Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

febrero 23, 2008

Un populu diventa poviru e servu quannu ci arrubannu a lingua

Un populu diventa poviru e servu quannu ci arrubannu a lingua

Por Edgardo Civallero

Castigo de Dios. Eso fue.

Parece ser que, en el principio, todos los hombres hablaban un mismo idioma. Hasta que se les ocurrió construir una ciudad y edificar en ella una torre tan alta que alcanzase los cielos. En castigo de tamaña presunción, Dios confundió todas sus lenguas, de forma que no pudieran entenderse entre ellos y les fuera imposible continuar la edificación de esa construcción: la famosa torre de Babel.

Así lo cuenta el Génesis (xi, 9), la colección de antiguas tradiciones orales semíticas más leída de todos los tiempos. Miles de lenguas y de hablantes, todas distintas, todas incomprensibles para los demás. Castigo de Dios.

Esta impresionante variedad de hablas, palabras, gramáticas y sonidos, conforman una parte importante de nuestra diversidad cultural, la cual, de acuerdo a la Declaración Universal sobre Diversidad Cultural de la UNESCO de 2002, es uno de nuestros mayores tesoros como especie. Sin embargo, y para no perder la costumbre, el ser humano está ocupándose de destrozar ese milagro con sus propias manos a cada paso que da. Basta examinar algunos datos provistos por la propia UNESCO en 2005:

Sólo el 4 % de los idiomas son usados por el 96 % de la población mundial; el 50 % de las lenguas del mundo se encuentran en peligro de extinción; el 90 % de ellas no están representadas en la Internet; cinco países monopolizan el negocio de la industria cultural mundial.

(Tomado de
Knowledge versus information societies: UNESCO report takes stock of the difference).

Ciertamente, el uso de algunos idiomas como vehículos de intercambio (inglés, francés, español, árabe, chino) para superar las barreras lingüísticas y facilitar la comunicación es algo bastante útil. Sin embargo, estos idiomas han dejado de ser sólo un "vehículo" y se han transformado en "lenguas dominantes", presionando a las demás y logrando eliminar muchas de ellas de la faz de la memoria humana.

¿Qué ocurre cuando se pierde la lengua? Comparto con ustedes un poema, "Lingua e dialettu", escrito por Ignazio Buttitta en su lengua/dialecto natal: el siciliano.

Un populu
mittitulu a catina,
spuggghiatulu,
attuppatici a vucca:
é ancora libiru.

Livatici u travaggghiu,
u passaportu,
a tavula unni mancia,
u lettu unni dormi:
é ancora riccu.

Un populu
diventa poviru e servu
quannu ci arrubanu a lingua
addutata di patri:
é persu pi sempri.

[Encadenad un pueblo,
despojadlo,
tapadle la boca:
todavía es libre.

Quitadle el trabajo,
el pasaporte,
la mesa donde come,
el lecho donde duerme:
todavía es rico.

Un pueblo
se vuelve pobre y esclavo
cuando le roban la lengua
heredada de sus padres:
está perdido para siempre].

Sin las palabras que decimos, que usamos a diario, nuestra vida no tiene ningún sentido. Desaparecerían muchos conceptos que son únicos a nuestras culturas, muchas ideas que nacieron entre nuestras manos y que luego fueron adoptadas por otros (usando incluso nuestra propia lengua). Muerta la palabra, murió también la idea, por más que otras lenguas intenten describirla igual de bien. ¿Qué sería la música latinoamericana sin palabras locales como joropo, huapango, cueca o huayno? ¿Cómo nombrar animales y plantas si nos quitan términos como ñandú, vicuña, quirquincho o colibrí?

Nuestra lengua es el vehículo de expresión de nuestra cultura, un vehículo hecho a la medida. Sin ella, no seríamos nada; o quizás sí, seríamos un pueblo que habría perdido el norte.

Y ya son muchos los pueblos que lo han perdido, que han debido adoptar lenguas extranjeras y que han olvidado los sonidos que sus padres y abuelos utilizaban. América Latina es un gran continente lleno de memorias rotas y voces apagadas. Nosotros deberíamos saber, mejor que nadie, cómo se siente perder el idioma propio, y cuáles son las consecuencias de tamaña pérdida. Algo que también ocurre en África, en Asia, o con las minorías europeas.

Como bibliotecarios, como agentes de información y promotores de cultura, ¿qué hacemos al respecto? Nuestras colecciones ¿albergan todas las lenguas habladas en nuestra comunidad, en nuestro país, entre nuestros usuarios? Permítanme dudarlo. La economía de recursos y espacios hace que se apueste siempre por lo "dominante". Lo "pequeño" –por valioso que sea– no importa. Eso ocurre también entre los medios de comunicación, las empresas editoriales y tantos otros canales culturales e informativos. El mundo ha sido organizado –en todos los sentidos– para respetar una ley "evolutiva": la supervivencia del más fuerte. Lo "minoritario", lo "débil", lo "mínimo", debe desaparecer.

Y lo hace. Vaya si lo hace.

La buena noticia es que existen muchos que no se resignan a callar, y otros que, en forma independiente y arriesgando mucho, se dedican a estudiar, recuperar, publicar y difundir sus lenguas y tradiciones literarias. Y somos muchos, también, los que empezamos a enamorarnos de su trabajo y de los sonidos de otras palabras.

Para aquellos interesados en conocer un poco más sobre los problemas y las características de la diversidad lingüística de nuestro planeta, les recomiendo la lectura del artículo "Lenguas en peligro" publicado en septiembre del 2006 en El mensajero del patrimonio inmaterial de la UNESCO; el artículo de Luisa Maffi "Lenguas amenazadas, saber amenazado", publicado en 2003 en la Revista internacional de ciencias sociales; la "Recomendación sobre la promoción y el uso del plurilingüismo y el acceso universal al ciberespacio" de la UNESCO (2003); el atlas de lenguas en peligro elaborado por el Sector de Cultura de la UNESCO; y, para aquello que manejen inglés y francés, el sitio Omniglot, el Languages homepage de la BBC, el sitio Euromosaic de la Comisión Europea, el sitio cuatrilingüe Linguapax, el proyecto Terralingua, la iniciativa francesa Babel y el MSST Clearing House Linguistic Rights de la UNESCO.

Para aquellos que quieran aprender una lengua extranjera, la Internet puede ser (o no) un entorno privilegiado. Me gustaría recomendarles, para los que tienen gustos "exóticos", los Manuales del Cuerpo de Paz de la ONU, para aprender en forma veloz lenguas como el rumano, el guaraní, el estonio, el filipino, el wolof, el uzbeko, el azerí, el ucraniano, el árabe, el swahili, el kazajo, el búlgaro, el ruso o el armenio. Están en inglés (pequeño problema) y pueden ser descargados libremente. Abundan además las páginas de recursos lingüísticos, y este aviso va dirigido para aquellas bibliotecas especializadas en lenguas, que suelen depender de los libros que tienen y de los recursos "dominantes", sin darse cuenta que, bajo acceso abierto, cuentan con miles de sitios que pueden ser de utilidad para sus usuarios.

Ustedes pensarán que el mío es un discurso utópico, y que dominando la lengua propia y una general (o séase, el inglés) podemos movernos por el mundo sin problemas. Quizás tengan razón. Pero he viajado mucho, y, si bien hablo inglés fluidamente y me defiendo muy bien en otro conjunto de lenguas "conocidas", siempre he tenido la precaución de aprender la mayor cantidad posible de frases, expresiones y palabras en esos idiomas que nadie aprendería porque son "minoritarios". Y siempre me han servido. En Corea, en Malasia, en Suecia, en Noruega, en Ecuador... Porque resultó que no todos hablaban inglés, o español, o francés. Y porque, aunque pensemos que algunas lenguas son "minoritarias", sus hablantes no opinan lo mismo. Y si bien podemos usar alguna lengua "dominante" como puente, sólo será eso: un puente. Comprender al otro, acercarse a él y a su cultura, implicará aprender su idioma. Y viceversa.

Un mundo donde suenen muchas voces distintas no tiene porqué ser un mundo anárquico e incomunicado. Pensar lo contrario sería apoyar discursos homogeneizadores y totalitarios, que tantas desgracias han traído a la humanidad a lo largo de la historia. Conservemos la pluralidad, conservemos nuestra identidad, y acerquémonos a las de otros. Será la única manera de establecer lazos más humanos, basados en la comprensión real, y de empezar a eliminar barreras que sólo llevan a separarnos cada día más.

Y si, al fin y al cabo, se trató de un castigo divino, demostremos que no fue así, y que quizás la antigua historia está mal contada. O que el autor del castigo no logró su cometido.

Ilustración.