalafón administrativo más alto que el nuestro? ¿Hasta cuándo seguiremos aplaudiendo la inutilidad, la imbecilidad, el narcisismo...? ¿Hasta cuándo seguiremos festejando los "avances" que no nos llevan a ningún lado, que no responden a nuestras necesidades? ¿Hasta cuándo seguiremos alabando a lo que llega del extranjero, sin darnos cuenta que lo realmente valioso está en casa? ¿Hasta cuándo dejaremos que nos censuren, que nos aíslen, que nos condenen?

Esas personas son el cáncer de nuestra profesión, las razones por las que las bibliotecas continúan vaciándose (a pesar de las "estadísticas" que dicen lo contrario) y no logran cumplir sus objetivos ni en escuelas, ni en barrios, ni siquiera en universidades. Son esas personas las que no miran a su alrededor para darse cuenta de la realidad en la que viven, las que no despiertan de sus "sueños rosados", las que no quieren salir de sus "torres de marfil" llenas de lujos, amiguismo, favoritismo, hipocresía y falsedad. Son esas personas las que continúan silenciando a los que verdaderamente saben para que nadie se dé cuenta de lo ignorantes y pobres que son, y las que continúan pisoteando a los valiosos para que jamás puedan aventajarlas, algo por lo demás extremadamente fácil de lograr.

Esas, las "vacas sagradas" que pastan en nuestra disciplina a lo largo y ancho del continente, que se alaban y se acarician y se loan entre ellas mismas, que se invitan a viajes y estadías para participar de eventos de "alto ranking", esas son la podredumbre de nuestras raíces y nuestros tallos. Nuestra planta jamás dará flores y frutos si no cortamos de una buena vez esas partes tumefactas e inmundas, si no nos damos permiso para crecer mirando lo que pasa, lo que necesitamos y necesitan nuestros usuarios.

Si continuamos oyendo la voz de esas sirenas, perderemos lo poco que tenemos, y jamás llegaremos a ningún puerto. Pero si somos conscientes de la realidad en la que vivimos, si reconocemos la necesidad de estudio, aprendizaje, desarrollo y mejora, y entendemos que las palabras huecas, los eufemismos y las actitudes glamorosas son totalmente inútiles, quizás logremos dar un sentido y un empuje a nuestra profesión. Sin apariencias fatuas, sin "cartel", sin palmaditas en la espalda y sonrisitas hipócritas, sin puñaladas a traición.

Con razón, con corazón, con humildad y con muchas ganas de trabajar pueden lograrse más avances que los que hemos presenciado en los últimos años.

Hace poco aprendí que lo verdaderamente difícil no es oponerse a algo, sino proponer una alternativa valiosa a ese algo. Personalmente, me opongo al actual estado de cosas. Creo que otra realidad es posible en nuestra profesión, una realidad más comprometida con la actualidad de nuestros usuarios. Y creo que la lograremos únicamente si generamos espacios –virtuales o reales– en los cuáles se compartan conocimientos y experiencias en forma libre y de igual a igual. Mientras siga la pirámide de "importancias" (que solo beneficia a unos pocos) seguiremos con mentes vacías y un futuro que se delinea oscuro e incierto para nosotros, para todos nosotros.

Saludos desde una Córdoba otoñal...

Ilustración.

febrero 13, 2007

La democracia...

La democracia

La democracia: ¿'seguro de vida' o aumento de su esperanza?

Crónica de una espera

Por Sara Plaza

¿Por qué nos cuesta tanto entenderla? ¿Por qué cada vez la interpretamos peor? ¿De dónde han salido todos esos adjetivos con que la vestimos, después de haberla desnudado de su verdadero significado? ¿Es por desconocimiento o por miedo? ¿Nos asusta acaso? ¿Qué es lo que pasa con la democracia que la llevamos y la traemos de un lado para otro, sin saber qué lugar le corresponde, y mucho menos dónde ubicarnos nosotros? ¿Por qué nos quedamos siempre al margen? ¿Por qué la miran con desdén unos, con desconfianza otros y con desgana la mayoría? No sé si supimos alguna vez que la democracia no debería ser subordinación, ni sumisión, ni consiste en acatar las órdenes, ni conlleva la existencia de un único pensamiento, ni significa ceder nuestros derechos, y desde luego no se trata de una meta. La democracia no tendría que defender al público de la información, ni esconderla, ni escatimarla, ni censurarla. La democracia si con algo tiene que ver es con la participación, con el pensamiento crítico, con la defensa de nuestros derechos y la responsabilidad que conlleva. La democracia es un camino, una filosofía de vida, un proyecto vital.

El ex secretario de Naciones Unidas, Kofi Annan, en una intervención en Estambul con motivo de la presentación del informe de la Alianza de Civilizaciones, afirmaba: "que el problema no está en el Corán, la Torá ni la Biblia, que el problema no es la fe sino los fieles y la manera en que se comportan unos con otros." Yo tampoco creo que el problema sea la democracia, o no todo. El problema está en el comportamiento y la actitud de los ciudadanos. Nos comportamos como si no tuviera que ver con nosotros. Lo esperamos todo de ella, hasta las respuestas a las preguntas que nunca nos hicimos.

"¿Cómo es posible que algo así suceda en democracia?" Eso es lo único que nos importa, pero jamás nos cuestionamos ¿cómo es posible que en un sistema de organización, donde se dice que el poder reside en el pueblo, yo no tenga nada que decir? Y no tengo nada que decir porque estoy esperando que se pronuncien otros. Porque "yo ya les voté" –o no les voté–, porque "para eso se les paga", porque "total, al final todo da igual", porque "todos son unos ladrones lo mismo", porque "eso no tiene nada que ver conmigo"...

Siguiendo esta lógica, llegamos a la conclusión de que en democracia las cosas suceden y no parece importarnos mucho cómo ni por qué, dado que nos limitamos a preguntarnos ¿cómo es posible? Es decir, que damos por hecho que determinados comportamientos son imposibles en democracia. ¿Lo son? No podemos olvidar que ha habido muchas democracias. Para unos el primer ejemplo de sistema democrático estuvo en Atenas en el siglo V a.C., mientras otros consideran que ejemplos tempranos los hubo ya en antiguas civilizaciones y en la misma organización tribal. Se ha hablado de sistema político y de organización social; las ha habido representativas, directas, deliberativas, participativas; se han llevado a cabo elecciones y se ha acatado la regla de la mayoría; se han redactado declaraciones de derechos y defendido libertades...

Sin embargo, ¿dónde están la igualdad, la justicia, los derechos de las minorías? La democracia por poco democrática y nosotros por poco estudiosos o estudiosos a medias, sólo de la mitad que esperamos sacar beneficios, no parece que vayamos a ponernos de acuerdo en la forma de convivencia que deseamos. Aquí es donde parece residir la imposibilidad de algunos de sus planteamientos. No es una mala idea la democracia, pero tal vez hemos esperado demasiado de ella. Tampoco nosotros somos idiotas, pero muchas veces nos comportamos como si lo fuésemos. Con sus fallos y nuestra negligencia estamos abocados a una larga espera que nos dejará de brazos cruzados.

Si queremos defender nuestra vida y merecerla, si queremos ser dignos de ella y vivirla dignamente tendremos que repensar algunas limitaciones del sistema democrático y desarrollar una ciudadanía responsable. Habría que abolir y desterrar la demagogia, el paternalismo, la instrumentalización del pueblo, el dogmatismo, el adoctrinamiento. No deberíamos permitir que nos digan lo que debemos decir o hacer, que nos impidan discutir, que nos utilicen, que nos tengan lástima, que nos halaguen o nos dominen. No tenemos porqué estar de acuerdo, pero sí saber porqué no lo estamos. No somos iguales, ni necesitamos lo mismo, pero no somos tan distintos y lo que nos duele es muy parecido.

Que no nos engañen, pero sobre todo, no nos engañemos a nosotros mismos. Quien se es y quien se espera llegar a ser algún día no deberían caminar separados. Un sistema democrático, como forma de convivencia, tendría que acercarse a las personas, humanizar sus instituciones, pisar allá donde los hombres y las mujeres dejan sus huellas, no sólo dibujar sus anhelos. La democracia no puede ni debe ser un ‘seguro de vida'. ¿Cómo vamos a invertir en algo que mañana no tendremos? ¿No merecería más la pena asegurarnos de vivir hoy? No es una utopía, o mejor dicho, no debería serlo.

Si de vivir se trata ¿qué tal si trabajamos para aumentar nuestra esperanza de vida? Pero no de cualquier modo, por supuesto, ni a cualquier precio. Y muchísimo menos condenando la vida de los demás. La democracia es una manera de interpretar nuestra ciudadanía. A lo largo de la historia de la humanidad, y posiblemente de la de muchos de nosotros –no olvidemos que cada cual debería ser el autor de la misma–, hemos comprobado que hay otros modos de interpretarla que además de poco deseables son claramente perjudiciales. Las distintas formas de totalitarismo, imperialismo, fanatismo, terrorismo, los regímenes dictatoriales o las Juntas Militares, por nombrar sólo algunos ejemplos, cofunden estabilidad con subordinación. No equivoquemos también nosotros esos dos términos. Y sobre todo, no tengamos miedo al cambio, a la perturbación, a agitar estructuras obsoletas y anquilosadas que nos sirven poco y mal.

Que la crítica sea constructiva, que bajo los adoquines, si bien no hallaremos la arena del mar, seamos capaces de encontrar una tierra fértil. Que si en lugar de recalentarla y desertizarla la poblamos de manos que la siembren, las de nuestros hijos recogerán los frutos. Sólo si nosotros creemos que podemos, ellos podrán seguir creyendo. Les habremos devuelto la esperanza que nosotros parecemos olvidar en cualquier parte, al más mínimo descuido. Si dejamos de esperar lo que la democracia nos tiene que ofrecer, tal vez algún día podamos escribir la crónica de su estela. Si conseguimos que no se nos hunda el barco y dejamos de tirarnos por la borda, a lo mejor llegamos a buen puerto. Solos no podemos vivir, aunque a veces pretendamos ser los únicos en sentarnos al festín. Busquemos el mejor modo de hacerlo juntos y si de verdad un día tenemos algo que celebrar, que sea la vida y no la muerte de un sistema que "no es perfecto más se acerca" a lo que muchos soñaron y por el que muchos lucharon.

Ilustración.