Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 09, 2008

Sobre bostezos...

Sobre bostezos

Por Edgardo Civallero

¿Saben ustedes por qué bostezamos?

Esta es una de las tantas preguntas que hice durante mi infancia. Era un minúsculo proyecto de persona cuando comencé a atormentar a padres, familiares y maestras con este tipo de cuestiones. "Mamá... ¿por qué lloramos lágrimas cuando estamos tristes?" (respuesta = cara sorprendida + boca abierta). "Papá... ¿por qué nos reímos cuando algo nos hace gracia?" (respuesta = "porque sí, hijo"). "Maestra... ¿de qué está hecho el fuego?" (respuesta: "alumno Civallero, no moleste"). "Tío... ¿dónde guardan los imanes su fuerza?" (respuesta = silencio + hombros encogidos).

Permítanme preguntar nuevamente. ¿Saben ustedes por qué bostezamos?

No, no se molesten en buscar. Nadie lo sabe aún. Hay muchas teorías, a cuál más disparatada. Unos dicen que es para enfriar el cerebro. Otros, que es una reacción fisiológica ante el cansancio. Los viejos dicen que es aviso de males, y los antiguos Mayas argumentaban que era una muestra inconsciente de que sentimos deseo sexual por alguien que está cerca nuestro (esta última parece interesante. Deberé investigar...).

Y otros dicen que es un mero reflejo. De hecho, ustedes probablemente ya estén bostezando, o lo harán en los próximos minutos. Si no es por aburrimiento, será por reflejo.

¿Hacia dónde los llevo con esta perorata? A darnos cuenta de que las preguntas más básicas e "infantiles" son las que aún no han encontrado respuesta, en un mundo "civilizado" en el cual los científicos han puesto hombres en la luna, han leído nuestro código genético y han logrado enviar palabras y sonidos a través del planeta en cuestión de segundos.

Creemos tener todas las respuestas en esta "Sociedad del Conocimiento" (el humorista Quino escribiría "Zoociedad" o "Suciedad"), pero las más importantes no aparecen por ningún sitio. Al menos, esa es la sensación que tengo después de unos años de trabajar como bibliotecario. "Sólo sé que no sé nada", como dijo el buen Sócrates (que era un tipo realista).

Daniel Quinn, en su novela "Ishmael" –que nos regaló, este verano austral, nuestra entrañable amiga y colega estadounidense Elaine Harger– afirma que el hombre, por no saber cosas básicas, no sabe siquiera cómo tiene que vivir. La progresiva destrucción del planeta y otros fenómenos visibles en la prensa cotidiana son pruebas de ello.

Pero, yendo un paso más allá –y olvidando este interesante punto de que no sabemos cosas tan básicas–, otra característica de los sistemas de conocimiento humano es que la información que está disponible (es decir, lo que sí sabemos) está tremendamente repartida, fragmentada, dispersa... Ni siquiera las modernas redes de información han logrado hacer accesible toda la información. Este punto me recuerda un cuento de la tradición oral de los Ashanti de Ghana, en la costa occidental de África.

Cuenta este pueblo que Nyame, el Dios del Cielo, entregó a Anansi (La Araña, héroe cultural Ashanti) una vasija en donde estaba toda la sabiduría, para que la distribuyera entre todos los humanos. Pero Anansi quiso tenerla toda para sí, y decidió esconder aquel enorme cacharro en la copa de un árbol alto, para que nadie pudiera robársela. Sea por descuido, sea por prisa, la olla cayó mientras Anansi subía por el tronco, y se hizo añicos contra el suelo, esparciendo fragmentos de sabiduría a los cuatro rincones del mundo. Los hombres se hicieron con los fragmentos que pudieron recuperar. Pero muchos otros se perdieron, y, en definitiva, nadie pudo ser dueño de toda la sabiduría. Desde ese entonces, cuando los hombres se encuentran, intercambian entre ellos las piezas de ese saber que poseen, intentando reconstruir el conjunto original.

Recapitulemos: no sabemos cosas básicas (aunque nos hemos ocupado de saber cosas que no son tan necesarias). Lo que sabemos está disperso. A este panorama de confusión sumemos que el sistema socio-económico mundial actual hace que el intercambio de ese escaso saber que pudo recuperarse después del desastre de Anansi sea bastante dificultoso (hablo de leyes de copyright, información bajo clave, libros a precios exorbitantes, etc.).

Como conclusión, encontramos que, definitivamente la nuestra es una profesión complicada: intentamos gestionar información fragmentaria que no siempre podemos acceder.

La buena noticia es que el ser humano es muy parecido al agua. Ante las murallas se detiene, pero lentamente comienza a buscar resquicios por donde filtrarse. Y ese deseo de intercambiar conocimiento, de adquirir más saber, de descubrir nuevas cosas, de enterarse, de vivir la cultura y multiplicarla, jamás puede ser detenido (a pesar de lo que digan las leyes internacionales y los intereses comerciales), porque es tan antiguo como nuestra especie. El boca a boca de los tiempos pretéritos –que luego fue el mano a mano de nuestros padres y abuelos, haciendo circular libros y discos– se ha convertido ahora en el sharing del universo digital. Una miríada de plataformas libres permite subir todo tipo de información (libros, música, imágenes) a la web, sorteando hábilmente las barreras legales, y ponerla a disposición de todos. No sabremos todo lo que no sabemos, es cierto. Pero muchos ya están intentando que lo que sabemos sea de todos, que pueda intercambiarse, que pueda circular y ser libre. Que la producción intelectual y artística humana pueda pasar por las manos de todos.

Sé que muchos argumentarán, en contra de esta opinión, que los autores que viven de sus obras no estarían muy de acuerdo con mi perspectiva. Estoy de acuerdo. A eso respondo que son pocos los autores que viven de su trabajo (literario, musical, artístico, etc.). Son muchos, por el contrario, los que comienzan a liberar su trabajo en línea, a promocionar su producción, a hacerla llegar a todas las manos, ojos y oídos. Y, curiosamente, han descubierto que de esa forma aquellos que conocen sus obras comienzan a seguirlos, y son muchos los usuarios que, tras conocer sus trabajos en línea, compran sus libros, su música o su arte para poder disfrutar mejor de ellos, o asisten a sus conciertos, clases, conferencias o exposiciones. Creo que, en este sentido, se está desarrollando un nuevo paradigma, que sorteará quizás, en un futuro no muy lejano, las actuales barreras de derechos de autor, pues estas barreras (y otras muchas), más allá de ser un cepo para los consumidores de cultura, se han convertido en una jaula para los propios autores, que se ven atrapados en las manos comercialmente interesadas de unos pocos (que son los que realmente se benefician).

Les recomiendo, en este sentido, leer el trabajo elaborado por el grupo internacional de investigación Copy/South, con base en el Reino Unido, que ha elaborado el Copy/South Dossier. De momento está disponible solamente en inglés, pero la traducción al castellano ya ha sido terminada y en breve estará disponible en línea. En este documento se brindan estrategias, análisis y razones que buscan superar las barreras del copyright. También tiene una curiosa serie de pósteres (también en inglés). Les recomiendo que les echen un vistazo.

Y sobre los bostezos... ¿qué decirles? Continuaré con la duda. Por si acaso, seguiré tapándome la boca (para que no me entren malos espíritus ni me cuenten los dientes y pierda años de vida, como dicen las antiguas tradiciones). También seguiré haciéndome otras preguntas y buscando las improbables respuestas.

Y, en "venganza" por todos los silencios obtenidos tras mis cuestionamientos de niño insoportable, espero tener respuestas para las dudas de otros. Claro, siempre y cuando la información esté disponible.

Ahora, bostecen en paz. Un abrazo enorme desde Córdoba, Argentina...

Ilustración.