Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

marzo 07, 2012

Sobre la neutralidad bibliotecaria (y 2)

Por Edgardo Civallero
El presente texto es un resumen del artículo "Neutralidad bibliotecaria", publicado (con las citas bibliográficas pertinentes) como pre-print en E-LIS.
La neutralidad (ver entrada anterior) es uno de los conceptos más repetidos dentro de la bibliotecología: subyace persistentemente a lo largo y ancho de la disciplina, en todas sus facetas y a todos sus niveles. Se hace hincapié en la neutralidad bibliotecaria en la adquisición y formación de colecciones, en la catalogación y clasificación de documentos, en los servicios de referencia, en la producción de resúmenes documentales, en el establecimiento de vínculos entre la biblioteca y su comunidad, en la investigación de las funciones de los centros de documentación, en la educación a los futuros profesionales...
A pesar de haber sido cuestionado, contestado y desafiado por las corrientes más críticas y progresistas de la bibliotecología (que son, al mismo tiempo, las minoritarias y "alternativas"), el concepto de neutralidad ha llegado hasta nuestros días prácticamente intacto. A pesar de todos los argumentos esgrimidos en su contra, es defendido y apoyado firmemente por los estratos dominantes afines al poder hegemónico (y aparece en directrices académicas, recomendaciones de grandes asociaciones y artículos o libros). El bibliotecario actual, aún cuando llegue a reconocer en su actividad cierto papel democratizador o ciertas implicaciones sociales, no suele considerar su labor como algo político o en lo que haya (o debiera haber) un posicionamiento ideológico o personal: un porcentaje significativo de la comunidad profesional adhiere a la idea de que su trabajo es (o debe ser) totalmente neutral. Esta insistencia en la objetividad y neutralidad consiguen arrebatar a la disciplina algunas de sus características más valiosas, como la responsabilidad social y el compromiso con la justicia y los derechos humanos.
En una aproximación superficial a la biblioteca como institución, puede hablarse de neutralidad a nivel de misión y de funciones, a nivel de servicios (sobre todo el de referencia) y a nivel de políticas internas (p.e. las de adquisición y formación de colecciones, las de clasificación y catalogación, las de préstamo y las de contratación de personal). Un acercamiento paralelo a la bibliotecología como disciplina proporciona indicios de neutralidad en las áreas de investigación y docencia.
Van a continuación unos breves comentarios acerca de la presencia del término "neutralidad" en tales áreas.
Muchas bibliotecas aseguran que su misión y sus funciones son neutrales. Sin embargo, al brindar información, la biblioteca (en ocasiones, inadvertidamente) corrige deficiencias, acorta brechas y permite el libre acceso al conocimiento. Y, aunque muchos profesionales de la bibliotecología y la documentación intenten negarlo, esto convierte a su actividad en una acción totalmente política, en la cual se evidencia un innegable (aunque a veces indeseado) compromiso social. Al proveer acceso a una información que, dentro del modelo post-industrial neoliberal, se ha convertido en un preciado bien de consumo accesible solo para unos pocos, las bibliotecas llevan a cabo actos de verdadera justicia social y económica.
En el caso de los servicios, "neutralidad" suele vincularse a unos que se provean "sin sesgos", es decir, que sean imparciales y objetivos. Un servicio de tales características (es decir, uno que no revele preferencias a la hora de señalar bibliografía o materiales de consulta) es imposible. Un bibliotecario teóricamente neutral ofrecería un abanico de posibilidades diversas —lo cual no ocurre en la práctica debido a las limitaciones de las políticas de formación de colecciones— y no se decantaría por ninguna de ellas; es decir, no proporcionaría al usuario consejo o información accesoria que impliquen "preferencia". Ello, por un lado, iría en contra de la propia noción de servicio de referencia o de consulta. Por el otro, el profesional siempre opta: en su selección de fuentes, elige las que le parecen más adecuadas (y deja de lado otras), y en sus recomendaciones e instrucciones al usuario influyen sus preferencias personales (fruto de su formación y su experiencia), de modo que su supuesta neutralidad queda anulada.
En el caso de las políticas, las de adquisiciones están sistemáticamente orientadas a ciertos temas y a determinadas editoriales, por lo cual la neutralidad se desvanece. Las de préstamos suelen ser deficitarias de todo atisbo de "neutralidad" o "equilibrio" al no tratar a todos los usuarios en igualdad de condiciones: los profesores, los jefes de departamento y los investigadores, por ejemplo, normalmente poseen privilegios con los que los demás no cuentan. Las de clasificación y organización tampoco pueden considerarse "neutrales", "objetivas" o "equilibradas": dado que se trata de una actividad intelectual, la propia clasificación es subjetiva y, por ende, inherentemente "sesgada". Por último, podría pensarse en las políticas de contratación de personal como las más "equitativas", pues al ser más visibles son objeto de examen y crítica por parte de un mayor número de actores. Sin embargo, los casos de discriminación denunciados dentro de numerosas bibliotecas a nivel local, estatal e internacional llevan a cuestionar la "neutralidad" de las mismas. En realidad, ninguna política puede ser neutral: el mero hecho de elaborar un documento normativo de estas características ya implica una toma de posición.
Desde una perspectiva crítica, la neutralidad se presenta como una etiqueta engañosa que brinda al poder dominante un enorme control. Es incompatible con los discursos alternativos, con las posiciones contestatarias, con la discrepancia, con la defensa de los derechos humanos, con el cambio... Es una poderosa herramienta de homogeneización y silenciamiento: marca límites y defiende posturas concretas, que, curiosamente, siempre benefician al statu quo. Y, sobre todo, pone todo tipo de trabas al ejercicio de la libertad intelectual: la libre expresión de opiniones, puntos de vista y perspectivas que no sean las estipuladas como "correctas" o "convenientes".
Quizás desde una postura no-neutral, posicionada, comprometida con una opinión y una perspectiva, sea posible desmontar de a poco esta neutralidad (tan impuesta como criticada) que, lejos de mejorar las capacidades y el desempeño de los bibliotecarios, convierte a los trabajadores de la información en instrumentos pasivos y fáciles de manipular.
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