Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

diciembre 17, 2007

El mundo es de los malos

El mundo es de los malos

¿Será la imaginación el coto de los buenos?

Por Sara Plaza

Se cumplía el 59º aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU; se acaban de entregar los Premios Nobel de 2007 que, según dijo el doctor Marcus Storch en su discurso inaugural "este año ... pueden ser vistos desde una perspectiva diferente ... desde la investigación aplicada al progreso social"; y en Bali se estaba celebrando la Cumbre del Clima (10 años después de la firma del Protocolo de Kyoto ) que debería lograr un acuerdo para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero entre un 25% y un 40% en 2020. A primera vista podríamos pensar que hace una semana nuestro planeta, como aquel París de Hemingway, "era una fiesta" con tanta celebración en su agenda internacional... Sin embargo, en mi modesta opinión, son tantas las asignaturas pendientes que, mientras iba de una noticia a otra en el diario, no pude por menos de protestar y patalear y enojarme de veras por todo lo que no entiendo (o tal vez no me termino de creer), por todo lo que me parece injusto, por todo lo que considero que atenta contra el sentido común, no digamos contra la vida... Mis continuos comentarios impidieron seguir trabajando a Edgardo, que dejó su escritura para sentarse a mi lado y pedirme que le contara por qué estaba tan enfadada. Le fui resumiendo los grandes temas de los que se ocupaban los titulares y me detuve en algunos artículos de opinión, repasé la sección de noticias internacionales y le di cuenta de las nacionales después. Cuando concluí, me miró con una sonrisa (la mía se había borrado con la pataleta) y me dijo simplemente: "¿Qué querés? El mundo es de los malos". Me quedé callada por un rato y fui digiriendo despacito ese puñadito de palabras. Seguí leyendo un poquito aquí y otro poquito allá y encontré que la ganadora del Nobel de Literatura, Doris Lessing, no se había mostrado mucho más optimista que yo al denunciar en Estocolmo (a través de un texto que leyó su editor, pues ella no pudo asistir a la ceremonia), esa línea bien visible, esa brecha bien profunda, que separa a los pocos que tienen mucho de los muchos que no tienen de nada, y de la existencia de escuelas paupérrimas de la India y África sin textos ni tizas donde, sin embargo, el interés por la lectura es enorme. No obstante, refiriéndose a la creación literaria (aunque, a mi modo de ver, podría ser perfectamente un ingrediente de la vida cotidiana) explicó:

Supongamos que las aguas anegan nuestras ciudades con la subida del nivel de los mares; el narrador permanecerá, porque es la fantasía la que nos enriquece, la que nos mantiene, la que nos crea, para bien y para mal.

Por un lado, no pude evitar retroceder unas cuantas páginas en el diario y volver sobre el artículo Contaminemos como los ricos. India reivindica su modelo de fuerte crecimiento con alto coste ecológico[1]. En el último párrafo se decía: "... los efectos del cambio climático ya han llegado a India: a unas horas de Calcuta, sobre la costa del Estado de Bengala Occidental, dos de las islas pobladas del archipiélago de los Sundarbans, se han sumergido bajo el agua dejando los primeros miles de refugiados a causa del calentamiento". Por otro lado, busqué entre mis escritos una colaboración que realicé para una colección que estaba editando una bibliotecaria universitaria ecuatoriana, con el fin de poner ante los ojos de los estudiantes, y entre sus manos, pequeños ensayos sobre la vida y la obra de protagonistas notables de la cultura, la educación, la lucha social, etc., en Latinoamérica. Entre mis líneas citaba las muchas que escribió el educador brasileño Paulo Freire y recordaba unas muy especiales, a las que he regresado muchas veces para poder seguir avanzando:

Aceptar en la esencia de la naturaleza humana, históricamente constituida, la necesidad de soñar me parece fundamental. Yo encuentro el sueño como proyecto fundamental de los sujetos históricos ... Hoy defiendo con la misma fuerza que lo defendí antes el derecho a soñar.

A propósito de defensas, me acordé de la que hacía Benedetti de la alegría, y su poesía me dejó a las puertas de la utopía, y otra vez ante las palabras de Freire

La utopía revolucionaria tiende a ser dinámica más bien que estática; tiende a la vida más que a la muerte; al futuro como un reto a la creatividad del hombre, más que a una repetición del presente; al amor como liberación de los sujetos en vez de una posesividad patológica; a la emoción de la vida más que a las frías abstracciones; a vivir juntos en armonía en vez de vivir gregariamente; al diálogo en lugar del mutismo; a la praxis más que a ‘la ley y el orden'; a hombres que se organicen a sí mismos reflexivamente para la acción, en vez de hombres que son organizados para la pasividad; al lenguaje creativo y comunicativo en lugar de los códigos prescriptivos; a los desafíos reflexivos en lugar de a los slogans domesticantes; y a los valores que son vividos más que a los mitos que son impuestos.

De modo, que al final de la mañana, seguía pensando que quizás Edgardo tenía razón y el mundo era de los malos, pero que, sin duda, la imaginación de Lessing y los sueños de Freire, nos pertenecían a todos los que todavía creemos en nuestra propia capacidad para imaginar y para soñar, a tantos hombre y tantas mujeres, tantos niños y tantos ancianos que nos enojamos y protestamos, y no nos conformamos con una realidad que, aunque se vista de fiesta para celebrar declaraciones pasadas y acuerdos a futuro, sigue suspendiendo la asignatura más importante de todas: el presente de millones de personas que malviven hoy y difícilmente sobrevivirán mañana.

De nosotros depende usar la imaginación, poner en práctica los sueños, llevar adelante la utopía. No sé si eso nos hace buenos, ni siquiera mejores, pero nos hará más personas y nos brindará oportunidades para sentirnos vivos y defender la vida, nuestras ilusiones y nuestra alegría sin arruinar las de millones de seres humanos.

[1] Diario EL PAÍS, martes 11 de diciembre de 2007. Edición Internacional

Ilustración.

diciembre 09, 2007

Lo que cuentan nuestros libros

Lo que cuentan nuestros libros

Por Edgardo Civallero

"Ningunos otros indios rioplatenses fueron más implacables en sus odios, más crueles en sus venganzas, ni más terriblemente antropófagos".

Esta frase se refiere al pueblo Guaraní, y fue escrita por el sacerdote jesuita Guillermo Furlong en su libro "Misiones y sus pueblos de guaraníes" (Buenos Aires: Theoria, 1962, pp.72-75). Conservo hace tiempo el libro de Furlong entre mis pertenencias como ejemplo de incomprensión total. Es curioso saber que los textos de ese sacerdote aún siguen siendo incluidos en muchas bibliografías sobre pueblos originarios. ¿Sabemos que contienen las páginas de nuestros libros? ¿Sabemos qué hay de cierto y qué hay de falso en ellas? ¿Sabríamos orientar la lectura de un usuario a través de páginas como las que pienso mostrarles en esta entrada?

Los Guaraní se llaman a sí mismos Avá, que en su lengua (el avá ñe'é) significa sencillamente "hombres" (el nombre de su idioma significa "la lengua de los hombres"). El epíteto "guaraní" significa, en su propia lengua, "guerreros", algo que ciertamente fueron a lo largo de sus siglos de historia, jamás escrita por ellos mismos sino por las plumas de aquellos que los visitaron, que los conocieron y que los comprendieron, a veces mucho, otras muy poco. Los Guaraní pertenecen a un tronco mayor, el Tupí-Guaraní, una familia lingüística que cubre un amplio territorio dentro de Sudamérica, desde Brasil a Argentina y el oriente boliviano. En sus tierras ancestrales se radicaron las primeras misiones jesuíticas del sur del continente, las cuales crearon un verdadero imperio (al decir del escritor argentino Leopoldo Lugones). En aquellas "reducciones" se dieron prácticas que algunos consideran "civilizadoras" y otros "aculturadoras", y cuyo análisis depende de la perspectiva con la que se analicen. Fue en esas misiones donde se construyó la primera imprenta del Virreinato del Río de la Plata, que luego sería transportada a la ciudad de Córdoba, desde donde les escribo. Allí, en las misiones, se imprimirían los primeros libros de la región, escritos en castellano y guaraní, generalmente diccionarios, vocabularios y sermones que servían a los misioneros para su trabajo evangelizador, pero que, a la vez y paralelamente (aunque quizás inconscientemente) nos sirven en la actualidad para recuperar muchas costumbres y rasgos lingüísticos.

Son muchísimos los antropólogos, historiadores y lingüistas que se refieren a la lengua guaraní como una de las más ricas y dulces del continente. La poesía y la belleza que impregna su construcción puede apreciarse en los diferentes idiomas guaraníes actuales, desde el avá ñe'é paraguayo (lengua oficial del Paraguay, hablado también en las provincias argentinas de Corrientes y Misiones) hasta el aché, el Pai tavyterá, el kaiwá, el Avá-chiriguano o el sirionó. Su pronunciación melodiosa y las posibilidades de su vocabulario nos muestran un idioma complejo, hermoso y, sobre todo, vivo. Diría al respecto otro jesuita, el padre Ignacio Chomé:

"Confieso que extrañé mucho hallar en ella tanta majestad y energía. Cada palabra es una definición exacta que explica la naturaleza de lo que se quiere dar a entender, y da de ello una idea clara y distinta. Nunca hubiera yo imaginado que, en el centro de la barbarie [sic], se hablase una lengua que, a mi juicio, por su nobleza y por su armonía, no es inferior a las que había yo aprendido en Europa. Tiene, por otra parte, sus delicadezas y agrados, y pide muchos años para llegar a poseerla con perfección".

Por otro lado, las literaturas (orales y escritas) y las cosmogonías Guaraníes se destacan por su exquisita riqueza, por el uso de metáforas y por la posesión de una cosmovisión mágico-religiosa complejísima. Además, toda esa cosmovisión está encerrada en la lengua: las palabras tienen poder, tal y como señala Lucía Gálvez en su libro "Guaraníes y Jesuitas. De la tierra sin mal al paraíso" (Buenos Aires: Sudamericana).

Continuando con las citas sobre el libro de Furlong, anoto un fragmento largo, que expresa por sí sólo los prejuicios con los que muchísimos religiosos (y no religiosos) se acercaron y se acercan a los pueblos originarios.

"Durante siglo y medio, trataron los misioneros íntimamente con aquellos indios, y no hemos hallado una sola frase denigrante para ellos, en tanto escritos, anuas, relaciones y cartas, como han pasado por nuestras manos. Pero a los pocos años de expulsados los jesuitas [1767], llegó a tener algún contacto y trato con algunos Guaraníes un hombre a quien algunos han otorgado indebidamente el título de "sabio", y este presunto sabio llegó a clasificar a esos indios no entre los seres racionales, sino entre los cuadrúpedos. Después de consignar una serie de incongruencias, escribía muy suelto de cuerpo Don Félix de Azara: todas estas cualidades parecen aproximadas a los cuadrúpedos; y así mismo, parecen tener cierta relación con las aves por fuerza y agudeza de su vista. La unidad de lengua entre los Guaraníes, que ocupan tanta vasta extensión de país, ventaja que ninguna de las naciones cultas del mundo ha logrado obtener, indica igualmente que estos salvajes han tenido el mismo maestro de lengua que enseñó a los perros a ladrar de la misma manera en todos los países.

Azara dudaba, a fines del siglo XVIII, si los Guaraníes pertenecían a la especie humana, incurriendo en una manifiesta aberración filosófica, y mostrando de pasada su total desconocimiento de todo lo realizado por aquellos indígenas en las reducciones.

Otros "sabios" de la pasta de Azara, han sostenido la paridad absoluta entre el indio y el europeo, de suerte que aquel, una vez salido de las selvas, era capaz de pensar, hablar y obrar como cualquier europeo. La ciencia prueba hoy día la infantilidad de tales asertos, y la historia de más de cuatro siglos lo rechaza de plano. El abandono absoluto de todo esfuerzo mental, la dejadez y ociosidad de innúmeras generaciones, los vicios inveterados a través de centurias, el medio ambiente salvaje en el que habían nacido y vivido, y otros mucho factores concurrentes, habían degradado al indio de tal suerte que era humanamente imposible elevarle de golpe al plano de la normalidad europea.

La realidad histórica es, por otra parte, harto elocuente. Después de cuatro siglos, y no obstante todos los meritorios esfuerzos de los gobiernos y de los misioneros, el indio americano, así aquel que se halla ubicado en las proximidades de las grandes urbes de los Estados unidos, como los que hemos conocido y tratado en los valles Patagónicos, y los que se encuentran en las quebradas jujeñas, al par de los que vegetan en las llanuras chaqueñas, siguen siendo tan indios como cuando Colón pisó tierras americanas. El que vistan a la europea, o sepan garabatear unas letras, a lo que llaman escribir, no modifica lo substancial, y el indio es lo propio que era hace siglos".


Lejos de detenerse en estas "apreciaciones", que fueron las mismas que motivaron debates como el de Valladolid, en el siglo XVII (en el cual participara el célebre Bartolomé de Las Casas, defendiendo la postura de que los indígenas eran seres humanos), Furlong (que escribe en pleno siglo XX, aunque en una época en la cual los indígenas eran incluidos, en algunos libros de texto primarios argentinos, en el apartado "Zoología") continúa anotando:

"Ningún misionero dudó jamás, como dudó Azara, de que los Guaraníes eran verdaderos hombres, pero, en cuanto a los mismos, reconocía con el Padre Cardiel, que ‘su entendimiento, su capacidad era, y es, muy corto, como de niño; su discurso muy débil y defectuoso. Cuando les preguntamos una disyuntiva, V.Gr., ¿adónde vas, al pueblo de San Nicolás o al de San Juan? responden: Sí, Padre; sin poder averiguar sobre cual de las dos partes cae el sí, o el no, sino que se le vuelva a preguntar por una parte sola'. Esto escribía el Padre Cardiel a mediados del siglo XVIII, o sea después de existir las reducciones durante siglo y medio, y medio siglo antes había anotado el Padre Lozano que todavía entonces no habían llegado a entender que la muerte era algo natural y que a todos había de sobrevenir, antes se persuadían que en cada caso era algo fortuito y debido a causas externas. Lo propio opinaban de las enfermedades, cuyas causas, según ellos, eran siempre extrínsecas y ajenas a la misma naturaleza humana".

La incomprensión de las estructuras filosóficas y religiosas del "otro" (sea quien sea; en este caso, el pueblo Guaraní) y el análisis de sus estructuras lingüísticas desde la lógica de las lenguas europeas (profundamente distinta a la de los idiomas nativos) como si esa lógica fuera la "única" y la "verdadera" queda totalmente expresado en el discurso de Furlong. Pero no nos engañemos: es un discurso que continúa presente y activo en la sociedad latinoamericana en general (y argentina en particular). Las costumbres, los hábitos, los modos de vida, las actitudes y las idiosincrasias indígenas son severamente criticadas, olvidadas, discriminadas e incluso ridiculizadas en un amplio rango de ámbitos, desde el político al académico, pasando por el social. Son esas percepciones pobladas de preconceptos las que continúan alimentando las murallas, las que logran que el diálogo intercultural se derrumbe y fracase, las que fomentan el racismo...

Esperemos que nuestros pasos y nuestras futuras acciones nos permitan saltar por encima de esas fosas y esas barreras.

Un abrazo desde Córdoba, Argentina...

Ilustración.

diciembre 02, 2007

La casa de las palabras

La casa de las palabras

Por Sara Plaza

A la casa de las palabras, soñó Helena Villagra, acudían los poetas. Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las olieran, que las tocaran, que las lamieran. Los poetas abrían los frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o fruncían la nariz. Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían perdido. En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En grandes fuentes se ofrecían colores y cada poeta se servía del color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vino...

De "El libro de los Abrazos" de Eduardo Galeano


A la casa de las palabras también acudían Edgardo y Sara. Pero habían trascurrido muchos años desde que los poetas cruzaron su umbral y los viejos frascos de cristal habían rodado por el suelo y las palabras estaban esparcidas en el piso. Había que caminar con mucho cuidado entre ellas, ponerse en cuclillas, sacarles el polvo que las cubría y acercárselas al oído para escuchar su sonido. Allí agachados descubrían los caminos que ellas anduvieron, las estelas que dejaron, las huellas que sembraron... Entre susurro y susurro también ellos eran capaces de abrir mucho los ojos, apretar los dientes, sonreírse o echarse a temblar. Podían encontrar relatos olvidados, leyendas contemporáneas, mitos de creación y presagios de muerte, crónicas urbanas, paisajes rurales, canciones de cuna, declaraciones de guerra, tratados de paz... Eran capaces de quedarse sin dormir noches enteras para escuchar todas sus historias y de amanecer soñándolas para poder escribirlas en las hojas todavía vacías de su bitácora.

La mesa de colores había desaparecido y los colores eligieron nuevos horizontes volando en la escoba polvorienta de alguna bruja traviesa, enredados en el bastón torcido de los sabios chamanes, escondidos bajo el sombrero puntiagudo de los gnomos, subidos al cuerno de aquel único unicornio azul perdido, entre las cuerdas de la guitarra de un viejo trovador, abrazados a las cañas de los sikus... Y allí los encontraron Sara y Edgardo: recorriendo las venas abiertas de un continente, cruzando los mares que le separaban de los otros cuatro, señalando con sus dedos esos miles y miles de cascabelitos blancos que siempre hacían reír a un príncipe chiquito y cubrían el firmamento de los cinco...

Y con esas palabras y con esos colores han ido dibujando estas páginas. Comenzó a esbozarlas Edgardo hace tres años y ha pasado más de uno desde que Sara hizo en ellas sus primeros trazos. Cada uno con su estilo, pues las palabras les cuentan cosas distintas a uno y otra y los colores tienen matices diferentes para los ojos azules y los castaños. Semana tras semana, primavera, verano, otoño, invierno y... otra vez primavera, han compartido lo que pensaban, en lo que creían, con qué soñaban, qué les entristecía. Y aquí están, siguen andando, siguen contando. Con la curiosidad de siempre, con más dudas que antes. Caminando de puntillas por la casa de las palabras, robándole colores al horizonte para dibujar su propia senda...

Ilustración.