Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 05, 2008

Caminos de pastores

Caminos de pastores

Por Edgardo Civallero

Estamos parando, durante este mes de marzo, en un pequeño pueblo de la llamada "sierra pobre" de Madrid, que en su día perteneció a la provincia de Segovia. El pueblo en cuestión se llama Bustarviejo, y es un lugar en el que todavía –a pesar del avance de "lo moderno"– se conserva bastante de la vida tranquila de las villas del interior castellano.

Por aquí, por Bustarviejo, desde donde les escribo hoy, pasaba la Cañada Real, una de las rutas de los pastores trashumantes. En tiempos pasados –y aún hoy, aunque sólo sea una débil sombra de lo que fue– los rebaños de ovejas (una de las principales fuentes de riqueza de la antigua Castilla, que a veces contaban con millares de cabezas) debían moverse de sur a norte y viceversa en busca de zonas de invernada y de pastos para comer en verano. Así se formaban caravanas que, desde la Edad Media, fueron conducidas por las "cañadas", caminos especiales que evitaban el destrozo de campos sembrados y permitían a la corona recaudar los "debidos" y consabidos impuestos.

La vida de los pastores trashumantes estaba asociada a una cultura particular: a instrumentos musicales determinados, que hoy apenas si sobreviven en las manos de algunos ancianos memoriosos y en la de algunos jóvenes que quieren rescatar esos recuerdos tan bellos; a unos tipos determinados de comida, usualmente vinculadas a chacinados, quesos, pan y frutos de estación; a unos cantos y unos cuentos muy particulares; a unas costumbres y hábitos tradicionales (relativos a la vida nómada que llevaban esos individuos); y, en fin, a toda una serie de costumbres, refranes, técnicas y actitudes.

Esa misma cultura –salvando todas las distancias– se encuentra entre los caravaneros de llamas que cruzan el altiplano boliviano llevando papas desde la puna a los lagos salados, para cambiarlas allí por bloques de sal y transportar ese preciado bien blanco a los valles cálidos para trocarlos por hojas de coca, verduras, frutas, queso... Esa cultura incluye ritos ancestrales de propiciación y protección de viajeros y animales; incluye instrumentos musicales únicos, decires, ceremonias, costumbres...

Y encontrarán rasgos similares entre los camelleros del África subsahariana; y entre los conductores de las recuas de yaks que cruzan el Himalaya entre India y Nepal o Pakistán; y entre los Saami (lapones) que mueven sus renos a través de Escandinavia; y entre los Masai que pastorean sus preciados rebaños de vacas a través del África oriental...

Son patrones y características que conforman el inmenso mosaico humano del que formamos parte. Algo de ellos está plasmado en los documentos que habitan los estantes de nuestras bibliotecas. Pero es sólo una parte mínima, el saber que ha sido escrito. La mayor parte de esa cultura sigue mostrando su cara y dejando sus marcas sobre la superficie de nuestro planeta. Viviendo, cambiando, evolucionando, desapareciendo a veces. Es cuestión de no olvidar que todo el conocimiento no está en nuestras manos: muchas cosas siguen latiendo fuera de los muros de las bibliotecas, lejos de catálogos, bases de datos e Internet. Y ese conocimiento es muy importante: son los últimos restos de una época en la que el hombre todavía (re)conocía los ritmos de la naturaleza.

Como les decía, mucha de esa cultura tradicional sigue viva en algunos rincones de nuestro mundo. Como aquí, en Bustarviejo, donde todavía se recuerdan las nubes de polvo que levantaba el paso de las grandes majadas ovinas, camino a los pastos.

Ilustración.