Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

noviembre 24, 2007

Infodiversidad, utopía y un viaje a México

Infodiversidad, utopía y un viaje a México

Por Edgardo Civallero

Mientras leen estas líneas, mis pasos se encaminan hacia Guadalajara, capital del estado de Jalisco, en México. Guadalajara es una gran ciudad asentada en el Valle de Atemajac, y constituye el segundo municipio más poblado de México, con más de millón y medio de habitantes. Es famosa, según dicen, por sus tradiciones, su gastronomía y sus atracciones culturales y recreativas; entre éstas últimas se cuenta la FIL, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la mayor de Hispanoamérica –en cuanto a número de editoriales participantes– y la segunda del mundo después de la de Frankfurt. Al mismo tiempo que la FIL (y en el mismo espacio) se celebra el XIV Coloquio Internacional de Bibliotecarios ("Infodiversidad: la biblioteca como centro multicultural") al que he sido invitado para dictar un taller sobre "infodiversidad y el papel de las bibliotecas" entre los días 26 y 28 de noviembre.

Si ya se han dado cuenta de que "infodiversidad" significa "diversidad informativa" o "la información en/de un mundo culturalmente plural", los felicito por su sagacidad, que merece toda mi admiración. Yo no lo tuve tan claro, así que, antes de dar mi respuesta a la invitación de los colegas mexicanos, decidí investigar el término, para tener la certeza de que la temática que me ofrecían estaba dentro de mi campo de conocimiento y si, por ende, iba a ser capaz de brindar un taller –o cualquier actividad por el estilo– en forma seria.

Me encontré con algunos textos de la mexicana Estela Morales Campos (probable inventora del palabro) que me permitieron averiguar que, efectivamente –merced a mi experiencia de trabajo– podía dar un taller sobre el tema. Básicamente, el constructo busca recuperar la importancia de la diversidad y la pluralidad humanas, expresadas perfectamente en la información producida por las diferentes culturas del planeta (entiéndase "cultura" en su acepción más amplia). El taller que dictaré en Guadalajara se centrará, pues, en mostrar el rol que pueden (y/o deben) jugar las bibliotecas en un mundo en el cual esta "infodiversidad" se ve constantemente amenazada.

¿Amenazas? Sí, y no pocas. Por un lado, la enorme presión de lenguas y culturas dominantes, que lleva a que el 96 % del plantea hable el 4 % de los idiomas existentes y a que el 90 % de las lenguas del mundo no estén representadas en la Internet. Bajo estas condiciones, la "revolución digital" y la "sociedad del conocimiento" (y su enorme influencia en el mundo actual) son una amenaza potencial para la supervivencia de las culturas locales y minoritarias. La cultura "global" –es decir, la de las naciones dominantes– está aplastando literalmente a las culturas regionales. Si no lo creen, intenten buscar, por ejemplo, cuántas páginas web en lengua quechua (hablada por cientos de miles de personas en Sudamérica) hay en la Internet. O cuántos archivos de la música, relatos, costumbres e historias tradicionales de Castilla La Vieja encuentran. O cuánta música de gaita y chicote de Colombia pueden descargar. O cuántas recetas de la isla de de Chiloé (Chile) o del norte de Paraguay son capaces de encontrar. Comparen eso con la cultura dominante, tan bien representada.

Por supuesto, estos medios y tecnologías pueden ser usados a favor de los grupos menos representados (que son los que dotan a nuestra cultura de su amplia diversidad; sin ellos seríamos un mundo bastante homogéneo y gris). Sobre cómo usarlos –he ahí la cuestión– aún falta decidirse y establecer planes y estrategias...

Por otro lado, las brechas digitales se extienden. Ya no se trata simplemente de que existen áreas de nuestro plantea en las cuáles una computadora no se puede encender porque no hay electricidad, o porque no llega la línea telefónica, o porque una computadora es un bien de lujo. Se trata de analfabetismo informacional, se trata de falta de pertinencia en los usos que gran parte del planeta puede darle a esos elementos... Otras barreras también se convierten en amenazas: el copyright es un buen ejemplo.

Nuevamente, estas barreras pueden eliminarse lentamente. No tienen porqué ser, obligatoriamente, amenazas. Pueden convertirse en oportunidades. Pero hasta ahora, el progreso en tal "eliminación" ha sido lento.

¿Más amenazas? La fuerza de las culturas (y la información) urbanas sobre las rurales, la de las culturas "políticamente correctas" sobre las "alternativas", la del "sexo fuerte" sobre el "sexo débil", la de la edad laboral sobre otras edades, la de la "historia oficial" sobre la "no oficial". Todos esos fragmentos presionados pertenecen a nuestra identidad, nos hacen ser quiénes somos. Si desaparecen, una parte de nosotros se irá con ellos.

¿Qué puede hacer la biblioteca? Ofrecer su espacio para que todas las voces suenen, sean recuperadas, organizadas y difundidas. Para que la cultura de los punkies urbanos y los campesinos estén presentes por igual; para que los folletos anarquistas y oficiales tengan el mismo valor informativo; para que pueda accederse conocimiento indígena y europeo en idénticas condiciones; para que las lenguas distintas de la oficial no sean parte de "colecciones especiales".

De esto tratará mi taller, y espero que, a través de las actividades que plantearé, puedan recuperarse experiencias, opiniones e ideas que permitan a los participantes darse cuenta del poder que llevan entre sus manos.

Mientras tanto, encuentro que muchos colegas –y no colegas– opinan que hacer frente a las corrientes dominantes –esas que se presentan como "amenazas" a la diversidad y a la pluralidad– es una "utopía". Me gusta esa palabra, por cierto, pero empiezo a cansarme un poco de que cualquier enfrentamiento a lo "establecido" sea tomado como un delirio. Si resolvemos tirar la toalla y bajar los brazos ante cualquier reto y decidimos que no vale la pena enfrentar a la corriente más fuerte porque es inútil, entonces viviremos en mundo de destrucción y olvido. Un mundo en el que la administración Bush y sus aliados seguirán arrasando países y matando civiles sin que nadie diga nada (porque, ¿quién se opondrá?). Un mundo en el que terminaremos hablando una lengua que no es la que aprendimos en casa (porque "todo el mundo la habla, y es lo mejor para comunicarse"). Un mundo en el que leeremos, aprenderemos y haremos lo que nos digan (porque eso es lo "correcto"). Un mundo en donde ser diferente del estándar será una maldición. Un mundo en donde ser mujer, niño, anciano, enfermo, pobre, negro, latino, árabe, campesino, indígena, o tantas otras cosas será una condena a subsistir en un limbo.

Si seguimos considerando que enfrentarse a esas cosas es "imposible", bajemos los brazos y corramos como corderos de un rebaño, esperando a que nos toque poner el pescuezo bajo el cuchillo del matarife. Ya nos llegará la hora, como les está llegando a otros tantos desafortunados. O bien adaptémonos y convirtámonos en algo que no somos ni quisimos ser. Por mi parte, prefiero creer que un mundo plural es posible, y defenderlo con lo que hago, y dejar de pensar en "utopías" como "sueños" para pensarlas como "posibilidades". Posibilidades por las que hay que luchar, al menos si queremos que tengan alguna oportunidad de verse realizadas.

Con estas ideas parto a México. Desde Argentina, un fuerte abrazo.

Ilustración.

noviembre 18, 2007

Tirar la toalla

Tirar la toalla

Por Sara Plaza

Encontré hace unos días una brillante respuesta que el escritor cubano, Leonardo Padura, daba en una entrevista concedida al periodista Mauricio Vicent para el diario El País: "Si uno tira la toalla sólo se la puede tirar sobre la cabeza, y ésa no es una opción". Me gustó tanto que estuve dándole vueltas durante un buen rato, pues yo siempre había pensado que si alguna vez decidía tirar la toalla, lo haría sobre la cabeza de otro no sobre la mía propia. Por eso le dediqué tiempo a la respuesta de Padura y empecé a pensar que tal vez el autor cubano estaba en lo cierto y que, efectivamente, cuando uno tira la toalla lo único que hace es taparse la cara con ella. Y por supuesto que ésa no es una opción. ¿Cómo va a ser una opción esconderse? Porque, ¿qué otra cosa estaríamos haciendo al cubrirnos la cabeza con la toalla sino dejando de ver? ¿Qué otra cosa pretenderíamos sino que los demás no nos viesen?

El problema, siempre hay alguno, es que uno es el peor juez de sí mismo y a nosotros no podemos engañarnos (ni siquiera estoy segura de que podemos engañar a los demás, aunque algunos intentos hayan tenido resultados más que satisfactorios a lo largo de la historia). No sé si ustedes cuando eran niños escucharon a sus padres o a sus abuelos decirles aquello de "la mentira tiene las patas muy cortas" o "se agarra antes a un mentiroso que a un cojo". Yo se las oí decir a mis padres muchas veces y poco a poco fui comprobando cuán ciertas eran. Sin embargo, dado que en la vida nada es lo que parece y que casi todo se parece a algo, también aprendí que las mentiras tienen sutiles maneras de estirar sus patas, y que los mentirosos pueden moverse muy deprisa en esta realidad que tantas veces nos invita a tirar la toalla.

Pero no, la mentira tampoco es una opción, como no lo es el engaño, como nunca lo fue el olvido ni lo será el silencio. No son opciones porque siguiendo sus huellas no hallaremos nada más que nuestra propia derrota. Y perder no le gusta a nadie, sobre todo cuando está en juego nuestra vida. No digo que seguir esos caminos esté mal ni bien, sólo estoy afirmando que no llevan a ninguna parte. Supongo que todas las personas elegimos recorrer alguna de esas sendas en un determinado momento de nuestra vida. Los seres humanos no nos conformamos con aprender de las experiencias de otros, queremos andar el camino nosotros mismos, tropezarnos las veces que haga falta y levantarnos otras tantas. Por eso, cuando nos damos cuenta de que no vamos hacia ningún lado, de que estamos estancados (algo que no es sencillo ni ocurre rápidamente), buscamos el modo de encontrar una salida.

Podemos taparnos la cara y fingir que no la hay, pero ya estaríamos hallando una: darnos por vencidos. O bien podemos refrescárnosla con agua bien fría, parpadear varias veces y mirar un poco más allá. Ésa sí me parece una opción y sin duda la mejor salida: seguir adelante. ¿Las razones? ¿Los motivos? Quizás no seamos capaces de encontrarlos, pero conviene pensar que los hay, que están ahí, que merecen la pena. Sobre todo, es saludable buscarlos en las cosas más sencillas, en lo que amamos, lo que nos importa, lo que nos gusta, lo que sabemos hacer, lo que podemos aprender y, en caso de duda, recordar lo que ni amamos, ni nos importa, ni nos gusta, ni sabemos ni queremos aprender. Fácil no es, dificilísimo tampoco. El amor no lo puede todo, pero no nos equivoquemos, tampoco el dinero.

Me quedo con el compromiso, con las ganas, con el empeño y apuesto por la alegría. Buenas herramientas todas para intentarlo de nuevo, para no tirar la toalla. Y me dirijo a todas aquellas personas que trabajamos para que la realidad sea otra, para cambiar lo que no está bien, para equilibrar un poco la balanza, para acortar otro poco las distancias, para que las brechas no se hagan cada día más grandes, para que todos encontremos nuestro lugar en el mundo, para que podamos decir nuestras palabras y escuchar las de otro. Escribo estas líneas a modo de empujoncito, para que cada cual siga haciendo lo que mejor sabe hacer en esa dirección. Para que cuando nos cansemos (porque ir contra la corriente no significa estar equivocados, pero es cierto que cuesta mucho y es cansado) nos sentemos un rato, recuperemos el aliento y continuemos trabajando por lo que creemos, por lo que defendemos, junto a quienes creen y defienden algo parecido aunque no piensen igual, aunque muchas veces no estemos de acuerdo. No hay una sola forma de hacer las cosas, ni está claro que una sea siempre mejor que otra: permitámonos no tener razón a veces, y escuchemos la de los demás; démonos permiso para equivocarnos y veamos cómo otros acertaron...

Es un gran triunfo haberlo intentado, pero todavía sabe mejor seguir haciéndolo. Y por supuesto, de vez en cuando, hay que lograr lo que nos habíamos propuesto. Por eso, si nos parece que tirar la toalla no es una opción, lo mejor que podemos hacer es usarla para secarnos la cara después de habérnosla refrescado, y seguir adelante con ella bien alta, digamos que a la misma altura que deberíamos de llevar siempre el corazón...

"Hay que tener el corazón en lo alto para que no se hunda, para que no se nos vaya. Y para no ir uno mismo haciéndose pedazos".
María Zambrano


Ilustración.

noviembre 11, 2007

Y una biblioteca… ¿para qué?

Y una biblioteca... ¿para qué?

Por Edgardo Civallero

Esto se preguntan muchas comunidades de aborígenes australianos que viven en las islas del Estrecho de Torres, un brazo de mar que separa la gran isla-continente de la (bastante desconocida y aislada) Papúa Nueva Guinea. Gran pregunta para la que los bibliotecarios solemos tener respuestas estandarizadas (adquiridas en libros y clases teóricas) y, a veces, poco convincentes... incluso para nosotros mismos.

Me he tropezado con el mismo interrogante durante mis trabajos de campo en el noreste argentino, también en comunidades indígenas, y en muchos de mis talleres en América Latina, y en mis conferencias aquí y allá. La pregunta se repite, y cada vez encuentro más motivos para pensarlo dos (o más) veces antes de responder.

Y, si debo ser honesto con ustedes y conmigo, tales respuestas me satisfacen más bien poco.

A lo largo de mis trabajos de investigación sobre servicios bibliotecarios en zonas rurales y en comunidades indígenas, e incluso a través de este mismo weblog o de espacios de discusión sobre otros tópicos bibliotecológicos y sociales, he ido ganándome la amistad de muchos colegas de todo el mundo que trabajan en los sitios más dispares. Entre ellos se cuentan desde docentes universitarios e investigadores freelance a directores de sistemas bibliotecarios estatales y colegas que trabajan en un mostrador de préstamo. Quizás por mi propia naturaleza, mantengo una relación más fluida con aquellos que trabajan en el campo, con escasos recursos y en situaciones que no provocarían precisamente ganas de sustituirlos en su puesto.

Un puñado de ellos trabaja en las islas que nombré al inicio de esta entrada, y son de origen aborigen. Melanesios, para ser más exactos. Son llamados "Torres Strait Islanders", es decir, "habitantes de las islas del estrecho de Torres", y han sufrido la secular persecución de las fuerzas colonizadoras (inglesas, en aquel extremo del planeta) y la presión de los sucesivos gobiernos australianos hasta tiempos recientes, en los cuáles las llamadas "leyes de reconciliación" comenzaron a intentar minimizar los daños causados y lograr armonía, paz, equilibrio e igualdad.

Desde esa perspectiva conciliatoria y multicultural, bibliotecas estatales como la del estado de Queensland (que ocupa la porción NE de Australia, y al cual pertenecen las islas del estrecho) han planteado políticas, estrategias y servicios –muy bien diseñados, por cierto– orientados a proporcionar acceso a la información a las comunidades aborígenes locales. La de Queensland, particularmente, ha creado una magnífica red de IKC, Indigenous Knowledge Centers (Centros de Conocimiento Indígena) que se han instalado en comunidades aborígenes para servir no sólo como biblioteca, sino como centro de reunión y casa cultural.

Con algunos de los bibliotecarios que operan los IKCs instalados en las [aisladas] islas del Estrecho de Torres es con quiénes comparto ideas y amistad (cuando la Internet lo permite, por supuesto).

El planteamiento básico de esta propuesta australiana es estupendo, y no dejo de aplaudir tal experiencia. Sin embargo, tras las buenas iniciativas y deseos, aparece una realidad más abrumadora: los usuarios potenciales se esfuerzan en seguir siendo eso: potenciales. No visitan la biblioteca. De acuerdo a evaluaciones iniciales, no encuentran en ella nada que sea útil (a pesar de las numerosas fotos oficiales que los muestran leyendo y disfrutando del agradable ambiente bibliotecario) y la siguen considerando "cosa de blancos". Usan de tanto en tanto la Internet, pero el acceso a ese medio de comunicación se vuelve difícil y costoso en esas regiones, demostrando que la brecha digital no sólo existe entre el norte y el sur. Y los responsables de esas unidades –que son recursos humanos reclutados y formados entre la propia comunidad– encuentran escaso apoyo. De hecho, uno de los proyectos más ambiciosos de la Biblioteca Estatal de Queensland para proveerles de educación continua se propuso enviar profesionales ya formados a esas comunidades por un plazo máximo de seis meses para ayudarles en su trabajo y su capacitación. Sólo una docena de voluntarios se ofreció, y ninguno superó las cuatro o seis semanas de trabajo.

Estos comentarios no pretenden ser una crítica a un sistema bibliotecario que me parece, junto al de Nueva Zelanda, el mejor del mundo en referencia a servicios para indígenas. Sólo buscan ser una reflexión que me permita entender porqué no puedo dar una respuesta satisfactoria a esa pregunta que tantas veces se ha venido repitiendo en mi camino en los últimos tiempos, especialmente cuando hablo de bibliotecas rurales, indígenas o poblaciones desaventajadas (de las cuáles hay abundantes ejemplos en nuestro continente).

"Y una biblioteca... ¿para qué?"

"Para leer, para encontrar información, para adquirir cultura, para aprender sobre sí mismos y sobre el mundo" respondo.

"La información que hay en esos estantes o en la Internet no tiene nada que ver con nosotros, ni está en nuestra lengua, ni nos ayuda en nada. Entonces, una biblioteca... ¿para qué?".

"Para apoyar la escolarización de los niños, para sustentar la propia cultura en forma bilingüe, para promover la interculturalidad" respondo.

"En la escuela y en la biblioteca, a nuestros hijos los aculturan y los presionan, lo mismo que a nosotros en la calle y en el trabajo. La multiculturalidad es un cuento: sólo es cultura dominante más una pizquita de cultura minoritaria para ser ‘políticamente correctos'. Y, de todas maneras, nosotros y nuestra cultura no estamos representados en los libros o en la Internet. Al menos, no estamos bien representados. Entonces, la biblioteca... ¿para qué?".

"Para promover planes de alfabetización, para aprender a leer y a escribir..." sigo intentando.

"¿Y quién nos va a enseñar a leer y a escribir? ¿El bibliotecario, que apenas puede con sus tareas? ¿Los voluntarios, que vienen y se van lo más rápido que pueden, como si nosotros apestáramos o contagiáramos pobreza? Y... de enseñarnos, ¿me van a enseñar la lengua del país o la mía? ¿O ambas? ¿O ninguna? Nada de eso nos ha mostrado la biblioteca. Entonces, me sigo preguntando: una biblioteca... ¿para qué?".

"¿Para divertirse?" intento tímidamente.

La respuesta a este último intento mío es una sonrisa. Una sonrisa triste, o quizás irónica. Nada más. Y nada menos.

Siempre termino destrozado por tantas razones que sé verdaderas, aunque también sepa que no siempre y en todas partes es así y que conozco muchos ejemplos de bibliotecas que, proveyendo servicios a poblaciones "complejas", sí funcionan. Lamentablemente, parece que, en conjunto, son minoría.

Mientras tanto, a mi casilla siguen llegando correos de amigos y conocidos que, quizás sin quererlo, terminan ayudándome a comprender que la razón de mi imposibilidad para responder la fatídica pregunta está en la desconexión entre la biblioteca teórica y oficial y los usuarios reales. En esos mails me hablan de bibliotecas virtuales programadas en poblaciones que no saben leer o no tienen electricidad; libros enviados a comunidades aborígenes escritos en castellano, por no-aborígenes para no-aborígenes; bibliotecarios que desconocen las características de los destinatarios de los servicios que prestan y que, con sus actitudes, perpetúan discriminación y exclusión; horas del cuento en las que se leen los clásicos de Perrault y se dejan de lado las toneladas de relatos tradicionales del propio pueblo...

Hay una desconexión aterradora entre las ideas y proyectos teóricos / oficiales y la realidad. Y esa realidad sigue rechazando de plano las propuestas que le suenan extrañas y que no responden a sus búsquedas. Y siguen formulando la pregunta que me persigue.

"Y una biblioteca... ¿para qué?"

Será necesario que encontremos pronto una respuesta convincente y realista a esa cuestión, aunque eso nos cueste renunciar a nuestras estructuras mentales y profesionales. Al menos, lo creo necesario si es que pretendemos tener éxito en nuestros esfuerzos y en nuestras propuestas.

Ilustración.

noviembre 04, 2007

Usos y abusos en nombre de la lengua

Usos y abusos en nombre de la lengua

Por Sara Plaza

"Ese modo está mal expresado", "así no se dice", "eso no es castellano"... son algunas de las formas como un número nada desdeñable de docentes sanciona (por que no me parece que ésa sea la manera de "corregir" nada) el modo en el que sus alumnos preguntan, responden, explican, cuentan, ejemplifican, comentan... Los escuché siendo niña, mientras asistía a la escuela de mi pueblo, los repetí siendo adolescente para censurar el habla de mis padres, los sufrí siendo joven cuando, en reuniones con amigos que habían crecido en la ciudad, se reían de mi habla "vulgar", "de campo"... Porque aunque la escuela y el instituto penalizaron las marcas lingüísticas que caracterizaban a mi comunidad, a mi familia y a mí misma, nunca he podido deshacerme de ellas por completo y, en situaciones informales, en conversaciones relajadas, en muchos momentos de la vida cotidiana, forman parte de mi manera de decir, de contar, de pensar, de interpretar... Por eso, porque son las que me sirvieron para comunicarme con mis padres, con mis abuelos, con mis amigos del colegio, en los comercios del pueblo.

Si me descuido, hasta se cuelan en mis escritos más formales, en mis explicaciones, en mis opiniones más elaboradas. Me paso la vida con el diccionario en la mano y siempre estoy dudando de la forma correcta de expresar tal o cual cosa... Ése es mi gran pesar: no el uso constante del diccionario, eso no, sino el hecho de que a través de la educación que recibí en el aula me enseñaran que había cosas que estaban bien y cosas que estaban mal. En las clases no hubo espacio, tiempo ni oportunidad para descubrir que todas las variedades lingüísticas de una lengua son válidas, valiosas y necesarias, y que su mayor o menor grado de acierto dependerá del momento, del lugar, de lo que estemos comunicando, a quién se lo estemos comunicando, en qué circunstancias... y un largo etcétera que sólo viene a confirmar que no hay una única, buena y verdadera manera de hablar nuestro idioma sino una maravillosa diversidad de modos de comunicarnos con ella, a través de ella.

A propósito de mis propias marcas lingüísticas, y de las numerosas sonrisas que han propiciado a lo largo de estos años, debo aclarar que el paso del tiempo ha limado la amargura de aquella mueca que descubrí en los labios de mis amigos citadinos y me ha mostrados otras mucho más lindas en los de Edgardo, que los curva cada vez que me sale un dicho de mi tierra, en los de muchas personas mayores que reconocen en mis giros, los de aquella Castilla que llamaron la Vieja... Y ha sido su alegría la que me ha permitido valorar mi identidad (no sólo la lingüística), la que me ha hecho volver la mirada con infinito cariño, y hasta con cierto orgullo, hacia el lugar donde nací y a mi infancia en un contexto rural...

Además, me he dado cuenta que las idas y venidas entre el pueblo y la ciudad, a lo largo de mi adolescencia y de mi juventud, me permiten hoy moverme y relacionarme en ambas realidades, y esa capacidad de diálogo con realidades distintas la he incrementado al haber podido vivir en diferentes países y dejar que mis ojos se adaptasen a sus amaneceres; que mis pasos hicieran crujir el pasto para, unas veces silenciar a un ejército de grillos, y otras despertar a un puñado de sapos más grandes que mi mano; que esas mismas manos me doliesen de aplaudir los sonidos de instrumentos que al principio no supe nombrar...

No es extraño que estando lejos –y no me refiero sólo a la distancia– aprendamos el valor de lo que hasta entonces habíamos tenido tan cerca, pues la vida se encarga de mostrárnoslo, pero creo que es una lástima que no nos lo enseñe mucho antes la escuela. Considero que es verdaderamente lamentable que dicha institución siga negándonos –en demasiadas ocasiones todavía– nuestra identidad, rechazando nuestra manera de hablar, penalizando nuestras variedades lingüísticas frente a la lengua estándar.

Sobre todo esto me puse a pensar hace unos días, mientras leía "Hacia una educación intercultural en el aula" [1] editado por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología de Argentina, y volver varias veces sobre un texto de la profesora María Mercedes Sosa, que aparece en el capítulo 4 del mismo. Me gustaría finalizar con sus reflexiones pues he encontrado en sus líneas todo eso que me hubiera encantado aprender hace mucho, mucho tiempo...

... es verdad que la escuela es el lugar que debe impartir la enseñanza de la variedad estándar, ya que su conocimiento permitirá a los alumnos desenvolverse cómodamente en situaciones que requieran formalidad. Ahora bien, cumplir con este objetivo no significa desmerecer y desvalorizar el dialecto de nuestros niños; tratar de cumplir con este objetivo no significa "borrar" del chico marcas lingüísticas que caracterizan su lugar de origen: natal, de edad, de clase social, de su ámbito de pertenencia.

Rechazar su variedad, equivale a rechazar su identidad. La lengua materna, aquella que la criatura escuchó de sus padres, de sus abuelos, de sus hermanos mayores, de su comunidad es la que le sirvió como instrumento de comunicación y de afecto. A través de ella el niño aprendió a construir su mundo. La palabra "madre" lo ligó al mundo; la copla, los rezos, los cantos, los relatos, los chistes, los silencios, fueron constituyéndolo como individuo y enlazándolo con la comunidad.

Entonces, ¿qué hacer? Fundamentalmente respetar a nuestros niños y respetarnos a nosotros mismos, asumir que los docentes también pertenecemos a un ámbito social y cultural y, por ello, también tenemos nuestros giros. Nuestros modos, ¿los olvidamos cuando entramos a la escuela? Seguramente no, seguramente al conversar con nuestra familia, nuestros amigos en situaciones distendidas se nos disparan los jujeñismos [2] y nos sale: "el chango", "la chuti", "la Marga" en lugar de Marga, el "pará pué" en lugar de detente, el "chorco" en lugar de duro, las "chuncas" por las piernas.

Enseñar lengua no es enseñar a hablar, el niño ya sabe hacerlo cuando llega a la escuela. Enseñar lengua no es impartir reglas mecánicas y aplicables, enseñar lengua es contribuir al desarrollo del lenguaje, es contribuir a la creatividad, es poner a disposición del chico todas las posibilidades que ofrece el lenguaje para comunicarse en diversas situaciones comunicativas.

Enseñar lengua no debe ser sacar tarjeta roja permanentemente: si así lo hacemos nadie querrá jugar –en este caso expresarse– por temor a equivocarse.


[1] Lasala, M. y Sosa, M. M. "Hacia una educación intercultural en el aula". Buenos Aires: Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, 2006.
[2] Característica del habla de los jujeños, es decir, los naturales de la provincia de Jujuy, en la frontera entre Argentina y Bolivia. Su castellano incorpora marcas de las lenguas Quechua, Aymara y otras.

Ilustración.