Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 01, 2008

¿Tener o no tener prejuicios? ¿Es ésa la cuestión?

¿Tener o no tener prejuicios? ¿Es ésa la cuestión?

Por Sara Plaza

Hace un par de semanas estaba leyendo una edición viejita en inglés de "Los viajes de Marco Polo" y en el capítulo XLI del primer libro, "Sobre la provincia de Khamil", me encontré con una historia que me hizo recordar aquella otra de "Cien años de soledad", donde si bien no se hablaba de la fertilidad de la tierra, sí se hacía referencia a la de los animales... Siete siglos y un buen puñado de accidentes geográficos separan una de otra, pero las dos nos hablan de los dones que otorga una naturaleza complacida con las infidelidades de los seres humanos, que yo me pregunto si en el devenir de la historia no nos habrán mantenido fieles a nosotros mismos. Pero aunque sí quiero compartirles ese capítulo sobre Khamil, el propósito que me lleva a hacerlo no es el engaño sino los prejuicios...

La provincia de Khamil fue un reino en tiempos pasados y tiene numerosas ciudades y pueblos. La principal de sus ciudades lleva el nombre de Khamil. Esta región está situada entre dos desiertos, a un lado el gran desierto de Lop y hacia el otro uno mucho más pequeño que puede ser atravesado al cabo de tres días de viaje. Sus habitantes son idólatras y tienen una lengua muy particular. Viven de los frutos de la tierra, los cuales obtienen en gran cantidad y ofrecen además a los viajeros. Son gente que se toma las cosas con tranquilidad, pues sólo les importa tocar, cantar, bailar y divertirse.

Es completamente cierto que cuando un extranjero llega a la casa de alguno de ellos en busca de alojamiento, el anfitrión está encantado y deseoso de que su esposa quede a disposición del inquilino. Él, mientras, les deja el camino libre y sólo regresará una vez que el extraño se haya ido. El invitado puede quedarse y disfrutar de la compañía de la esposa tanto tiempo como desee, pues el esposo no se avergüenza en absoluto por ello, sino que lo considera un honor. Y así, todos los hombres de esta provincia saben que sus mujeres les son infieles pero no les importa. Las propias mujeres no tienen prejuicios y son disolutas.

Sin embargo, durante el reinado de Mangu Khan sucedió que, como su señor que era, vino a enterarse de esta costumbre y envió a decirles que les ordenaba abandonarla y limitarse sólo a ofrecer alojamiento a los viajeros, si no querían sufrir un doloroso castigo. Cuando la gente del lugar tuvo noticia de esta orden se preocuparon muchísimo y durante casi tres años la cumplieron. Pero se dieron cuenta de que sus tierras ya no eran productivas y que habían tenido muchos contratiempos desde entonces. De modo que se reunieron y decidieron preparar un gran regalo, el cual enviaron a su señor rogándole gentilmente que les permitiese mantener su vieja costumbre, tal y como la habían heredado de sus ancestros; ya que mientras así lo hicieron los dioses les habían proporcionado todo lo bueno que poseían, y sin ella no sabían cómo iban a poder sobrevivir. Cuando el príncipe escuchó su petición la respuesta que les dio fue "Si necesitáis mantener vuestra vergüenza, hacedlo", y les dio libertad para continuar con su mala costumbre. Y siempre la han conservado, y lo hacen todavía.


Parece ser que la mencionada costumbre no era del agrado de Marco Polo, pero desconocemos si el conocimiento que de ella tuvo fue por boca de otros o por experiencia propia, cuando realizaba alguno de sus maravillosos viajes a lo largo y ancho de Persia, allá por el siglo XIII. El libro en el que se relatan está lleno de anécdotas similares, unas le sobrecogen y otras le estremecen, le parecen loables algunas y detestables otras, encuentra muchas dignas de mención y se excusa por no relatar las que considera poco interesantes. Eso sí, siempre opina sobre ellas, siempre las juzga, siempre cuestiona su moralidad o inmoralidad. Las religiones están muy presentes y, mientras alaba la que él mismo profesa, se muestra poco condescendiente con el resto. Ni que decir tiene que quienes siguen una y otras reciben el mismo tratamiento. No intentaba ser objetivo nuestro viajero ni parece haber estado entre sus preocupaciones la neutralidad.

Conceptos ambos que sí tienen muy preocupados a algunos profesionales de la educación y la bibliotecología, que pretenden educar e informar de manera aséptica, como si tal cosa fuese posible. Como si estuviese en sus manos desprejuiciarse junto a los estantes o las pizarras. Prejuicios los tenemos todos, y estaría bien que nos preguntásemos por los nuestros e intentásemos averiguarlos. En primer lugar para ser conscientes de ellos. En segundo para evitar los actos de discriminación a los que pueden inducirnos. Y en tercer lugar para darnos la oportunidad de superar unos cuantos: impidiendo que nos entorpezcan el paso y no permitiendo que se lo cierren a los demás. No tenemos que estar todos de acuerdo, pero para darnos cuenta de que pensamos distinto no nos queda más remedio que saber qué pensamos nosotros y qué es lo que piensa el otro, y por tanto intentar conocernos... Marco Polo observa y cuenta. Cuenta lo que ve y lo que piensa sobre ello, y no me parece mal. No me parece mal porque a sus lectores siempre nos quedará la asignatura pendiente de contrastar sus líneas con las de otros autores para forjarnos una opinión propia. Y eso es fantástico. Les aseguro que ponerse a investigar y aprender a ser críticos es una aventura apasionante.

En particular, si deciden agarrar unos cuantos mapas antiguos y dibujar sobre ellos los caminos que siguió el veneciano, creo que no van a arrepentirse. Y si escogen otro autor, otro tiempo y otro horizonte imagino que tampoco. Los libros de viajes son una delicia. Uno no puede por menos que reírse a veces y sonrojarse otras. En ocasiones se sienten ganas de correr tras los pasos de sus protagonistas y en momentos de hacerlo en la dirección opuesta. Resulta asombroso de lo que esos personajes fueron capaces, y verdaderamente increíble lo que acontecía a los habitantes de aquellos remotos rincones. Los autores de las guías de viaje "The Lonely Planet" o "El trotamundos" tienen poco que envidiar al hijo de Nicolás Polo, que ya por entonces estimaba el tiempo de viaje, el coste y señalaba los puntos de interés comercial tal y como ahora se indican los de interés turístico.

En definitiva, después de leer sobre viajes no es difícil darse cuenta de que se ha leído sobre mucho más que los trayectos de ida y vuelta, pues están todas las sendas y todos los atajos intermedios que tomaron sus autores, y suelen estar llenos de sorpresas. Al terminar dan ganas de preparar la mochila y salir a recorrer, sin olvidarse de llevar lápiz y papel y estar dispuestos a verlo y escucharlo todo. No me atrevo a animarles a probarlo ni a tocarlo todo, porque corren tiempos difíciles y les van a hacer pagar la factura con recargos. Pero sí les sugiero que viajen y lean con sus prejuicios a un lado, que no es lo mismo que desprejuiciadamente, y les brinden la posibilidad de perderse por el camino a aquellos que les pesen demasiado. Mi experiencia es que se lee y se viaja mejor cuando se va ligero de equipaje. Además, de esa manera, siempre nos quedará sitio para traernos todo lo que hemos aprendido.

Ilustración.