Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 18, 2008

Enciclopedias

Enciclopedias

Por Edgardo Civallero

Enciclopedia. Su nombre deriva de una lectura ligeramente errónea del original griego "enkyklios paideia", que significa "educación general". Ese nombre saltó del griego al latín, y de allí a casi todas las lenguas europeas, para convertirse, más tarde, en un sinónimo de "saber general".

Las enciclopedias constituyeron uno de los cimientos más firmes de las colecciones de referencia de nuestras bibliotecas. Y, aún en un mundo dominado por muchos soportes digitales, continúan siendo el escalón inicial de cualquier investigación o acercamiento a una materia. Buen ejemplo de la importancia que tienen en la actualidad es el asombroso desarrollo y la difusión de la Wikipedia, en la cual, bajo la dirección de un equipo plural de editores, un conjunto aún mayor de contribuyentes aporta conocimientos referidos a tópicos de su especialidad.

Un proceso similar ocurrió, hace siglos, durante la elaboración de la enciclopedia más famosa en el ámbito europeo: la de Diderot y d'Alembert. Su historia no está desprovista de curiosidades. Permítanme compartirla con ustedes.

En 1728, Ephraim Chambers publicó en Londres su "Cyclopaedia", subtitulada "Un diccionario universal de artes y ciencias". Eran dos densos volúmenes in folio, con casi 2500 páginas, que pronto se convirtieron en una de las primeras –y más célebres– enciclopedias generales en lengua inglesa. Contaba con un sistema de referencias cruzadas bastante sólido y con una clasificación de los artículos por áreas de conocimiento (de las cuales el autor anotó 47). Basada en trabajos anteriores (como los de John Harris en 1704), la obra de Chambers destacó por haber sido elaborada con seriedad y buen juicio. De hecho, mantuvo su popularidad por años y fue el origen de la famosa "Encyclopédie" francesa.

La "Encyclopédie", o "Diccionario razonado de ciencias, artes y oficios" se publicó en Francia entre 1751 y 1772, con revisiones y suplementos tardíos (1772, 1777 y 1780) y con numerosas traducciones y derivados posteriores. Originalmente, pretendía ser una sencilla traducción de la obra de Chambers al francés. A tal efecto, el editor André Le Breton encargó, en 1743, la labor de traducción a un inglés residente en París, John Mills, hasta entonces un modesto escritor que había elaborado algunos textos sobre agricultura en su país natal. En mayo de 1745 –dos años después– Le Breton anunció que el trabajo estaba listo para la venta. Grande fue su sorpresa cuando se enteró que Mills no sólo no hablaba ni escribía correctamente el francés (muchos dicen que apenas lo balbuceaba), sino que ni siquiera tenía una copia de la "Cyclopaedia" para comenzar su trabajo. Un trabajo que, como supondrá el atento lector, no estaba ni siquiera iniciado.

Le Breton había sido descaradamente estafado. Lleno de rabia, buscó a Mills y le propinó tal paliza (unos dicen que con una caña, otros que con un bastón) que el "traductor" presentó cargos contra el editor a las Cortes. Estas, tras estudiar el caso, dieron la razón a Le Breton, pues, de acuerdo a su juicio, la agresión estaba "justificada por la incompetencia del agredido".

Le Breton reemplazó a Mills por Jean Paul de Gua de Malves en 1745. Entre los contratados por Malves para realizar el enorme trabajo de traducción se encontraban Étienne Bonnot de Condillac, Jean le Rond d'Alembert y Denis Diderot. En agosto de 1747, Malves fue despedido por Le Breton, debido a sus rígidos métodos de trabajo. Otras versiones explican que el propio Malves se marchó, hastiado de la labor. Le Breton contrató entonces a Diderot y a D'Alembert como nuevos editores. Y el inicial trabajo de traducción se convertiría en uno de redacción.

Diderot permanecería en su puesto 25 años, pudiendo ver su obra finalizada.

El trabajo contó con 35 volúmenes, 71.818 artículos y más de 3.000 ilustraciones. Muchas de las más grandes figuras de la Ilustración francesa colaboraron en esos artículos: Voltaire, Rousseau, Montesquieu... Louis de Jaucourt fue el contribuyente que batió el récord de artículos escritos: 17.266. Ocho por día, entre 1759 y 1765...

El mismo Le Breton se dio el lujo de escribir un artículo de la "Encyclopédie": el dedicado a la tinta negra, "Encre noire". También se dio otro lujo: el de censurar un buen número de textos, para hacer la obra menos "radical". Este hecho ocasionaba frecuentes ataques de ira de Diderot. Los recortes de Le Breton se ensañaron con artículos como "Sarracenos o Árabes" y "Filosofía pírrica"... En todos los casos, existían motivos políticos para realizar las censuras.

Los escritos de la "Encyclopédie" eran revolucionarios, debido a su enfrentamiento abierto con los dogmas católicos. De hecho, la totalidad del trabajo fue prohibido por decreto real en 1759. Afortunadamente, debido al apoyo que tenía de parte de ciertas personas influyentes –como la célebre Madame de Pompadour– el trabajo continuó "en secreto". En realidad, las autoridades civiles no querían deshacer una actividad comercial que daba trabajo a muchas personas. La prohibición fue, en realidad, una tapadera para acallar las furibundas quejas de la Iglesia.

La "Encyclopédie" se transformó en una obra célebre, tanto por sus ideas como por sus autores. Sin embargo, hubo trabajos mucho más relevantes, realizados con siglos de antelación y por parte de autores unitarios. Lamentablemente, muchas de esas obras han desaparecido, o han caído en el olvido más absoluto. Algunos ejemplos pueden ser los siguientes:

– La enciclopedia médica de 30 volúmenes escrita por Abu al–Qasim al–Zahrawi, el padre de la cirugía moderna, en el año 1000.
– La primera enciclopedia científica conocida, "Kitab al-Shifa", de Ibn Sina o Avicena, escrita entre 1000 y 1030. Poseía 9 volúmenes sobre lógica, 8 sobre ciencias naturales, 4 sobre aritmética, astronomía, geometría y música, y otros tantos sobre filosofía, psicología y metafísica.
– El "Canon de la Medicina", una enciclopedia de 14 volúmenes escrita también por Avicena hacia 1030. La obra fue referencia y modelo en las universidades europeas y musulmanas hasta el siglo XVII. En ella se presentaba la medicina experimental, el descubrimiento de las enfermedades infecto-contagiosas y un largo etcétera.
– El "Canon Masudicus" de Abu al-Rayhan al-Bisudi (1031), una extensiva enciclopedia sobre astronomía.
– La enciclopedia de 43 tomos de Ibn al-Nafis (1242-1244) titulada "El Libro Comprehensivo sobre Medicina", una de las mayores enciclopedias médicas de la historia, aunque solo unos pocos volúmenes hayan sobrevivido.

Lamentablemente, la mayoría de las grandes obras del saber islámico –cuyos conocimientos fueron precursores de los "descubrimientos" realizados en Europa mucho más tarde– desaparecieron bajo el peso de las invasiones mogolas en Bagdad, las Cruzadas o la conquista de Andalucía por los reinos cristianos hispanos. Mucho fue quemado y destruido. Solamente aquellos textos que habían sido traducidos al latín –durante los siglos XII y XIII– en centros de cultura y saber como Toledo, Segovia, Cataluña, Sicilia o el sur de Francia, pudieron conservarse para la posteridad.

Siglos después, fueron muchos los que se adjudicaron descubrimientos y pasaron a los libros de ciencia como grandes figuras, cuando en realidad esos descubrimientos ya habían sido realizados siglos antes. Cosas de la historia.

En realidad, cosas de la historia eurocentrista... "Eurotodo", diría Eduardo Galeano al respecto, titulando un texto en la página 103 de su último libro, "Espejos":

"Copérnico publicó, en agonía, el libro que fundó la astronomía moderna.
Tres siglos antes, los científicos árabes Muhayad al-Urdi y Nasir al-Tusi habían generado teoremas que fueron importantes en el desarrollo de su obra. Copérnico los usó, pero no los citó.
Europa veía el mundo mirándose al espejo.
Más allá, la nada.
Las tres invenciones que hicieron posible el Renacimiento, la brújula, la pólvora y la imprenta, venían de China. Los babilonios habían anunciado a Pitágoras con mil quinientos años de anticipación. Mucho antes que nadie, los hindúes habían sabido que la Tierra era redonda y le habían calculado la edad. Y mucho mejor que nadie, los mayas habían conocido las estrellas, los ojos de la noche, y los misterios del tiempo.
Estas menudencias no eran dignas de atención".


El mismo Galeano afirma en la misma página del mismo libro, en el texto titulado "Sur":

"Los mapas árabes todavía dibujaban el sur arriba y el norte abajo, pero ya en el siglo trece Europa había establecido el orden natural del universo [el norte arriba y el sur abajo]".

Galeano nos cuenta que la biblioteca imperial de Pekín tenía, en el siglo XV, 4000 libros en los que reunía el saber del mundo. Seis libros tenía, por entonces, el rey de Portugal.

Cosas de la historia. Cosas de la memoria. Afortunadamente, las actuales enciclopedias virtuales permiten la existencia de versiones en chino, árabe, ruso, griego, y tantos y tantos otros idiomas. Pero, por desgracia, los que sólo sabemos leer el alfabeto latino y un par de idiomas europeos tenemos que quedarnos con los artículos que nos cuentan todo desde este lado del espejo.

Vuelvo, para cerrar esta entrada, al principio. La palabra "enciclopedia" deriva del griego, y significa "educación general". Quizás algún día tengamos una "generalidad" que abarque y tenga en cuenta a todos y a todo. Tal vez ese día podamos aprender algo nuevo, diverso y realmente valioso. Mientras tanto, deberemos conformarnos con la "generalidad" de siempre.

Ilustración.