Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

mayo 24, 2008

¿Se leen los conflictos de manera distinta con el paso del tiempo?

¿Se leen los conflictos de manera distinta con el paso del tiempo?

Por Sara Plaza

No deja de ser curioso observar cómo han ido evolucionando las distintas lecturas de los conflictos –tanto de los que ya terminaron, como de los que perduran– a lo largo del tiempo. A veces, ni siquiera tienen que pasar siglos pues bastan unos pocos años para hablar de modo distinto de un mismo problema que, indudablemente, con el paso del tiempo habrá sufrido numerosos cambios para permanecer sin solución o terminar resolviéndose.

Se acaban de cumplir 60 años desde la creación del Nuevo Estado de Israel en una región cuyos límites y nombres han variado a lo largo de la historia.

Hagamos un poco de memoria y repasemos un pedacito de la que enmarca esa zona.

Los primeros restos humanos datan de hace 500.000 años. Doce milenios a.C. la cultura Natufiense elaboraba herramientas de madera, piedra y hueso, y las primeras comunidades agrícolas se asentaron en aquellos territorios entre el 10.000 y el 5.000 a.C. Nuevos grupos migratorios que utilizaban el cobre llegaron de una cultura originaria de Siria, y entre el 3.000 y el 2.200 a.C. fueron creadas las primeras ciudades–estado cananeas independientes. Las civilizaciones de Egipto, Mesopotamia, Siria y Fenicia tuvieron gran influencia en Canaán a través de las relaciones comerciales y diplomáticas que establecieron entre sí, y en 1190 a.C. arribarán los filisteos, quienes se mezclarán con las poblaciones locales e introducirán el uso del hierro y del carro tirado por caballos.

Se estima –aunque algunos historiadores cuestionan incluso su autenticidad– que entre 2.000 y 1.000 años a.C., Abraham marchó desde la antigua ciudad de Ur (antigua Mesopotamia) hasta Harán (actual Turquía), y que una vez allí se apartó de su tribu y dejó de lado la idolatría para encaminarse, junto a su familia y rebaños, hacia Canaán y fundar –por mandato celestial– un pueblo monoteísta. Los cananeos denominaron a Abrahán, Ibri y quienes le acompañaban serían conocidos como ibrim ("del otro lado"), palabra que dio origen al término "hebreo". Se cuenta que Isaac, el hijo de Abraham, se trasladó todavía más al sur de esa "Tierra Prometida", hasta el desierto de Néguev y que el menor de sus hijos, Jacob, después de engañar al mayor, Esaú, huyó a Mesopotamia, donde pasó a llamarse Israel ("El que disputó con Dios"). También se dice que Israel tuvo 12 hijos y que su favorito fue José. Él fue el primero de los hermanos en marchar a Egipto. Años más tarde, el hambre en Canaán obligaría a los demás y a su padre a seguir sus pasos. Con la llegada al poder de Ramsés II los judíos fueron esclavizados y no sería hasta la aparición de Moisés –al parecer llamado también por Dios para refrendar el acuerdo celebrado con Abraham y guiar a los israelitas a la tierra prometida–, y el azote de aquellas famosas siete plagas cuando el faraón permitió salir a los esclavos de Egipto. Durante 40 años estuvo Moisés en el desierto, al cabo de los cuales regresó a Canaán. El testigo pasará entonces a su discípulo, Josué, quien recorrerá el Jordán y tomará Jericó, para conquistar después toda Canaán y repartirla entre las 12 tribus de Israel.

Durante los primeros siglos en Canaán, los israelitas fueron gobernados por una sucesión de "jueces". De ellos, quizás el más famoso fuese Sansón, traicionado por la filistea Dalila. El primer rey judío fue un guerrero campesino, Saúl, a quien sucedería en el trono su yerno David, vencedor en la lucha frente al gigante filisteo Goliat. Con el tiempo David conquistó una pequeña población en la colina de Salim y la convirtió en Jerusalén. Bajo la dirección de su hijo, Salomón, estos pueblos alcanzaron su máximo esplendor, pero a su muerte las discordias internas desgarraron el territorio en dos nuevos reinos: Israel al norte y Judá al sur (de ahí vendrá la palabra "judío"). Estos reinos coexistieron junto a otros, entre ellos varias ciudades–estado filisteas.
Las tribus del norte fueron vencidas por los asirios 200 años más tarde y pasaron a ser conocidas como las "Diez Tribus Perdidas". En el 587 a.C. Nabucodonosor capturó Jerusalén y los judíos, junto al resto de los sobrevivientes, fueron llevados cautivos a Babilonia. Solamente se les permitió volver cuando Ciro, el rey persa, conquistó Babilonia en el 538 a.C. El Imperio Persa caerá ante las tropas griegas de Alejandro Magno y a los judíos de Judá se les limitará su autonomía religiosa y administrativa. Fascinados por la cultura griega algunos judíos reformistas se enfrentaron a los más ortodoxos y esta división interna, que terminaría en guerra civil, posibilitó la invasión del sirio Antíoco IV Epifanes. Los sirios serán expulsados de Jerusalén por Judas Macabeo en el 167 a.C. y los judíos volverán a progresar bajo los macabeos por un corto espacio de tiempo. En el 63 a.C. aparecen los romanos y llamarán Judea a Judá, convirtiéndola en colonia y nombrando, años después, a Herodes el Grande como "rey de los judíos". Judea se rebelará contra el Imperio Romano en el 66 d.C. y el territorio será asolado por las legiones de Vespasiano y Jerusalén tomada por su hijo Tito en el año 70. Los judíos se diseminarán y Judea junto con Galilea, Samaria e Idumea serán conocidas a partir de entonces como una nueva provincia romana denominada Siria Palestina en honor a los filisteos.

En los siguientes siglos esta zona sufrirá otras muchas ocupaciones. Entre ellas las de los árabes allá por el 636, de los cruzados en 1099, de los tártaros en 1244 y de los turcos en 1517. Para ser nuevamente ocupada en el siglo pasado, durante casi tres décadas, esta vez por los británicos. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, Gran Bretaña había vencido a los turcos otomanos con la ayuda de rebeldes árabes, pero no pudo cumplir su promesa de crear un gran Estado árabe independiente porque en el 1920 Francia expulsará al rey Faisal de Damasco y Gran Bretaña dará prioridad a los acuerdos con los franceses. En 1920, el Consejo Supremo Aliado (Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Italia y Japón) se reunió en San Remo y Gran Bretaña aceptó un mandato para Palestina, aunque quedaron pendientes las condiciones y los límites del mismo. En 1922, la Liga de Naciones le conferirá a Gran Bretaña dicho mandato internacional en esa región, donde ya se había concedido a los judíos el derecho a organizar su hogar nacional. Habían pasado cinco años de la declaración de Balfour, en la que se reconocía la conexión histórica del pueblo judío con Palestina. Durante el mandato, mientras Gran Bretaña favorecía a los judíos, éstos mantuvieron una política de negación de la población autóctona.

En los años que siguieron a las Segunda Guerra Mundial, el control británico sobre Palestina se volvió cada vez más incierto. Finalmente, a principios de 1947 el gobierno británico anunció su deseo de finalizar el mandato argumentando que era incapaz de encontrar una solución aceptable para ambas partes, la judía y la árabe, y cedió su responsabilidad sobre Palestina a las Naciones Unidas. Éstas aprobaron la partición del Mandato de Palestina en dos estados, uno árabe y otro judío, quedando el área de Jerusalén bajo control internacional. Los líderes judíos estuvieron de acuerdo, pero no así los árabes palestinos. No obstante, el Nuevo Estado de Israel fue proclamado el 14 de mayo de 1948, y los estados y ejércitos árabes vecinos atacaron Israel inmediatamente después de su declaración de independencia provocando la guerra árabe–israelí de 1948. Durante esta guerra, de acuerdo a las estimaciones de Naciones Unidas, alrededor del 80% de la población árabe tuvo que abandonar el país. Al finalizar el conflicto armado, Israel quedó establecido la mayor parte del territorio mientras que la restante, que comprendía la Franja de Gaza, el margen occidental del río Jordán y Jerusalén del este, fue ocupada por Egipto y Jordania, y conquistada con posterioridad por Israel durante la Guerra de los Seis Días en 1967.

Hasta aquí el ejercicio de memoria y esbozo de la historia que les proponía.

Veamos ahora cómo se han tratado un par de momentos de la más reciente en dos textos que estuve consultando estos días mientras revisaba lo expuesto hasta ahora en un par de enciclopedias. Uno de ellos es el artículo "El sufrimiento como identidad" escrito por el periodista especialista en política internacional, Andrés Criscaut, en la edición internacional para Argentina del diario Le Monde diplomatique, "el Dipló" de mayo de 2008. El otro es un libro titulado "Israel" de Robert St. John y los redactores de LIFE en español, publicado en 1962 perteneciente a la colección "Biblioteca Universal de LIFE en Español".

Así es como Andrés Criscaut escribe sobre lo sucedido entre 1936 y 1939:

"Los árabes de Palestina, tanto urbanos como campesinos, se vieron por primera vez solos y ante una colonización judía que creció de 12.500 personas en 1932 a 66.000 en 1935, cuando se intensificó la huida de la Alemania nazi.

Entre 1936 y 1939 se produjo una revuelta espontánea –similar a la ocurrida en la última década con las dos Intifadas– compuesta básicamente por campesinos y marginados de los centros urbanos, conocida como al Gran Revuelta árabe de Palestina, y que tomaría por sorpresa a la pequeña elite de dirigentes palestinos (sólo un 9% participó, y menos de un 5% dirigió acciones armadas o de guerrilla).

El levantamiento, si bien fue disparado por los desafíos y las inequidades ante el creciente enclave judío en el Mandato, tuvo una orientación abiertamente antibritánica, ya que la Corona era responsable directa de este desequilibrio. Pero en su etapa final terminó siendo una verdadera guerra civil entre palestinos. La revuelta puso en serios aprietos a la administración del Mandato, que desplegó más tropas en la pequeña zona de Palestina que en todo el subcontinente indio". (p. 33)


Y de esta manera lo hace Robert St. John:

"A mediados de la década de 1930, el antisemitismo de Alemania, Austria y Checoslovaquia, y la renuencia de Australia y de los países aún poco poblados de América a abrir sus puertas a los judíos que huían de Europa Central para salvar sus vidas, hizo que muchos de éstos optaran por buscar refugio en Palestina. Ahora los árabes, en señal de protesta, organizaron una rebelión en gran escala que principió durante la primavera de 1936. Los motivos comenzaron en Jaffa y se extendieron a todos los lugares donde había árabes y judíos. Hubo muchos muertos y la vida en las poblaciones se trastornó por culpa de un paro general decretado por los árabes. Los británicos enviaron fuerzas militares desde Egipto, Malta y la propia Inglaterra y finalmente el orden fue restaurado". (pp. 39–40)

Habría mucho en lo que fijarse, pero lo que primero llamó mi atención fue que el primero denomina revuelta a lo que el segundo considera rebelión, y la espontaneidad atribuida a la primera se contrapone con la organización de la segunda. De lo que no quedan muchas dudas es de los métodos británicos.

Fijémonos ahora en cómo ha cambiado, en el transcurso de los 44 años que separan la escritura de St. John de la de Criscaut, la denominación de la contienda que finalizó en 1948, un año después de que las Naciones Unidas decidieran dividir el territorio de la Palestina británica en dos estados, uno judío y otro árabe.

Criscaut explica:

"Para los israelíes, 1948 fue el año en que los judíos ganaron la ‘Guerra de la Independencia' y crearon el Estado de Israel. Para los palestinos, fue el año de la Nakba (el Desastre), el año en que perdieron Palestina y su sociedad fue devastada". (p. 33)

St. John manifiesta:

"Pero durante la guerra que siguió al retiro de las fuerzas británicas en 1948, [Jerusalén] fue escenario de sangrientos combates entre israelíes y árabes ... desde que rechazaron a los ejércitos árabes ... [los israelíes] orgullosamente llaman a esta contienda ‘Guerra de la Liberación'". (pp.12–14)

En las líneas extractadas ambos textos hablan de los mismos hechos, ¿cómo pueden parecerles tan distintos a sus autores? ¿Ha sido el tiempo el causante de sus diferentes miradas? ¿Se ha modificado con él nuestro propio análisis? Opino que el tiempo juega un papel importante, pero quizás nuestros prejuicios intervengan mucho más. En muchos casos, cuando no contamos con la experiencia o la información suficientes –o recibimos información incorrecta– los autores y los lectores seguimos partiendo de ideas preconcebidas para llegar a conclusiones preconcluidas.

Antes de finalizar esta entrada, les invito a que busquen y hagan lo posible por encontrar y sentarse a ver la estupenda película del director Severio Costanzo, "Private" (Italia, 2004, 35mm, AM13, 90'). Fue premiada en varios festivales y Costanzo recibió el David di Donatello al director revelación en 2005. Podrán ponerse un poquito en la piel de una familia palestina a quienes el ejército israelí les confisca su casa. Tendrán oportunidad de hacerse un montón de preguntas y posiblemente no encuentren muchas respuestas, pero vale la pena quedarse con la duda y seguir pensando sobre ello.

Ilustración.