Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 06, 2008

No hay peor ciego que quien no quiere ver

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Por Sara Plaza

Se van a dar cuenta en las siguientes líneas, pero aún así anoto este breve aviso para navegantes: estoy enojada mientras las escribo.

Es una de esas perezosas mañanas de domingo en las que el mundo se levanta mucho después que yo, que madrugo lo mismo todos los días de la semana. Todavía brillan los charcos en el asfalto y en algunas azoteas, restos silenciosos de la tormenta veraniega que estremeció anoche el firmamento de este rincón al sur del sur, donde todas las miradas se dirigen al norte... Quienes hoy caminamos por estas latitudes aún recorremos las rutas que trazaron aquellos conquistadores que volvieron a su casa con todo lo que pudieron robar en ellas. No se arreglarán nunca los baches de la 40 que recorre la Patagonia (esquivados con increíble parsimonia por aquel viajante que nos recogió a mi mochila y a mí en Esquel, cuando quien les escribe, con los cuatro tomos de "La Patagonia Rebelde" de Osvaldo Bayer en la mano, se fue tras las huellas de aquellos hombres que se enfrentaron a las tropas del Teniente Coronel H. Benigno Varela a principios del siglo pasado), pero pronto contaremos con un tren de alta velocidad entre Buenos Aires y Córdoba, algo así como un moderno Camino Real, que quién sabe si no tendrá parada en Potosí en un futuro cercano.

Esta indignación que siento hoy tiene que ver con la que experimenté hace un par de meses leyendo un artículo de Norman Gall, donde en un par de líneas explicaba que "[l]a mejora de los transportes hace que la gente pobre pueda recorrer grandes distancias para emigrar, hacer visitas o realizar actividades comerciales" [1]. A veces me preguntó qué es lo que analizan los analistas y en qué se basan para llegar a sus conclusiones, porque no sé cómo lo hacen para que estén tan alejadas de las opiniones y la realidad de la gente. Me pregunto si no inventarán una realidad a la medida de sus cifras y de sus porcentajes, si no tendrán mucha más imaginación que quienes somos tachados de utópicos y soñadores.

Uno no puede por menos que seguir haciéndose preguntas similares cuando encuentra "joyitas" dialécticas parecidas entre las palabras que escribió el ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación español, Miguel Ángel Moratinos, quien, tras finalizar una gira por el continente africano hace un mes, se expresaba de este modo:

Sin duda, África es un continente problemático, pero sobre todo es un continente vivo. Todos los días sus habitantes han de superar mil y una pruebas para sobrevivir. La gran mayoría lo hace con una sonrisa amplia y sincera, que se refleja en los peinados ensortijados, en los ojos imantados y en unos cuerpos elegantes que desatan su ritmo cuando la música irrumpe. Ese movimiento se traslada a todo el continente. Un continente deseoso de toparse con la felicidad. Todo está condicionado a su búsqueda. Esa fuerza interior explica el alto nivel de sacrificio y de sufrimiento de la gran mayoría de los ciudadanos. [2]

Desde entonces me pregunto si no será que a los ministros de exteriores, cuando visitan el interior de un continente, les colocan algún tipo de lente a través de la cual perciben una realidad que en nada se parece a la que viven realmente sus habitantes. Me pregunto cómo saben ellos que las sonrisas que ven a través de las ventanillas de sus autos blindados son o no sinceras, cómo pueden afirmar tan irresponsablemente que millones de personas hambrientas, enfermas, rodeadas de miseria y en medio de interminables guerras, se ponen a bailar en cuanto suena la música. Me pregunto de dónde se sacan que el sacrificio y el sufrimiento son los motores para encontrar la felicidad...

Ese mismo día, hallé en las opiniones que el escritor Antonio Muñoz Molina vertía sobre la película "Cuatro meses, tres semanas, dos días", muchísima más verosimilitud que en los comentarios de las dos "autorizadas" fuentes que les acabo de mostrar:

... yo ahondaba mi percepción de esas dos vidas jóvenes zarandeadas por el infortunio y el miedo, salvadas por una fraternidad que está hecha de inocencia y coraje, de una rara aleación femenina de fragilidad y fortaleza. Atravesaba con ellas la noche sórdida de una tiranía, y no hacía falta que se vieran uniformes o se escucharan declaraciones políticas para sentir en la nuca el frío de una vigilancia despótica, y en los hombros toda la pesadumbre de un régimen cuya mayor crueldad parece que acaba siendo su desolada duración. Hay vidas que son fulminadas por la saña quirúrgica de los ejecutores: otras, la mayoría, van siendo envilecidas a lo largo de los años por dosis diarias de sumisión y conformidad, se van deteriorando como los edificios mal hechos y los coches viejos que permanecen en uso, se gastan y ensucian como el papel pintado de las habitaciones que nadie cuida. [3]

No dejo de hacerme preguntas y trato de hallar unas pocas respuestas, de buscarlas al menos, mientras sigo avanzando subida a un colectivo, navegando entre las páginas de un libro o de un diario, charlando con quienes me rodean, escribiendo a quienes están lejos, y por eso me disgusto tanto cuando las encuentro tan insatisfactorias como las de Gall o Moratinos. No hablo de que sean ciertas o no, hablo de que me permitan seguir indagando, curioseando, aprendiendo, criticando. Y las explicaciones de esos dos señores son tan superficiales que uno no puede tomárselas en serio. Sobre ellas no se puede construir nada, y mucho menos algún conocimiento válido. Lo que me preocupa de veras es que esas respuestas sean los cimientos de nuevos proyectos de cooperación y desarrollo. Porque sobre apoyos tan débiles no veo cómo podrán edificar su presente y pensar en su futuro los hijos de quienes vivimos en países y continentes con unas heridas tan profundas como las que todavía sangran en América Latina, África o Rumania.
[1] Norman Gall es el director ejecutivo del World Economy Fernand Braudel Institute de São Paulo. La cita pertenece al artículo "El olvidado progreso de América Latina", publicado en la edición internacional de EL PAÍS, sábado 19 de enero de 2008.
[2] En el artículo "Una mirada a África", publicado en la edición internacional de EL PAÍS del sábado 9 de febrero de 2008.
[3] En el artículo "Regreso al cine", publicado en el suplemento "Babelia" de la edición internacional de EL PAÍS del sábado 9 de febrero de 2008.

Ilustración.