Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 05, 2008

Voces del pasado

Voces del pasado

Por Edgardo Civallero

Los libros que conservamos en nuestras bibliotecas son, en muchos casos, voces del pasado que buscaron el refugio de la letra escrita para seguir gritando sus mensajes a través de los siglos y por los siglos. Esas voces que intentaron preservarse, perpetuarse y reproducirse, intuyeron –en su momento– que lo que contaban era valioso, y que podía servir a generaciones venideras. Porque el mundo es una rueda que gira, y si bien la historia no se repite –o, al menos, eso dicen los historiadores modernos– el ser humano suele tener la rara virtud de tropezar dos veces en la misma piedra.

Preparando un texto sobre la civilización maya del periodo postclásico –es decir, del momento en el que la llama de esa magnífica cultura comenzaba a apagarse lentamente– me encuentro con una historia que vale la pena recordar. La hallé en las páginas de uno de los libros del Chilam Balam. Estos textos merecen, por sí solos, un comentario aparte.

Tras la conquista española del territorio maya (situado en México y parte de Guatemala), los sacerdotes católicos enseñaron a los mayas las destrezas de la lectoescritura europea, con el único objetivo de facilitar su conversión a la religión cristiana. Sin embargo, los "alumnos" utilizaron tal poder para recoger su saber antiguo –que, conservado en códices, había desaparecido gracias al memoricidio perpetrado por los conquistadores y los propios sacerdotes– y los sucesos que vivían en aquel momento (siglo XVI). Salvaron así del olvido su memoria, condenada de antemano a desaparecer bajo el peso de la historia oficial.

Se escribieron varios libros en numerosas regiones del antiguo territorio maya, en lengua nativa pero sobre papel español y usando el alfabeto latino. Aquellos manuscritos escritos en el norte del Yucatán (probablemente por los grupos étnicos mayas Itzá y Yucateco) son llamados, genéricamente "Libros de Chilam Balam". En la actualidad se conservan fragmentos importantes de diez o doce de ellos, identificados por el nombre del pueblo en el que se redactaron. Lo que voy a narrarles lo encontré en el libro de Chilam Balam de Chumayel, uno de los más completos.

Este libro cuenta un acontecimiento sucedido en Chichén Itzá muchos años antes de la llegada de los hispanos, un suceso que, por su importancia, se transmitió oralmente, de boca en boca, salvándose del olvido gracias a que los escritores lo recordaron y anotaron. Chichén Itzá era una de las ciudades-estado más poderosas del postclásico maya. Ubicada en la península del Yucatán, en el antiguo territorio de los Itzá (y actual territorio mexicano), era –y es– famosa por su bellísima arquitectura, y, en especial, por el llamado "pozo de los sacrificios".

Este pozo era una abertura natural, de las tantas que abundan en la península yucateca, donde la roca caliza es horadada fácilmente por las lluvias y genera hundimientos, cavernas, grutas subterráneas y enormes bocas que se abren en la superficie, colmadas de agua. Llamados "cenotes" por los arqueólogos modernos (del maya "tsonoot"), los pozos eran usados, a veces, como lugar de sacrificios al dios de las lluvias, Chaac, que para un pueblo dependiente de la agricultura, era uno de los principales del panteón. Tal era la función del de Chichén Itzá. Tan importante era ese cenote, que originó el nombre de la ciudad: Chi Cheen Itzá, "el brocal de los Itzá".

A las aguas verdosas de aquel pozo se arrojaban adornos propiciatorios –resina de copal, objetos de oro, plumas, orejeras de jade– y víctimas humanas escogidas. Se suponía que el pozo conducía directamente a los dominios de Chaac: allí, el dios recibiría a los sacrificados y, si tenía algo que comunicar a los vivos –que esperaban atentamente en la superficie– dejaría volver a alguno de los inmolados con su mensaje.

Lamentablemente, y como es de suponer, nadie, nunca, regresó como mensajero divino. Drogados antes de ser sacrificados, atenazados por el pánico de la muerte inminente, las víctimas eran tragadas por las aguas cenagosas del cenote antes de que pudieran pensar en intentar salir a flote.

Sin embargo, cuenta el "Libro de Chilam Balam" que un joven noble –de nombre Hunac Ceel–, tras presenciar unos sacrificios en el cenote, tuvo una idea reveladora. Cansado de los eventos que conmocionaban la vida política de la región en aquel momento, se dirigió a la plataforma desde la cual se lanzaban las ofrendas –votivas y humanas– y, ante la mirada atónita de la población asistente y de los sacerdotes, se lanzó de cabeza al agua. Pasaron algunos minutos sin que la superficie verdosa se moviera siquiera, y luego, entre burbujas y espuma, aquel hombre salió a la superficie, respirando ávidamente. Ante el asombro de todos y la incredulidad de algunos, gritó que el dios Chaac le había hablado, y le había dicho que, desde aquel momento, él, Hunac Ceel, de la casa de los Cocom, sería el regente de aquella ciudad-estado.

Inmediatamente, el pueblo lo aclamó. Atados de manos por sus propias costumbres y tradiciones, y aún a sabiendas de la ágil y astuta jugada de aquel advenedizo, los nobles y los sacerdotes –sin poder contradecir su religión– debieron aceptar, tragándose la ira a duras penas, aquella decisión "divina".

Lo que siguió fue una de las dictaduras más implacables que hayan soportado los mayas de aquella época. Hunac Ceel y los de su casa manejaron los hilos de la intriga política y de las guerras a sus adversarios. Con su corte instalada en la ciudad de Mayapán, dirigió sus fuerzas hacia Chichén Itzá, y, según suponen algunos historiadores, fue él el que la arrasó, convirtiéndola en el conjunto de ruinas –magníficas, pero ruinas al fin– que son hoy.

La historia, por sí sola, amerita escribir una novela. Si bien el "Libro de Chilam Balam" agrega muchos acontecimientos legendarios en este relato, el análisis de los investigadores actuales rescata los hechos históricos. La historia fue verdadera, así como las consecuencias de aquel acto, que, si bien rozó la locura, sirvió a su principal protagonista para alzarse con un poder que no le correspondía.

Este tipo de relatos deberían hacernos reflexionar sobre nuestro presente. Pues Hunac Ceel no sería el primer "gobernante" que pasase por encima de todo su pueblo amparado en las costumbres de su sociedad. Amparados en ellas son muchos los que rigen la vida de sus naciones de forma abusiva. Usando en su beneficio los códigos civiles y legislativos, las leyes electorales, las costumbres, los hábitos, son muchísimos los que abusan de nosotros, los que se olvidan de nuestros derechos y necesidades, los que nos explotan y utilizan...

El recordatorio de todo eso, de todo lo que pasó y sigue pasando, está en nuestras bibliotecas. Para algo fueron escritos tantos libros. Y debería estar también entre nuestros recuerdos. Porque sólo conociendo el pasado se entiende el presente y se planea el futuro.

Pero parece ser que el hombre tiene una memoria muy frágil. Y que no consulta los libros adecuados en los estantes de su biblioteca más cercana.

Ilustración.