Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 05, 2008

Reflexiones sobre las herramientas manuales

Por Jan Stürmann
Extraído del libro The Hand-Sculpted House escrito por Ianto Evans, Michael G. Smith, y Linda Smiley

La creencia incuestionable de la carpintería actual revela que sin el uso extensivo de herramientas eléctricas no podemos construir eficazmente ni de manera rentable, ni siquiera bien. Yo cuestiono esa creencia.
Yo construyo tanto casas convencionales, donde lo primero que te encuentras es la electricidad, como casas naturales, donde a menudo se incorpora con posterioridad.
Trabajar en estas casas naturales me ha servido para confrontar mis propios prejuicios y los placeres de utilizar herramientas manuales.
De ellas obtengo un sentido de profunda satisfacción que jamás he encontrado en las herramientas eléctricas. Al entrar en la caseta de las herramientas, mis manos automáticamente alcanzan mi formón favorito, el hacha, la hachuela. Una necesidad de tocar, de acariciar. Sopeso el formón de tres pulgadas de grosor. Le encontré oxidado en un viejo granero, el filo mellado, el hueco del mango enmohecido donde algún idiota lo había golpeado con un martillo. Me lo llevé a casa como a un animal herido, le retiré la rebaba, limpié la herrumbre, tallé el mango a partir de un trozo de madera de arce y lo afilé. El formón revivió para mí, canta en mis manos, recortando gruesos bucles de madera. Me encanta mirarlo, sostenerlo. Nunca me he sentido así con una herramienta eléctrica. Mi mano nunca se estira para alcanzar esos pesos muertos de plástico y metal en la estantería.
¿Por qué cuando uso una sierra circular, el taladro o la sierra de cadena durante cierto tiempo me siento como el hombre biónico, duro, rígido, en guerra con alguien o algo, forzado a llevar gafas protectoras, protección en los oídos y mascarillas para proteger mi frágil cuerpo? ¿Por qué después de un día utilizando el berbiquí y la barrena, los formones, un cepillo, mi cuerpo está relajado, mi mente tranquila, como cuando se puede escuchar el silencio del universo después de hacer el amor? Una cosa te debilita, la otra te nutre. Un misterio.
Sin embargo, el poderío seduce. El peso bruto de una sierra de cadena en tus manos. Los berridos del motor, agridulces volutas de humo ascendiendo a través de la cavidad nasal hasta el cerebro. Los árboles caen como alfileres. Menudo subidón, una euforia que no tenemos la responsabilidad de manejar.
Las herramientas eléctricas nos dan un poder que no nos pertenece. Nos lo prestan de manera indiscriminada. Pero en algún punto de la cadena lo tenemos que devolver – con intereses. Inevitablemente terminamos pagando mucho más por el poder que no es nuestro de lo que ganamos con él. Poco a poco me voy dando cuenta de que esto es verdad, no abstracta o intuitivamente, sino prácticamente.
Mientras escribía esto conseguí un trabajo para colocar unos armarios en una casa enorme de Los Ángeles. Juntas complejas, piezas a la medida – un dolor de cabeza, pero una oportunidad para examinar el sentido práctico de utilizar herramientas manuales cuando las convenciones dictan herramientas eléctricas. Cada mañana, para apaciguar al contratista, desenrollé los alargues, pero a partir de ese momento actué y experimenté.
Trabajar con madera consiste sobre todo en cortar elementos de una cierta longitud y colocarlos en su lugar. Si todo fuese lo mismo, yo trabajo más rápido con una sierra mecánica y una pistola de clavos que con un serrucho y un martillo. Pero me di cuenta de que no todo es igual. Tardo un minuto en inclinarme hacia mi cinturón de herramientas, donde se encuentran mi martillo y mi serrucho. Sin embargo me lleva veinte minutos desenrollar los alargues, luchar con las distintas cuchillas, arrastrar el compresor, colocar los tubos de aspiración y conseguir que la electricidad llegue hasta donde yo quiero.
Tardo medio minuto en cortar 1 x 4 con el serrucho kataba japonés, o diez segundos con una mecánica. Pero si quiero seguir escuchando a Beethoven y leyendo Funny Times a los ochenta, necesito ponerme gafas protectoras y protectores en los oídos antes de apretar el interruptor; por ende, hay que sumar algunos segundos más. El susurro del serrucho no requiere ningún tipo de protección.
Un serrucho deja polvo grueso que rápidamente se asienta en el suelo, pero las sierras mecánicas lanzan un polvo tan fino que se queda suspendido en el aire hasta que nosotros lo aspiramos, tapando senos nasales, provocando alergias y asma. En una profesión que cada vez utiliza más colas tóxicas y productos químicos en los laminados y aglomerados, haríamos bien en reducir al mínimo el polvo transportado por el aire si queremos respirar profundamente y poder oler las rosas en nuestros años dorados.
El serrucho pesa media libra, la sierra mecánica diez. Utilicé tanto esfuerzo –calorías- para levantar y maniobrar la pesada sierra mecánica como para colocarme y realizar el corte con el kataba. Incluso si hubiera tenido que introducir algo más de aire en mis pulmones, el placer de usar un serrucho que ha evolucionado durante setecientos años, bien valdría el tiempo y esfuerzo extras.
Tengo unas pocas hojas de serrucho intercambiables que coloco en el mango de madera: una hoja de apertura, tres hojas de través con dientes suficientemente finos para las ensambladuras de cola de milano y lo suficientemente gruesos para cortar palos de 12 pulgadas, una hoja curva para comenzar un corte en el medio, una estrecha de pelo para cortar curvas y una para el metal. Todas estas hojas y el mango los envuelvo en una bolsa de lona. El coste total pueden ser unos $120. Una vez pensé en ser un verdadero carpintero y tuve que gastarme miles en sierras mecánicas. Ahora nunca más.
Agarro la tabla, la corto y la atornillo en su lugar. Clavar con la pistola de clavos lleva un segundo. Utilizar el martillo, cinco. Pero un martillo cuelga siempre de un cinturón de herramientas. Sólo hace falta un sencillo movimiento para agarrar el mango con la palma y dejar la cabeza balanceándose. A la pistola de clavos la tengo que levantar y arrastrar como si se tratase de un albatros muerto. El tubo de aspiración es demasiado corto, hace falta mover el compresor. Con todo este mover de un sitio a otro y ponerse de nuevo los protectores, prácticamente he gastado los cuatro segundos que me separaban de la manera actual de clavar. Además, disfruto balanceando el martillo con gracia. Cualquier estúpido puede apretar el gatillo.
Consideremos de nuevo la economía. Mi martillo, un Hart Decker, me costó $25 hace siete años. No se ha roto ni una sola vez. Un compresor y una pistola de clavos costarán $500. Calcula el coste de las reparaciones y del tiempo muerto durante siete años. Los clavos para la pistola cuestan cinco veces más que los ordinarios. Pero ¡qué demonios!, paga el dueño de la casa (con un préstamo del banco, así es que el precio se multiplica si incluimos el porcentaje de interés de una hipoteca a 30 años).
Puedo desvelar costes escondidos. Accidentes, por ejemplo. Nunca he oído de alguien que se cortase un dedo con un serrucho, pero gracias a las hojas mecánicas que motores imparciales hacen girar con fuerzas extraordinarias, hay un montón de carpinteros sin dedos de la mano o de los pies. Lo mismo que pequeños trabajos de acupuntura sobre el terreno con la pistola de clavos, globos oculares perforados, oídos sordos... pero bueno, para eso están las compensaciones. Con esto no quiero decir que no sucedan accidentes con las herramientas manuales, pero su gravedad y su frecuencia son muchísimo menores.
Me estoy fijando en la economía y en la velocidad porque formo parte de una cultura que valora la productividad por encima del proceso, tener las cosas terminadas por encima de hacerlas, la complejidad sobre la creación. Pero para llegar al corazón de este cuestionamiento necesito mirar más profundamente lo que no es cuantificable.
Los carpinteros fueron una vez artesanos que sabían cómo hacer, adaptar y ajustar sus herramientas de manera que reflejasen su singularidad y sus necesidades individuales. Ahora los carpinteros son operarios de la máquina, trabajadores de una fábrica sin la fábrica, que ensamblan unidades modulares. El orgullo de lo artesanal se ha perdido. Ya no se utilizan más herramientas de carácter personal sino las de producción masiva diseñadas y comercializadas de acuerdo al mínimo común denominador. Unas herramientas que son inadaptables y demasiado complejas para que uno mismo las pueda reparar. El ciclo vital de una herramienta eléctrica es de unos pocos años, y estos cada vez disminuyen más debido a la obsolescencia planificada. Mis hijos o mis nietos que aún no han nacido, no podrán heredar mi sierra circular, ni mi taladro ni mi lijadora. Sin embargo, sí podrán disfrutar mis herramientas manuales – que ya han visto una o dos generaciones.
No hay ninguna duda, las herramientas eléctricas facilitan algunos trabajos. Se tarda mucho menos en serrar media pulgada de 4 x 4 con una sierra eléctrica que haciéndolo con un serrucho. Pero he notado una pequeña diferencia en mi cuerpo entre los días que trabajo utilizando sobre todo las herramientas manuales y los que paso trabajando con las herramientas eléctricas. Usando herramientas manuales puedo trabajar con atención, con alegría y con garbo durante más tiempo: al final de una jornada de nueve o diez horas puedo estar cansado pero nunca exhausto, mientras que después de cinco o seis horas con una máquina estoy agotado; aunque gaste menos calorías, me han exprimido todo el jugo de la vitalidad.
¿Por qué? La potencia que estas herramientas tienen para dañarme consume mis fuerzas. Mi cuerpo –asustado, tenso-, al estar en alerta continua, transforma la sutil flexibilidad en músculos rígidos y tensos. Los reflejos se vuelven más lentos, la mente falla, se cometen errores y la sangre corre. En cuerpos tensos, las posibilidades de padecer problemas de espalda son mayores que en aquellos que todos los días se ejercitan y estiran con ejercicios moderados mientras utilizan herramientas manuales. Tal vez de aquí venga la vitalidad extra. Cuando mis células son alimentadas regularmente con sangre llena de oxígeno y nutrientes, mi cuerpo responde con más vida.
Además está la fatiga que producen los decibelios de todos los sonidos estridentes que hallamos en una obra. Cada vez más, esta es la razón predominante por la que me inclino hacia las herramientas manuales. Nuestros oídos, en sintonía con los suspiros de un amante, el sonido de la lluvia al caer, la risa de un amigo, los susurros del viento, no están adaptados para las frecuencias de los ruidos fuertes. Nos retraemos dentro de un caparazón insensible, sordos ante el mundo. Yo quiero trabajar en un ambiente donde mis tímidos sentidos se revelen en el silencio para participar de la creación, donde el flujo de la conversación o el pensamiento tenga libertad para circular, explorar y volver a caer en el silencio sin la censura, las interrupciones y las rupturas que provocan las máquinas.
Mucha de la mala prensa que han cosechado las herramientas manuales está justificada. Sin la minuciosa vigilancia de los artesanos demandando lo mejor, el fabricante de herramientas moderno vende unas herramientas de calidad lamentable. No causa sorpresa que el comprador se de media vuelta disgustado y busque la fuerza eléctrica para realizar el trabajo. Es raro el negocio cuyos empleados sean vendedores competentes y donde se pueda encontrar una amplia selección de herramientas manuales. ¿Pero qué se puede comparar con la alegría de encontrar casi por casualidad una herramienta de calidad en una feria de objetos usados?
Con la cada vez mayor falta de accesibilidad a las herramientas de calidad, la sabiduría de cómo usarlas también se está perdiendo y necesita ser redescubierta si queremos sacar el mayor partido de su potencial. ¿Cuál es la mejor manera de fijar, asegurar y sostener el material mientras lo cortamos, lo tallamos o lo lijamos? ¿Cómo utilizo la fuerza de mi cuerpo de manera eficiente y garbosa para que no parezca que estoy luchando contra la herramienta o contra la madera, sino que el trabajo se convierta en algo así como una danza? Este es un estudio, una investigación que requiere mi atención.
Trabajar manualmente permite sopesar el tiempo: ¿Es mejor cuanto más rápido? ¿Que hemos ganado con el exceso de potencia? Construir de forma manual nos anima a hacerlo de manera deliberada, reflexiva, consciente de las acciones que se extienden más allá de nosotros. ¿Habría permitido la dignidad humana la construcción de arterias de salida, McMansions y super autopistas con sólo la mano de obra directa? ¿Qué les ocurre a nuestras almas recubiertas con objetos de aburrida perfección hechos mecánicamente? Para saber que existimos como seres humanos necesitamos el toque de alguien más en las creaciones que nos rodean.
No soy un purista. Mis herramientas eléctricas, bien utilizadas, cuidadas, continuarán siendo usadas, aunque con menos frecuencia a medida que redescubra la alegría de emplear mi cuerpo para impulsar a las herramientas a hacer su magia. Porque la magia está ahí, un misterio. Me alimento con cereales y miel, pan, queso y pimientos morrones. Aspiro el aire con grandes dosis del oxigeno que transpiran los árboles. Y milagrosamente mi cuerpo convierte todo eso en movimiento, fuerza, destreza. Levanto el cepillo, afilado y a punto y lo apoyo para trabajar la madera. Entonces en algún lugar del reino infinito entre mi mano y la herramienta, sucede la alquimia. La carne, el acero y la madera se combinan en el movimiento, y recibo traslúcidos jirones de virutas que se rizan a través de mis dedos, liberando su aroma, revelando su belleza. Un obsequio.

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