Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

septiembre 30, 2007

Tradición oral y memorias incaicas

Tradición oral y memorias incaicas

Por Edgardo Civallero

Vivimos en un continente donde la palabra hablada aún no ha perdido su tradicional rol de canal de información y aprendizaje. En cada rincón de nuestra geografía todavía surgen, imprevistos e impensados, esos relatos y recuerdos que, aunque jamás fueron escritos, codifican una parte de nuestra historia y de nuestra identidad.

Uno de los primeros registros escritos de las prácticas de tradición oral en Sudamérica es obra de la pluma de un cronista hispano, Pedro Sarmiento de Gamboa, un personaje de vida azarosa que terminó sus días casi olvidado y cuya última gran proeza fue intentar colonizar las costas de la inhóspita Tierra del Fuego (intento infructuoso, por cierto, y que costó numerosas vidas). La obra más conocida de Sarmiento de Gamboa es la "Historia de los Incas", escrita en 1572 (nosotros tenemos un ejemplar de 1942, editado por Emecé en Buenos Aires). De este libro hemos extraído un fragmento considerable que les dejamos esta semana como un homenaje a la "historia oral" y como un testimonio antiguo de una práctica que, a pesar de los siglos, no ha desaparecido en absoluto: continúa practicándose, aunque ciertamente a otros niveles.

El cronista español nos cuenta, en este texto, cómo la nobleza incaica poseía sistemas orales bastante precisos para perpetuar su historia a través de las generaciones. Hoy en día, muchas otras historias también se conservan, pasando de boca en boca y de mano en mano. Ciertamente, nuestro apego a la escritura y a los libros nos fuerza, en muchísimas ocasiones, a desestimar lo oral por impreciso y subjetivo. Sin embargo, ¿no están los libros de historia plagados de la subjetividad del historiador que los escribe? ¿No cuentan nuestras bibliotecas lo que los autores de las obras que conservamos quisieron anotar para la posteridad? ¿No silencian lo que esos escribas dejaron de lado? ¿No se escucha aún en nuestras calles y plazas retazos de historias recientes que nuestros documentos se niegan a recoger, por muy reales que sean?

La oralidad está tan plagada de errores y de olvidos como la escritura. Quizás hemos perdido la facultad (o la costumbre) de recordar y de decir lo que recordamos, ante la comodidad de nuestros libros. Pero me temo que al hacerlo, hemos sacrificado una buena parte de nuestra realidad como seres humanos, de las experiencias que hemos vivido, de nuestro pasado y nuestra identidad. Estamos permitiendo que otros anoten (y salven del silencio, para la posteridad) sólo algunos fragmentos de nuestro mundo. Lo demás morirá con nosotros. Triste destino para una cantidad de saber tan grande.

Decía Alejandro Dolina: "Recordemos, recordemos todo el tiempo". Contemos, escuchemos, compartamos. Y recuperemos las voces que se apagan para que no se pierdan. Al fin y al cabo, no somos más que las memorias que dejamos a nuestro paso. Si esas memorias, si esas pequeñas historias se pierden... ¿quién sabrá de nuestro paso por el mundo?

Los dejamos con Sarmiento de Gamboa y su descripción (en castellano antiguo, con algunas anotaciones) de los métodos incaicos de conservar el pasado para el futuro.


"Mas antes de entrar en el cuerpo de la historia de los ingas ["incas"], quiero advertir, o hablando más propriamente, responder a una dificultad, que se podría ofrecer a los que no tienen por cierta esta historia, hecha por la relación que estos bárbaros dan, porque, no tiniendo letras, no pueden tener en la memoria tantas particularidades, como aquí se cuentan, de tanta antigüedad. A esto se responde, que para suplir la falta de letras, tenían estos bárbaros una curiosidad muy buena y cierta, y era, que unos a otros, padres a hijos, se iban refiriendo las cosas antiguas pasadas hasta sus tiempos, repitiéndoselas muchas veces, como quien lee lección en cátedra, haciéndoles repetir las tales lecciones historiales a los oyentes, hasta que se les quedasen en la memoria fijas. Y así cada uno de sus descendientes iba comunicando sus anales por esta orden dicha, para conservar sus historias y hazañas y antigüedades y los números de las gentes, pueblos, y provincias, días, meses y años, batallas, muertes, destrucciones, fortalezas y cinches ["sinchis", caciques]. Y finalmente las cosas más notables, que consisten en número y cuerpo, notábanlas, y agora las notan, en unos cordeles, a que llaman quipo ["khipu" o "quipu"], que es lo mesmo que decir racional o contador. En el cual quipo dan ciertos ñudos, como ellos saben, por los cuales y por las diferencias de las colores distinguen y anotan cada cosa como con letras. Es cosa de admiración ver las menudencias que conservan en aquestos cordelejos, de los cuales hay maestros como entre nosotros del escrebir.

Y además desto había, y aun agora hay, particulares historiadores destas naciones, que era oficio que se heredaba de padre a hijo. Allegase a esto la grandísima diligencia del Pachacuti Inga Yupanqui, noveno inga, el cual hizo llamamiento general de todos los viejos historiadores de todas las provincias, quél sujetó, y aun de otros muchos más de todos estos reinos, y túvolos en la ciudad del Cuzco mucho tiempo examinándolos sobre las antigüedades, origen y cosas notables de sus pasados destos reinos. Y después que tuvo bien averiguado todo lo más notable de las antigüedades de sus historias, hízolo todo pintar por su orden en tablones grandes, y deputó en las Casas del Sol una gran sala, adonde las tales tablas, que guarnescidos de oro estaban, estuviesen como nuestras librerías, y constituyó doctores que supiesen entenderlas y declararlas. Y no podían entrar donde estas tablas estaban sino el inga o los historiadores sin expresa licencia del inga.

Y desta manera se vino averiguar todo lo de sus pasados y a quedar tan manual a toda suerte de gentes, quel día de hoy los Indios menudos y los mayores generalmente lo saben, aunque en algunas cosas tengan varias opiniones por particulares intereses. Y así examinando de toda condición de estados de los más prudentes y ancianos, de quien se tiene más crédito saqué y recopilé la presente historia, refiriendo las declaraciones y dichos de unos a sus enemigos, digo del bando contrario, porque se acaudillan por bandos, y pidiendo a cada uno memorial por sí de sus linaje y dél de su contrario. Y estos memoriales, que todos están en mi poder, refiriéndolos y corrigiéndolos con sus contrarios, y últimamente ratificándolos en presencia de todos los bandos y ayllos ["ayllus", clanes o familias extensas] en público, con juramento por autoridad de juez, y con lenguas expertas generales, y muy curiosos y fieles intérpretes, también juramentados, se ha afinado lo que aquí va scripto".

Ilustración.

septiembre 23, 2007

Sedientos de libertad para andar entre cuadros, libros y árboles

Sedientos de libertad para andar entre cuadros, libros y árboles

Por Sara Plaza

Fue durante nuestro último viaje a Buenos Aires, a la que Gieco [1] llama ciudad del sino, duende de un destino, en su disco "Bandidos Rurales", cuando mojados de pies a cabeza recorrimos un pedacito de la historia de sus húmedos rincones. Si no recuerdo mal, nuestros primeros pasos nos llevaron esa mañana hacia San Telmo... Queríamos llegar al Museo Histórico de la Ciudad pero en la oficina de Turismo que encontramos de camino, nos advirtieron que lo encontraríamos cerrado porque unos días antes alguien había robado un reloj del general Belgrano... Efectivamente, hallamos sus puertas cerradas y los cañones de su patio chorreando bajo la misma lluvia que nos empapaba a nosotros. Dimos un paseo por el Parque Lezama y acariciamos las raíces de sus ancianos ombúes, que parecían hechas del mismo barro que llevábamos en los pies. El Café Británico nos ofreció una mesita junto a la ventana, y un par de cafés bien negros y bien calientes (amargo el uno, con mucho azúcar el otro) nos devolvieron el rubor de las mejillas, mientras que dos medialunas de manteca para cada uno repusieron la sonrisa en nuestros labios. Paseamos por el Mercado de San Telmo y entramos en El Pasaje Defensa (ex casa de los Ezeiza), con sus canaletas inundando el piso de piedras desiguales y losas marchitas sobre el que era muy fácil resbalarse. Desde allí regresamos hacia la Manzana de las Luces y visitamos, prácticamente solos, el Museo Etnográfico. Mi alegría fue mayúscula al pararme frente a vitrinas que por primera vez me hablaban sin que yo tuviese que detenerme a leer cartelito por cartelito lo que en ellas estaba expuesto. El puñadito de lecturas que ya llevo hechas sobre los pueblos originarios de este país, sus leyendas, sus cuentos, sus luchas diarias y sus maneras de vivir, además de nuestras incursiones en diversos museos a lo largo y ancho de la cordillera andina, así como con la observación directa de las personas que hoy pueblan este continente interminable, los muchos kilómetros recorridos al lado de Edgardo para atravesar sus paisajes, sedientos unos, embriagados con el agua de infinitas vertientes otros, y nuestro trabajo conjunto, me permitieron reconocer lo aprendido a lo largo de nuestro camino.

Es una experiencia maravillosa darse cuenta de que una empieza a distinguir ciertos rasgos del pasado que le posibilitan para entender un poco mejor algunas características de un presente que todavía desconoce en gran medida. Piso un continente muy vasto que sigo descubriendo día a día, y así como me gusta escuchar a la gente que lo habita, me gusta también detenerme en las páginas que hablan de quienes lo hicieron antes, junto a los caminos que transitaron hace siglos, frente a las vidrieras que guardan un pedacito de su memoria...

Por eso luego fuimos a conocer la Librería Ávila y su café literario, y rebuscamos en sus cajones viejas revistas, y soplamos el polvo de las primeras ediciones que descansaban en sus estantes.

En la Plaza de Mayo saludamos a un cielo muy gris que oscurecía las paredes del Cabildo y envolvía la Casa Rosada con un manto de bruma... La misma cubrió de sombras la Plaza San Martín y descendimos sus escaleras cubiertos de las finas gotitas que se escurrían de las hojas de sus tipas. Continuamos caminando hasta Retiro y giramos hacia Recoleta. Cruzamos Plaza Francia, vaciada de gente y de puestos bajo la persistente lluvia, que también asustó esa tarde a los corredores que normalmente trotan por los Lagos de Palermo... Ya de noche, llegamos al museo que por la mañana nos había aconsejado no perdernos la persona que nos atendió en la oficina de turismo: el MALBA, Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires. Debo confesar que dudamos si entrar o no, pues aquel edificio tan moderno rodeado de una brillante iluminación que se reflejaba en los charcos, nos pareció demasiado bullicioso después de un largo día de solitaria marcha por el viejo Buenos Aires... Sin embargo, la curiosidad nos pudo y también el frío que llevábamos en el cuerpo después de haber caminado tantas horas bajo la lluvia. Nos dio la bienvenida un espacio tan amplio y tan lleno de luz que por un instante nos sentimos mucho más perdidos que entre las callecitas de San Telmo. Averiguamos el precio de la entrada, y con sorpresa nos sonreímos cuando nos preguntaron "¿carnés de estudiante, chicos?" En realidad teníamos ganas de decir que carnés ya no teníamos pero que estudiantes siempre seríamos, sin embargo, dado que los docentes tenían el mismo descuento, señalamos esa segunda opción, advirtiendo, no obstante, que tampoco llevábamos carnés. Como tales nos entregaron nuestros tickets, y después de dejar la mochila y las camperas a la entrada nos ubicamos en la primera de las escaleras mecánicas que nos condujo hacia muchas de las obras de arte que allí encontraríamos. Fuimos de sorpresa en sorpresa durante las dos horas que permanecimos en este museo. Descubrimos obras para guardar en la retina por muchos años, escuchamos música y la "tarareamos" con nuestros pies, hicimos guiños a los niños que se nos pararon al lado, aplaudimos, nos reímos, jugamos, pusimos caras de no entender nada, nos encogimos de hombros, nos dimos codazos cómplices frente a algunas esculturas, nos sentamos en otras... Disfrutamos muchísimo aquella tarde. Ese museo celebraba con sus visitantes la fiesta que significaba tener allí reunidos un buen puñado de trabajos de autores latinoamericanos, sobresalientes por su originalidad y su compromiso con la realidad y la imaginación al mismo tiempo. Y digo que el museo era un fiesta, porque en él hallamos a un par de murgueros recordándonos la canción de Rubén Rada "Candombe para Figari" frente a uno de los cuadros del pintor uruguayo, porque los niños iban y venían, porque sus abuelos les explicaban qué era tal o cual cosa cada vez que señalaban algo en la tienda del museo, porque algunas obras se podían tocar, porque las que sólo se podían ver parecía que, a su vez, te estaban observando a ti, porque te podías mover a tu aire, porque avanzabas y retrocedías y te perdías y te encontrabas, porque eras libre para sentir lo que esos trabajos te provocaban, y podías hablar despacito y sonreírte y ponerte de puntillas y agacharte, porque podías disfrutar de lo que entendías y de lo que ignorabas, de los colores, de las formas, de mirar un cuadro largo rato o darte media vuelta de inmediato... Porque, en fin, podías reírte de ti y enojarte contigo mirando aquellas obras que otros hicieron estando unas veces alegres y otras veces enfadados...

Descendiendo hasta el último nivel, nos llevamos la mayor sorpresa de esa tarde. Una de las esculturas que allí se presentaban consistía en unas bibliotecas con libros de autoayuda en sus estantes. Libros de segunda o tercera mano, poco atractivos, arrugados, dobladas sus esquinas, amarillentos algunos, silenciosos la mayoría... Sin embargo, vimos cómo varias personas se detenían en aquel espacio, se sentaban en los mismos bancos que formaban parte de la escultura y agarraban tranquilamente esas páginas, las abrían, las ojeaban y las leían...

Edgardo y yo pensamos en tantas y tantas bibliotecas vacías y no podíamos creer lo que estaban viendo nuestros ojos. Si alguien se levantaba, enseguida llegaba otra persona a ocupar su lugar... Aquellos libros viejos y raídos estaban siendo acariciados de vuelta y no pudimos dejar de sentir cierto escalofrío al preguntarnos qué estaba pasando en los lugares donde los libros se multiplican por miles y sin embargo, permanecen alejados de los ojos curiosos de sus lectores...

Terminamos nuestra visita echando un vistazo a la librería del museo y, nuevamente, tuvimos que pellizcarnos ante la maravilla que teníamos delante. Era realmente preciosa y éramos muchos los que sacábamos y metíamos libros en los estantes, los que mirábamos fotos, los que llamábamos con suavidad a nuestros acompañantes para mostrarles lo que acabábamos de hallar en un volumen...

Volviendo sobre nuestros pasos, nos dimos cuenta de que los cuadros en un museo, como los libros en una biblioteca, o los árboles de un parque, tienen que estar cerca de nuestras manos, de nuestros pasos, de nuestros ojos, de nuestros labios... Tenemos que poder acariciarlos, aunque sólo sea con la mirada en algunos casos; tenemos que poder degustarlos, aunque sólo sea a través del olor que despiden sus colores, sus dibujos, sus hojas... Si escondemos el arte tras una reja, los libros tras unos muros y observamos la naturaleza sólo en las postales, estamos alejándonos de nosotros mismos, dándonos la espalda, confinándonos a una soledad y a un silencio que nos imposibilitarán para escucharnos unos a otros, para dialogar unos con otros, para entendernos unos y otros...

[1] Cantautor argentino.

Ilustración.

septiembre 16, 2007

Sobre bibliotecas, pueblos originarios y declaraciones

Sobre bibliotecas, pueblos originarios y declaraciones

Por Edgardo Civallero

Después de 22 años de oposición por parte de un gran número de los países llamados "desarrollados", la ONU promulgó, el pasado miércoles 12 de septiembre, la Declaración de los Derechos de los Pueblos Indígenas, un conjunto de 46 artículos que involucra a 360 millones de personas de todo el mundo, y que equivale a la "Declaración Universal de los Derechos Humanos" para los pueblos originarios. En ella se reconocen sus derechos básicos a cultura e identidad propias, pero también a su auto-determinación, a la gestión de sus tierras, a su propia organización socio-política y a la consulta gubernamental para hacer uso de sus recursos.

Quizás estas últimas garantías –las que facilitaban la auto-determinación de los pueblos originarios– fueron las que fomentaron tanta oposición a lo largo de estos años, y las que motivaron que, a pesar de que 143 países votaran a favor de la "Declaración..." dentro de las Naciones Unidas, 11 se abstuvieran y 4 –Estados Unidos, Canadá, Nueva Zelanda y Australia– votaran en contra. Estos últimos países poseen una fuerte población indígena, y son famosos por el trato indigno que les proporciona, trato denunciado muchísimas veces ante organismos internacionales (basta leer algunos de los informes de la Comisión de Pueblos Indígenas de la ONU para encontrarse con casos inimaginables). Dado que esta Declaración tiene, para sus signatarios, un estatus mayor que las leyes nacionales, la firma implica el reconocimiento de algunos derechos que las naciones no signatarias no desean garantizar, continuando con sus políticas de (o)presión, discriminación y exclusión socio-cultural.

La entrada en vigor de este instrumento internacional no significa que sus artículos se cumplan en el territorio de todas las naciones firmantes. Será necesario que las organizaciones indígenas regionales sigan luchando y reclamando para que sus derechos sean contemplados y para que las leyes sean cumplidas. Será un camino similar al recorrido tras la firma del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, que reconoce muchos derechos indígenas pero que, hasta ahora, sigue siendo sólo un pedazo de papel.

Mi labor dentro de la bibliotecología –teórica y práctica– se ha enfocado, desde el principio de mi carrera, en las bibliotecas en comunidades indígenas, y en todos los aspectos de esta temática. A través de mi trabajo entré en contacto con una realidad que mostraba claramente las violaciones y abusos a los que me he referido en los párrafos anteriores. No son situaciones lejanas de nuestra realidad cotidiana: están ante nuestros ojos, por distantes que parezcan.

En nuestro ámbito profesional no están ausentes los olvidos, la exclusión y la discriminación hacia las sociedades indígenas. Hace unos días presentaba, en los foros profesionales latinoamericanos, una propuesta que está siendo evaluada por el Comité Revisor de la CDU (Clasificación Decimal Universal) para integrar en las tablas de lenguas y etnias (1c y 1f) a casi 400 grupos étnicos nativos de nuestro continente. Esos pueblos –nuestros pueblos, partes de nuestra historia y nuestra identidad– jamás habían sido incluidos en nuestros lenguajes documentales de clasificación. Existen además escasos tesauros que contemplen terminologías indígenas, o que reúnan y normalicen los nombres de cada pueblo.

Pero no sólo se trata de un olvido documental. Son escasísimos los programas de educación superior bibliotecológica de América Latina que contemplan formación específica en relación a servicios para pueblos nativos, o que incluyan idiomas aborígenes, en especial en regiones donde esas lenguas son habladas por un alto porcentaje de la población (un ejemplo a seguir, en este caso, sería Bolivia). Hay pocos libros y artículos sobre este tema, o manuales y guías de trabajo, o propuestas nacionales, o programas de investigación.

Sin embargo, y a pesar de estas carencias –fácilmente subsanables, por cierto– es curioso notar, cuando uno trabaja dentro de este campo, el alto número de voces que hablan sobre el tema. En ciertos casos puntuales, me recuerdan a esos "expertos" que, como definiera el especialista en management Henry Mintzberg, "saben cada vez más sobre cada vez menos, hasta que terminan por saber todo sobre nada" [1]. Quizás gracias a la existencia de estos personajes –y a que les damos credibilidad y apoyo– estamos donde estamos y tenemos lo que tenemos. Le estamos dando "aparente consistencia al viento", como dijera George Orwell. Y mientras seguimos oyendo palabras vacías, grandes discursos, cursos y seminarios sobre esta temática dictados por individuos que no tienen la menor idea de lo que hablan ni la menor experiencia al respecto, a nuestro alrededor los problemas continúan a todos los niveles.

Fue mientras elaboraba la propuesta de lenguas y etnias indígenas para enviar a la CDU –a cuyo Comité Revisor pertenezco desde 2005– que me encontré con realidades que me impactaron: docenas de lenguas y pueblos desaparecidos en la última década (no, no hablo del siglo XVIII ni de ninguna conquista europea, hablo de nuestra actualidad más reciente); historias y memorias que ya no sonarán más; pueblos masacrados o echados de sus propias tierras porque habitan sobre petróleo, minerales o bosque valioso; derechos humanos totalmente violados; bibliotecas que no se ocupan de sus usuarios y que colaboran activa o pasivamente en su aculturación... Uno de los casos que más me llamó la atención fue el de una etnia de la selva peruana, para quién fue diseñado un programa de educación intercultural bilingüe... en una lengua y una cultura que no eran las suyas.

[En mis conferencias suelo hablar, muchas veces, de la cantidad considerable de dinero y recursos que se gastan en proyectos que fracasan porque no se evalúa previamente a los usuarios y sus necesidades. El hecho que les acabo de mencionar puede servir de ejemplo magistral].

El camino continúa, la vida sigue y se abre camino día a día, con nosotros o sin nosotros. Está en nuestras manos tomar parte y partido de esa vida que se mueve ante nuestros ojos, dejar de prestar el oído a sirenas melifluas y trabajar por aquello que creamos valioso. Para muchos de nosotros pueden ser pueblos indígenas o comunidades rurales; para otros, niños, mujeres y ancianos; para otros, estudiantes y docentes; para otros muchos, individuos discapacitados. Más allá de las "Declaraciones..." –que, quizás, sirvan para poco, aunque es un buen paso– en nosotros puede estar el cambio, y la posibilidad de que nuestro trabajo valga la pena.

[1] The Rise and Fall of Strategic Planning: Reconceiving Roles for Planning, Plans, Planners. Free Press, New York, 1994.

Ilustración.

septiembre 09, 2007

Un cuento Qom

Un cuento Qom

Por Sara Plaza

EL GIGANTE KATALÓ Y SU ESPOSA LA REINA DE LAS PESTES [1]

Kataló, el gigante, tiene una esposa que está en la montaña.
No están juntos.
Ella es la reina de las pestes, de las diferentes clases de enfermedades que hay en la montaña.
Kataló favorece a la gente.
Kataló es un rey que tiene poder para salvar o para dar poder para salvar a otro.
Su esposa vive dentro de la montaña.
En ese matrimonio, los dos no tienen trabajos iguales.
Hay piogonak [2] que son de nosotros y otros que son de los cristianos.
Pero el remedio de Kataló nunca se termina, y las enfermedades tampoco porque esta reina siempre las manda.
Nunca se terminan las medicinas de Kataló, que siempre se las da a los piogonak para que curen.
El no puede parar todo.
Y ella no puede mandar todo.
Así uno ataja al otro.
Ella es Latée na Nalolga (madre de las enfermedades) o Nalolga Laté; también la llaman Kataló Lua, la señora de Kataló.
Y Kataló es Nkalga Ltaá (padre de salvación).
Cuando Kataló ve que su señora manda diferentes clases de enfermedades, al piogonak que está en contacto con él lo llama y le dice cómo y con qué tiene que curar a los enfermos.
Así es.

Hablábamos en la entrada anterior de este blog de que al tiempo no hay que darle la oportunidad de pasar en vano. Hablábamos de que son nuestras manos las que tienen que ponerse a trabajar para que eso no ocurra, y de que es nuestra imaginación la que debería darnos ideas para modelar la arcilla con que vamos esculpiendo nuestros actos día tras día. Hablábamos de mantener vivas nuestras bibliotecas, nuestra curiosidad, nuestras ganas de pensar, de contar, de hacer. Hablábamos, por qué no, de llegar más lejos sin dejar de estar cerca de quienes son el corazón de esa casa del saber, de la cultura, de la historia, de los juegos, de la música, de las leyendas, de las recetas, de los oficios... esa casa de las dudas, de las preguntas, de tantos y tantos tesoros que pueden llegar a encontrarse entre las páginas de un libro, las líneas de un mapa, los sonidos de un casete, las imágenes de un video, las fibras de un tejido, los bajo relieves de una cerámica... Hablábamos, en definitiva, de no olvidar que la razón de nuestra cultura y nuestro saber está en todas y cada una de las personas que surcan cada día la vida, los que la recorrieron antes y los que la andarán después. Que esos bienes nos pertenecen, que los hemos creado juntos, que forman parte de quienes fuimos, que quienes somos y de quienes podemos llegar a ser. Que el saber no es uno, que existen muchas formas de conocimiento y son todas válidas, que nadie nació sabiendo y todos seguimos aprendiendo... La biblioteca, la escuela, son entes maravillosos si nos reúnen, si nos permiten intercambiar ideas, si nos ayudan a poner en marcha nuestros proyectos, los personales y los profesionales, los cotidianos y esos otros que soñamos poner en marcha algún día... Tienen que ser el germen de nuevas inquietudes, la semilla del diálogo. Tienen que permitirnos decir a la vez que preguntar, tienen que valorar nuestras necesidades, nuestras costumbres, nuestras manías... Y tienen que posibilitarnos hacia nuevas formas de mirar, otros modos de escuchar, otras maneras de agarrar, de sostener, de acariciar un libro, un dibujo, una fotografía, una canción, un sueño...

El cuento con el que comenzaba esta entrada del blog sólo pretendía mostrar, con un poquito de poesía, nuestra fragilidad y nuestra enorme fortaleza. Ambas van juntas, de la mano, entrelazadas como las enfermedades y sus remedios. Unidas como las raíces al suelo, el tronco a las raíces, las ramas al tronco, las hojas a las ramas... El viento a las hojas, las alas al viento, los sueños a las alas, la vida a los sueños, la muerte a la vida, la memoria a la muerte, la historia a la memoria y así... Así es. Unidas, pero cada una con un trabajo distinto que llevar a cabo, y necesarias ambas. Y son ellas, las que perduran en cada uno de nosotros y las que podemos notar a través de nuestras acciones. También son las que están presentes en nuestras bibliotecas y en nuestras escuelas, en las pequeñas artesanías y las grandes obras arquitectónicas. Es con ellas con quienes que tenemos que trabajar. Todos contamos con nuestra sensibilidad y nuestro empeño para no darle la oportunidad al tiempo de pasar en vano y aprovechar, en cambio, lo que de bueno puede ofrecernos nuestra sociedad para andar la vida sin prisa pero sin pausa. Un buen ejemplo son las bibliotecas y las escuelas, siempre y cuando podamos seguir moldeándolas hasta que nos sienten bien, como de hecho nos seguimos moldeando nosotros hasta parecernos a quienes queremos llegar a ser... Ya sabemos, porque lo hemos aprendido de los Qom, que Latée na Nalolga, la madre de las enfermedades va a seguir reinando en su montaña, como sabemos que su esposo, Kataló, el padre de la salvación, nos va a seguir ayudando. Ellos seguirán gobernando las enfermedades y sus remedios, y nosotros tendremos que seguir superando las primeras y sacando partido de los segundos, con las ayuda de los piogonak, de las bibliotecas, de las escuelas, y de nuestras manos...

[1] Por José Benítez, indígena Qom o toba. Recogido en "Lo que cuentan los Tobas", una compilación de Buenaventura Terán publicada por Ediciones del Sol dentro de su colección Biblioteca de Cultura Popular (n. 20, Buenos Aires, 1994)
[2] El shamanismo de los tobas (que se llaman a sí mismos Qom) es principalmente masculino. Según cuenta Terán en el libro citado, los piogonak (shamanes) curan cantando, por succión, con tabaco, grasas y medicinas. [...] se inician al encontrarse con una teogonía o ente potente en el monte, porque otro shamán (generalmente pariente) le traspasa el poder mediante una iniciación colectiva llamada welán o por un sueño.

Ilustración.

septiembre 02, 2007

Al tiempo no hay que darle la oportunidad de que pase en vano

Al tiempo no hay que darle la oportunidad de que pase en vano

Por Edgardo Civallero

Así dice uno de nuestros cantautores favoritos, el argentino León Gieco (autor del conocido "Sólo le pido a Dios") en el tema "Aquí, allá, hoy o mañana". La frase, más allá de su poesía, marca una meta a seguir, no sólo en el contexto personal, sino también en el profesional.

Tiempos que pasan en vano... ¿Cuántos días, cuántos meses han pasado entre nuestras manos sin que supiésemos atraparlos, emplearlos, volverlos fértiles de frutos y resultados? La pregunta, abstracta sin un contexto, se vuelve un poco más real cuando pienso en todas esas bibliotecas que se mueren en el silencio, llenas de libros pero carentes de usuarios, de servicios, de ideas. ¿No conocen ninguna? Yo sí. Las he visto. Pasan las semanas, pasan los años, y esas unidades –que podrían estar cambiando algo en su entorno, por mínimo que sea– siguen allí, inmóviles, congeladas, mientras sus responsables le permiten al tiempo correr en vano.

Recuerdo que, en algún momento de mi carrera, aprendí que una biblioteca es un sistema, un conjunto de elementos íntimamente relacionados que trabajan para el logro de un objetivo, proporcionando salidas (productos y servicios) y atrapando entradas (información, opiniones, necesidades). Fue mucho más tarde cuando, por experiencia propia, aprendí que cualquier biblioteca es (o debería ser, si pretende tener éxito) una entidad muy similar a un organismo vivo: responde a las variaciones de su entorno, se adapta para sobrevivir, es flexible, evoluciona, crece, incluso se reproduce y replica.

Y, a veces, se paraliza, enferma y muere.

El ciclo vital de cualquier sistema cumple una serie de pasos y se cierra, a veces para volver a comenzar, otras veces para siempre. Y todo sistema vivo evita la muerte por instinto, intentando sobrevivir a través de las peores adversidades. Aprendí, de esta regla vital tan básica, que cualquier biblioteca debe luchar y hacer lo posible por mantenerse viva. Convertirla en un simple depósito es matarla anticipadamente, asesinar su espíritu sin contemplaciones, arruinar un proyecto que podría haber sido hermoso y útil para un pequeño o gran grupo de gente.

La biblioteca se convierte en un mero depósito de materiales cuando no tiene usuarios. En ese momento, pierde su razón para existir, pues una biblioteca no es un edificio, una colección o un grupo de gente que trabaja en ella: es un servicio. Simplemente eso. Y el servicio, como bien dice la palabra, debe servir a un destinatario. Cuando no sirve, cuando el usuario final considera que allí, en esa institución, no hay nada para él, es cuando la biblioteca y sus responsables fracasaron.

Y el tiempo sigue su curso, insensible a las circunstancias de los humanos. Y cada minuto perdido jamás retorna.

¿Cuando camina la biblioteca hacia su fracaso y hacia su muerte como sistema? Generalmente, cuando pretende dar al destinatario algo que éste no necesita, y cuando, por otro lado, no proporciona lo que necesita urgentemente. Y eso es algo que ocurre en cada rincón de nuestro universo profesional. Aunque esta última afirmación parezca insensata en estos tiempos de "evaluaciones", "estudios de usuarios" y "gestión bibliotecológica", aún hay bibliotecas que pretenden implantar a su realidad un modelo determinado, sin darse cuenta de que, como sistema vivo que debe ser, es la propia unidad la que debe adaptarse a los requerimientos, circunstancias y oportunidades de su medio.

La réplica de modelos preestablecidos puede ser útil en algunos casos, especialmente porque marca un camino seguro y libre de sobresaltos. Pero no nos engañemos: lo que es bueno para uno, o lo que funcionó en un lugar, no tiene por qué funcionar, obligatoriamente, en otro. Por lo general, los modelos ya existentes –y no adaptados previamente a las nuevas condiciones– suelen ser considerados como implantes extraños en las comunidades destinatarias: tales implantes casi siempre son rechazados y fracasan estrepitosamente. Por ende, es importante oír las necesidades y las voces necesitadas, conocer el contexto humano y espacial, buscar la solución más adecuada e implementarla con los recursos existentes, de la mano de las personas implicadas.

La biblioteca trabaja en, por, para y con la comunidad. Esta frase nunca debe ser olvidada. Son muchas las unidades de información que se emplazan en el corazón de poblaciones y que allí siguen, inútiles y vacías. En su orgullo, se han creído salvadoras, heroínas capaces de moldear a la gente a su gusto y de darles lo que el sistema dominante cree conveniente dar. Pocas veces los usuarios quieren eso. En realidad, es el proceso contrario: la biblioteca es la arcilla que el pueblo va a moldear a su entero placer hasta que tenga una forma adecuada. Y solo entonces, beberán de ese recipiente de arcilla todo el saber que guarde en su interior.

No será de otra forma. Jamás será de otra forma.

No dejemos que el tiempo pase en vano. Tomemos la iniciativa, oigamos a la comunidad, demos voz y participación a los usuarios, convirtamos la biblioteca en el espacio cultural e informativo que debe ser, respondiendo a las preguntas que se le hacen en vez de dar respuestas a lo que nunca se preguntó ni será preguntado. Sólo de esta forma, esos sistemas seguirán vivos, creciendo, reproduciéndose, regenerándose. Sólo de esa manera, nosotros aprenderemos cada día un poco más. Sólo a través de ese camino dejaremos de ver tantas bibliotecas muertas, aunque ellas pretendan convencernos de que están vivas.

Sólo así, el tiempo no se nos escapará como arena entre los dedos...

Ilustración.