Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias,
borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero
también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso
de una idea, de un sueño o de una esperanza.

abril 08, 2012

Retornando a los puntos de partida

Retornando a los puntos de partida
Por Edgardo Civallero
El presente texto corresponde a la primera parte del ensayo "Contra la 'virtud' de asentir está el 'vicio' de pensar: reflexiones desde una bibliotecología crítica", publicado como pre-print en E-LIS.
En un momento en que ciertos productores y difusores de conocimiento de/sobre el universo bibliotecológico (ya se trate de docentes, de autores, de conferencistas o de las ambiguas "autoridades" y los inefables "expertos") parecen dedicarse fervientemente a aclamar y recomendar, como solución única, indiscutible e inevitable a todos los problemas del quehacer profesional, las últimas novedades en materia de herramientas tecnológicas: ésas que en cuanto pestañeen se habrán quedado obsoletas y demandarán ser actualizadas y renovadas de manera permanente; ésas de las cuales se afirma que permiten a los profesionales de la información hacer su trabajo más velozmente y, al parecer, "mejor"...
...o bien a la apasionada defensa y promoción de la aplicación del modelo empresarial (en todos sus aspectos, vertientes y variantes) a la mayor cantidad de estructuras bibliotecarias posibles —mercantilizando incluso los programas de estudios— sin medir las consecuencias, ocultando los previsibles (y en algunos casos más que comprobados) resultados negativos, o ignorándolos sin más...
...o a asfaltar sin sonrojo alguno —es más: a asfaltar sistemática y deliberadamente— cualquier atisbo de sentido crítico, afán de investigación, desarrollo teórico, debate ideológico o compromiso social que pueda asomar en las mentes ajenas. O a entorpecer y desalentar dichas actitudes. O a desautorizarlas y condenarlas, en un desvergonzado intento por mantener intacto el pernicioso statu quo actual...
...o a desfavorecer la elaboración teórica, epistemológica y metodológica o la reflexión filosófica sobre el universo bibliotecológico desde una perspectiva integral, aferrándose a un positivismo que pone todos los focos en los datos numéricos, los procesos estadísticos o los resultados cuantificables, acatando servilmente los designios impuestos por la ideología hegemónica del capitalismo post-industrial y su falaz paradigma de la "sociedad de la información"...
Y por ende, en un momento en que tales referentes parecen haber dejado para otro día (o en otras manos, no siempre visibles) el análisis del motivo y la finalidad última del trabajo de los profesionales de la información, o la evaluación de los numerosos procesos internos que se desarrollan dentro de la bibliotecología, o la de sus graves conflictos, o la de sus notorias carencias y falencias...
...o incluso la consideración de cómo esas "nuevas tecnologías" que tan entusiastamente impulsan pueden ser de verdadera utilidad para la mayor cantidad de bibliotecarios posible, sean quienes sean y estén donde estén, en lugar de ser un pingüe negocio para unos pocos...
...por no hablar de un modelo empresarial que alaban y propagan y que está destrozando la biblioteca como institución (sobre todo la pública) y restándole medios para acometer sus objetivos principales...
...o de la pauperización de las currículas educativas, que sirven a intereses ajenos y limitan los horizontes intelectuales de los educandos, atrofiando —cuando no destruyendo— su capacidad de pensar, de opinar, de tomar iniciativas, de ser autónomos e independientes...
...o de la reducción de los canales informativos y divulgativos a través de los cuales los conceptos, ideas, descubrimientos, debates y pensamientos bibliotecológicos son trasladados de los planos abstractos y especializados a la realidad cotidiana de los trabajadores...
...o de la progresiva pérdida de vínculos con la sociedad y con sus necesidades más imperiosas y urgentes, sus valores más amenazados, sus búsquedas más postergadas...
...o de la necesidad imperiosa —solventada de forma fragmentaria o incompleta— de discusiones interdisciplinarias que vinculen de una buena vez a la bibliotecología con campos tan "arriesgados" y "espinosos" como la teoría crítica, la sociología y la política (amén de muchas otras disciplinas sociales) y la ayuden a desmitificar su falsa neutralidad, objetividad e imparcialidad...
...o de la impostergable de-construcción de las nocivas jerarquías bibliotecológicas actuales para promocionar el diálogo diversificado y la participación auténtica de todo el colectivo bibliotecológico...
Y sobre todo, en un momento en que la crisis del sistema —económica, social, política, de valores e ideas— arrecia y es más necesario que nunca volver a pronunciar y a poner en práctica viejos conceptos como independencia, autonomía, compromiso, igualdad, cambio, transformación, inclusión, justicia, libertad, colaboración, cooperación, solidaridad, responsabilidad, contestación...
En un momento así se impone un alto en el camino; pararse a entender, detenerse a averiguar y, por qué no, filosofar ajenos al ruido. Se impone la necesidad de apartar la vista de la pantalla para no dejarnos distraer y dirigirla hacia los lugares —reales o imaginados— que han sido nuestra inspiración y nuestro sostén a lo largo del tiempo. Se impone la reapropiación y rehabilitación de ciertos espacios, discursos y canales, así como el restablecimiento de una serie de valores y la recuperación de determinados criterios que nos ayuden a considerar cuáles, de entre todos los senderos que tenemos por delante, conviene explorar antes de transitarlos, cuáles pueden empezar a andarse y cuáles no deben siquiera insinuarse.
El ejercicio es necesario porque, como bien sabe la gran mayoría de los receptores de conocimiento del universo bibliotecológico —sobre todo esos colegas que trabajan diariamente al pie del cañón o en la trinchera pero cuyas voces raramente se escuchan, sus palabras raramente se publican o difunden, sus problemas raramente se consideran o se conocen y sus opiniones raramente se tienen en cuenta—, la bibliotecología es mucho más que noticias y anuncios de plataformas virtuales, libros digitales, nuevas bases de datos, mediciones estadísticas o formas excelsas de manejar las cuentas y la publicidad. Es, antes que nada, un servicio. Uno que va más allá de la anécdota tecnológica o la coyuntura económico-empresarial. Uno brindado por personas capacitadas para ello a otras personas que acuden a la biblioteca con necesidades concretas, urgentes a veces, importantes siempre.
En nuestras manos descansa el poder de la información, y aunque muchos bibliotecarios continúen, a día de hoy, sin percatarse de ello (algo que sí han hecho las esferas políticas y las grandes multinacionales que las financian), es algo que no debe tomarse a la ligera: la información brinda inmensas posibilidades para el cambio y el desarrollo, para el razonamiento y la búsqueda de respuestas, para la resistencia y la rebelión. El manejo de tan preciado bien precisa de una formación muy sólida. Una que supere los estrechos límites de las herramientas de trabajo y proporcione a los profesionales la capacidad y la habilidad para actuar con destreza y buen juicio.
Sin embargo, es cada vez más evidente que los saberes esenciales que requieren tales profesionales para desempeñarse en sus tareas cotidianas se han ido desvaneciendo poco a poco de las aulas, de las revistas, de las conferencias y cursos, sustituidos por contenidos circunstanciales que, en general, alimentan poco las raíces más profundas de la profesión. Y que, mal mirado, podrían incluso estarlas minando, al desproveerlas de sus nutrientes más necesarios.
Esta muda de piel se pone especialmente de manifiesto al comprobar que las materias de las que, hasta no hace tanto, se (pre)ocupaban los bibliotecarios —la historia y la evolución del libro y la biblioteca, su papel en el desarrollo de las sociedades, su importancia en la educación y la formación individual y grupal, la organización de los acervos documentales, la validez de los instrumentos que ayudan a su gestión, la ética de la profesión, y un largo etcétera— han perdido mucho de su antiguo interés y han quedado relegadas al fondo del baúl. Allí continúan latiendo gracias a los cuidados de un puñado de profesionales que, desde una perspectiva "actual", aparecen como varados en un pasado de papeles, estanterías, humedades y plagas de pececillos de plata. Son ellos los que, en los lugares donde desarrollan la teoría y la práctica —bibliotecas, algunas aulas, un par de revistas y centros de investigación comprometidos, varios blogs y unos cuantos sitios web— recolectan, construyen, recuperan, explican y divulgan buena parte de ese saber tan necesario.
Y son ellos, y no otros, los que nos muestran que otra bibliotecología no solo es deseable, sino que es posible. Una que realmente esté al servicio de nuestra comunidad y a no al de alguien o algo más, y que sirva a unos propósitos democráticos, participativos y humanistas. Una que no se deje embaucar por los cantos de sirena ni los fuegos de artificio del sistema injusto, excluyente y desigual en el que está inmersa. Una que no sucumba al mercantilismo y asuma su responsabilidad y compromiso social. Una que nos permita crecer al ritmo al que lo hace el conocimiento y la sociedad que lo produce y lo requiere. Una que eduque a sus profesionales con una visión y una conciencia críticas, reflexivas y transformadoras. Una que no nos niegue, que no nos lastre, que nos impulse y nos impida cruzarnos de brazos.
Para reivindicar esa bibliotecología es preciso comenzar a discutir y a actuar. Sin pretensiones, pero sin medias tintas. Porque ya sabemos adonde llevan los disimulos, las equidistancias y las tibiezas.
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Ilustración.

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