Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 16, 2008

¿De manera que la tolerancia no era tan buena?

¿De manera que la tolerancia no era tan buena?

Por Sara Plaza

No lo era y no lo es. Digamos que no del todo, que no tanto, que quiso pero no pudo, que lo intentó pero no le salió bien. Y en esas estamos, hablando de aceptación del otro, de reconocer la diferencia, de valorarla incluso. Pero de ahí no pasamos. Una nota folklórica en nuestros sistemas homogéneos, globales e insípidos. Un punto de color en la gris estandarización de nuestras maneras y usos, de nuestras costumbres. Un leve matiz que aclare u oscurezca ese tono pastel sin estridencias en el que estamos inmersos. Que parezca que todo está bien. No importa si en realidad está todo mal. Da lo mismo si tenemos intención de mejorarlo siquiera.

Hace unas semanas, leía en el diario unas líneas del escritor peruano Iván Thays en las que aconsejaba:

Desterremos la palabra "tolerancia", muy del agrado de estos escritores dispuestos a tolerar con buen humor a los que consideran minorías hegemónicas o excluidas, y propongamos a cambio "pluralidad". Y en vez de pelearnos por estar falsamente unidos en torno a una obligación, hagámoslo por defender la diferencia de los demás.

Sus reflexiones tenían que ver con la tremenda bronca que se había organizado meses atrás entre escritores peruanos "hegemónicos" y "excluidos", o "criollos" y "andinos", para ver quiénes de ellos, representaban más y mejor a la literatura de su país. Pero me parecen igualmente atinadas para referirse a otros campos, no sólo al literario. Precisamente, porque como también indicaba en ese mismo medio el autor limeño:

Basta leer cualquier biografía de escritores, cualquier historia de una época, para enterarse de peleas y más peleas. Cambian los actores, cambian los argumentos, cambia todo y lo que sea, cambia la calidad literaria y la calidad humana, pero no cambia el instinto de enfrentamiento y la necesitad de derrotar (con argumentos o sin ellos) al otro.

¿Acaso será necesario tolerar primero para derrotar después? ¿Será la tolerancia el primer paso hacia la victoria? Digamos, me acerco, tomo confianza, y ¡zas! lo hago añicos después. Pero, eso sí, con una sonrisa.

En esas estaba, analizando con humor todas y cada una de las acepciones que mi diccionario propone de la palabra "tolerancia", y decidiendo si me parecía peor "la diferencia que se consiente" o la "disposición a admitir en los demás una manera de ser, de obrar o de pensar distinta a la propia, especialmente en cuestiones y prácticas religiosas" –deseché la de "capacidad del organismo para soportar dosis cada vez más elevadas de una droga"–, cuando retrocediendo unas páginas me encontré con las poco esclarecedoras explicaciones sobre "pluralidad". Y me quedé pensando si la "calidad de ser más de uno" era mejor que "la acción de tolerar", para lo cual tuve que buscar "tolerar": soportar con indulgencia en los demás [una cosa que desaprobamos]. Francamente, en caso duda los diccionarios aclaran tan poco como los curas. Y si no pregúntenselo a Ramón, uno de los personajes de la novela de Mario Benedetti, "Gracias por el fuego":

No tengo ningún pecado, dije en el confesionario. Hijo, no hay que ser tan soberbio, ¿acaso no tienes alguna mirada pecaminosa para las niñas de tu colegio? A partir de ese momento me propuse perder mi soberbia. No me había fijado en las chiquilinas. Pero al día siguiente hice todo lo posible por mirarlas pecaminosamente. Hoy sí tengo un pecado, dije el domingo en el confesionario. Este cura era más viejo y me miró desconfiado. ¿Cuál? Miré pecaminosamente a las chiquilinas de mi colegio. Yo rebosaba satisfacción porque había vencido mi soberbia. No hay que ser soberbio, dijo entonces el cura más viejo, nunca te enorgullezcas de ser pecaminoso. Recé de apuro los treinta padrenuestros y me fui corriendo. Abrí el diccionario en la palabra pecaminoso: perteneciente o relativo al pecado o al pecador. Un poco más arriba estaba la palabra pecado: hecho, dicho, deseo, pensamiento u omisión contra la ley de Dios y sus preceptos. Sí, claro, yo había mirado a las chiquilinas con omisión.

Todavía sonriendo, compartí mis hallazgos con Edgardo (lo de la lectura silenciosa nunca me gustó y suelo comentar cada línea con quienes me rodean, mostrando muy poco respeto, debo confesarlo, hacia su propia concentración en otros menesteres), y me senté después a hacerles partícipes de ellos también a ustedes. Hasta ahora yo había escuchado eso de "la caridad mal entendida", y Edgardo y yo hemos alargado muchas sobremesas discutiendo sobre la pluralidad cultural, la multiculturalidad, la transculturalidad pero nunca me había puesto a pensar en otro montón de términos –y las acciones, habilidades, capacidades, etc. asociadas a ellos– tan poco acertados para hablar de cómo deberían ser las cosas, y que, sin embargo, definen maravillosamente el enorme listado de las que están como están y no son como deberían.

El poder de nombrar es extraordinario, pero no estoy tratando de sugerir que haya que poner más cuidado en el decir que en el hacer, tal vez el mismo. Tenemos que estar atentos a la intencionalidad de nuestras palabras. Importa mucho, muchísimo. Y ser conscientes de su fuerza quizás nos ayude a emplearlas mejor a saber qué estamos diciendo y por qué lo estamos diciendo. No obstante, hay mucho más en las palabras que su intencionalidad pues encierran nuestros pensamientos, por más que no los sintamos prisioneros.

Permítanme terminar con algunas más de Ramón, en el ya citado libro de Benedetti:

Ya no llueve más. Pero no refrescó. A Gustavo el Viejo lo arrincona todas las veces que quiere. Para eso usa y abusa de su elegante prepotencia. Anoche quiso obligarlo a que fundamentara su actitud política. Luego, de a poco, con sonrisas, con ironías, con chistes, con retruécanos, incluso con algunos argumentos, lo fue desanimando hasta dejarlo mudo y resentido. Sentí de pronto un gran cariño por Gustavo, no el de siempre, no el manso afecto de saberlo mi hijo, sino uno activo, renovado, militante. El Viejo está inseguro, pero despliega una gran seguridad. Gustavo está seguro, pero no sabe explicar su propia seguridad. El Viejo es un veterano, un campeón de la polémica, un experto en sus tretas. En ese sentido, el pobre Gustavo es un lactante. Sin embargo, como quisiera apostar por él. En el núcleo de su inexperiencia hay una convicción.

Ilustración.